——«Abel da asco».
Subaru pensó que ese lema era la clave para derrotar a Yorna Mishigure, la «Policromática».
Después de todo, era una persona de la que se decía que había repetido varias veces actos de rebelión, y a quien incluso Zikr, ese hombre tan íntegro, había tachado de alguien con deseos de destrucción.
Al solicitar una audiencia con ella, la línea que Subaru había propuesto era que «un poder de rango adecuado desea hablar en privado para alzarse contra el actual emperador de Vollachia».
Subaru, Al y Medium habían visitado el Castillo de Lapislázuli Carmesí llevando una carta personal de ese poder.
Siendo sinceros, no había ni una sola mentira en ello.
El «actual emperador de Vollachia» no era otro que el hombre que había expulsado a Abel y usurpado su nombre y su posición. Y el «poder de rango adecuado» que deseaba hablar en privado era, en realidad, el verdadero emperador, quien por derecho debía estar sentado en el trono; así que no había falsedad en sus palabras.
El objetivo de Subaru y los demás era, en esencia, lograr que aceptaran la carta de Abel. Para eso, si hacía falta, estaban dispuestos a soltar mentiras por cientos o por miles.
«¡Esto es lo que significa el plan de Natsumi Schwarz——!»
Y por esa astucia y ese ingenio descomunal, Al y Medium los habían aclamado.
Sin embargo…
—¿Un grupo rebelde contra Su Excelencia, dices?
La excusa que le habían dado a Yorna quedó al descubierto, y el aire del salón se fue enfriando.
Quien rebosaba una hostilidad tan intensa que parecía frío era, desde hacía rato, la persona más alterada del lugar: Kafma Irlux, el guardia de Vincent.
Por la dureza de su mirada, Subaru comprendió que ya no era posible retirarse de forma pacífica de ese lugar.
——Cuando un estratega cae víctima de su propia estrategia, nunca había sentido tan de cerca ese dicho.
—Pero el mal momento y la falta de comunicación no son culpa de Abel, ¿no…?
—Mantén la boca cerrada. Yorna, general de primera clase.
Kafma acalló a Subaru, que maldecía a Abel por haberlo empujado a una situación tan absurda. Luego, clavó su mirada severa en Yorna, al frente.
—¿Lo sabías y, aun así, hiciste que Su Excelencia compartiera sala con estas personas?
—…
—¡Quiero una respuesta!
Kafma alzó la voz. Su ira no iba dirigida a Subaru y los demás, que se tensaban por la situación, sino a Yorna, quien había creado ese choque de circunstancias.
No era porque la responsabilidad recayera en Yorna.
Era algo más simple: una muestra de que no los consideraba una amenaza.
De hecho, el aura combativa que emanaba de Kafma al levantarse con ímpetu hizo que Subaru sintiera la amenaza de un guerrero formidable, semejante a la que había percibido ante Arakia en la alcaldía de Guaral.
Como mínimo, no había duda de que era un experto lo bastante capaz como para haber sido designado para acompañar al emperador.
Desde su punto de vista, era natural que Subaru, y hasta Al y Medium, fueran considerados indignos de cautela.
—¿O sea que, aunque somos los involucrados, nos dejan fuera? Qué sé yo si está bien o mal…
Aunque Subaru coincidía con el pequeño murmullo de Al, el intercambio tenso continuó sin prestarles atención. Yorna, a quien Kafma estaba presionando, llevó la boquilla a los labios y exhaló humo violeta.
Luego, mientras hacía oscilar su vistoso adorno para el cabello, inclinó la cabeza con un «vaya».
—¿Qué quiere decir con «sabiendo»?
—¡No te hagas la inocente! ¡Como ya le he dicho varias veces a Su Excelencia, sigues siendo peligrosa!
—No diga cosas obvias. ¿Acaso el señor no conoce todas las fechorías que he acumulado?
—…
Ante la actitud de Yorna, que no podía parecer otra cosa que provocación, una vena azul se marcó en la frente de Kafma.
Era una situación extraña, pero por cómo iban las cosas, Subaru también estaba del lado de Kafma. Siendo honesto, incluso desde la perspectiva de Subaru, la personalidad de Yorna era pésima.
Había estado preparado hasta cierto punto por los rumores previos, pero su malicia superaba lo que había imaginado.
Sin embargo, no parecía que su intención fuera simplemente entregar a Subaru y los demás, que eran rebeldes, a Vincent y compañía, que casualmente estaban allí.
Para una escena en la que se presentaba a unos rebeldes ante el emperador, el ambiente estaba demasiado tenso.
Y, sobre todo——
—Como siempre, qué gusto tan repugnante.
Fue la voz de Vincent la que cortó de raíz el gusto de Yorna.
Ante esas frías palabras, Yorna alzó apenas sus bellas cejas.
—Vaya, ¿no le ha complacido a Su Excelencia?
—Necia. Si es demasiado unilateral, eso no es más que hacer que un conejo cace a un perro. No me he cansado del Imperio al punto de disfrutar la mera crueldad como entretenimiento.
La declaración de Vincent fue serena, pero cargada de una presión innegable.
Mientras Yorna la recibía con calma, hizo temblar las orejas de zorro entre los mechones de su cabello recogido. Subaru no podía adivinar qué emoción expresaba eso.
Pero tampoco podía adivinar el interior de Vincent.
—…
Frente a frente, enfrentado a un grupo rebelde, ¿qué clase de tormenta se desataba en su interior?
Comprender ese corazón era más difícil que imaginar el de un verdadero emperador, dado que el hombre frente a él era un falso emperador.
Si lo había derrocado, entonces el impostor también debía de detestar a Abel, pero——
—No sería tan torpe como para mostrarlo en público…
—Tú.
—¡…!
La mirada negra de Vincent atravesó de lleno a Subaru, que había tragado saliva.
En ese instante, también le quedó prohibido apartar la vista, y Subaru se encontró mirando de frente a su gran enemigo sin haber tenido tiempo de prepararse.
Un rostro artificial idéntico al verdadero. ¿Cómo lo habían confeccionado?
Tanto en el auténtico como en el falso, esos ojos negros y afilados parecían querer ver a través de todo lo que tenía delante. Y eso, de algún modo, hacía que el pecho de Subaru se sintiera inquieto——
—Si tienes algo que decirme, habla.
—…Qué mirada tan irritante.
—¿¡Q-qué…?!
—¡Ah! ¡No, no es eso! ¡No es eso! ¡Lo de ahora se me escapó sin pensar, por impulso!
Con la peor sincronización posible, la pregunta del falso emperador y el desahogo de la indignación se superpusieron.
Ante un insulto directo al emperador, Kafma se quedó sin palabras con una expresión completamente inesperada. Al ver eso, Subaru agitó las manos con prisa, y Vincent, por su parte, cerró un ojo y guardó silencio.
Estaba sorprendido, pero al mismo tiempo lo miraba como si estuviera evaluando a Subaru.
Era la misma clase de mirada que el verdadero Abel le había dirigido a Subaru en la selva de Badheim, en la aldea de los shudraq y también en el ayuntamiento de Guaral.
—Eh, en fin, nosotros…
Detrás, Al y Medium también observaban la situación conteniendo el aliento.
Después del impactante exabrupto de Subaru, los dos debían de estar sintiendo una presión considerable. El aire del salón estaba helado y tenso; una sola metida de pata más lo haría añicos.
De entrada, la situación era demasiado difícil.
Ni Yorna ni Kafma parecían rivales a los que Subaru y los demás pudieran hacer frente.
Entonces, quizá lo más sensato sería retractarse de la opinión que le habían dado a Yorna, bajar la cabeza diciendo que nada de eso de ser una facción rebelde, y retirarse aunque eso arruinara el ambiente.
Decidido a eso, Subaru aflojó las comisuras de los labios para esbozar una sonrisa amable, y entonces——
——se dio cuenta de la mirada de Yorna, que lo observaba fijamente.
—…
Mientras llevaba la boquilla del kiseru a los labios, Yorna observaba en silencio los movimientos de Subaru.
Era una mirada muy ambigua, imposible de decir si era indiferente o no. Tan incierta como el humo púrpura que se elevaba, como un espejismo que se desvanecía incluso cuando uno intentaba atraparlo.
Pensar en apoyarse en eso era, sinceramente, una estupidez.
Pero Subaru intuyó que ese era el punto de inflexión.
Aquella mirada, a punto de perder el interés por ellos, no era la de alguien tan excéntrico como para querer recuperar algo que ya había soltado. Lo que se abandonara aquí no volvería a rescatarse.
En otras palabras, significaba que ya no podrían contar con la cooperación de Yorna Mishigure.
Y eso equivalía a cerrar en la oscuridad el camino, por poco fiable que fuera, hacia la victoria.
Por eso——
—Responde con cuidado. ¿Qué es lo que vas a decirme?
—Eso es——
Ante la pregunta de Vincent, levantó el rostro tras un lapso demasiado largo para llamarlo una pausa.
Los ojos negros del falso emperador se entrecerraron, y Kafma, a su lado, también dirigió su atención a Subaru. Detrás, la tensión de Al y Medium se hinchó, y Yorna retuvo en los pulmones el humo que tenía en la boca.
Con esos cambios en el borde de su visión, Subaru clavó la mirada en Vincent y dijo:
—Yorna tiene razón. Nosotros les declaramos la guerra.
Así, aferrándose a la situación en la que no debía retroceder, a la pieza que no debía ceder.
Rem, que esperaba su regreso en Guaral; Abel, que no estaba allí; Al y Medium, tensos a sus espaldas: todos le habían confiado a Subaru la decisión.
Para que Natsuki Subaru no confundiera el significado y el peso de eso, ni lo arrojara todo por la borda——
—…
Al ser desafiado de frente, los ojos negros de Vincent temblaron apenas.
Pero Subaru no pudo leer qué emoción de alegría, ira, tristeza o placer correspondía a eso. Solo sintió cómo, con el calor de las palabras que había pronunciado, se le secaba la lengua con rapidez.
Era natural. A diferencia de Abel, que había perdido el poder real del Imperio de Vollachia, el hombre frente a él, el falso emperador, sí lo sostenía con firmeza como una lanza.
De hecho, si Vincent no hubiera levantado una mano para detenerlo, Kafma, al oír el insulto anterior, habría estallado y la vida de Subaru se habría hecho pedazos.
Pero eso no ocurrió. Vincent no lo permitió.
—Kuf…
Desde el asiento de honor, Yorna observó el enfrentamiento entre Subaru y Vincent y dejó escapar un leve sonido por la garganta.
La risa contenida hizo que el humo se le escapara por la comisura de los labios, y ella tembló de los hombros con evidente diversión. La declaración de Subaru, hecha con la vida en juego, al menos había servido para ahuyentar el aburrimiento.
—¿De qué te ríes, Yorna Mishigure?
—Primero, porque el huésped no se ha tragado sus palabras. Además, esos tres quizá lleguen a poner en peligro la vida de Su Excelencia… ¿qué harás?
—Mujer difícil. Tú, que haces de no obedecerme tu credo, también entiendes mi intención.
Ante la mirada provocadora de Yorna, Vincent respondió sin cambiar la expresión.
Luego, volvió a reflejar en esos ojos negros a Subaru, que le había declarado su enemistad.
—Este es el país de los lobos espada. Solo quien tiene el valor de apuntar a esta cabeza puede llamarse verdaderamente ciudadano del Imperio.
—…Qué generoso eres.
—Hum.
Con un resoplido, Vincent desestimó con una sonrisa la ironía de Subaru.
Incluida esa respuesta, la conducta de Vincent era una copia perfecta del verdadero. Incluso si Abel estuviera aquí, parecía que habría reaccionado exactamente igual, sin una sola diferencia.
De hecho, daba ganas de sospechar que el Abel que estaba con Subaru y los demás era el falso emperador.
Aunque, en ese caso, Subaru y los demás quedarían completamente acorralados, así que mejor no.
—Pero el valor de mi cabeza no es tan barato como para entregártela tan fácilmente.
—… Entonces, ¿qué piensas hacer con nosotros?
—Ese es el problema.
Contuvo a Kafma, a punto de estallar, y reconoció a Subaru y los demás, que habían mostrado una intención de rebelión de frente contra el emperador. Pero al continuar sus palabras, la fría mirada dirigida a sus enemigos no cambió.
Aunque se les reconociera el valor, no había razón para tratar con consideración a quienes pretendían hacerles daño.
Poco a poco, las miradas negras de Subaru y Vincent se cruzaron, y el aire de la habitación se chamuscó.
—Ah, yo también soy una mujer pecadora. Cuando me muestran a esos hombres peleándose por el deseo de poseer mi cuerpo, no puedo evitar sentirme encendida.
—Hablas como si no fuera asunto tuyo… Para empezar, allí hay más mujeres. Lo de «los hombres» no viene al caso.
—Je.
Yorna soltó una impresión totalmente fuera de lugar en medio del duelo de miradas entre Subaru y Vincent. Ante la observación irritada de Kafma, ella dejó escapar una risa burlona por la garganta.
Esa reacción hizo que Kafma se llenara todavía más de rabia.
—¡Su Excelencia! ¡Déjemelo a mí! ¡Esos tipos…!
—Kafma, oye, ya basta. Desde hace rato estás haciendo demasiado ruido.
Harto del estancamiento, Kafma intentó apelar directamente a Vincent. Pero quien interrumpió sus palabras no fue Vincent ni Yorna, sino otra persona.
—Ah…
Al mirar hacia donde había sonado la voz, Subaru soltó un suspiro sin querer.
El dueño de aquella voz había quedado tan fuera de la atención de Subaru que incluso el hecho de que hablara lo tomó por sorpresa.
Era uno de los tres que habían traído como escoltas de Vincent: una figura pequeña, distinta de Kafma, sentada con las piernas cruzadas sobre el piso de tablas.
—Si Su Excelencia piensa las cosas, casi siempre salen mejor de lo que pensaríamos nosotros, ¿no? Y si encima nosotros andamos chillando, de verdad estorbaríamos, hablando en serio.
Quien dijo eso fue un anciano de cabello y cejas blancas, largas, y rostro arrugado.
Un anciano que había tejido con esmero una atmósfera fastidiosa tanto en su manera de hablar como en el contenido de sus palabras. Tenía un aspecto bastante impactante, y Subaru no entendía por qué no lo había notado hasta ahora.
——No, sí lo había notado. Solo que no había entrado en su conciencia.
Probablemente, en el sentido más literal, había estado ocultando su presencia.
Ante el anciano que lo señalaba así, Kafma se volvió con un «pero» y dijo:
—¡También es deber de un leal servidor eliminar las molestias de Su Excelencia, anciano Olbart!
—¿No te suena que cuando uno empieza a llamarse a sí mismo leal servidor, parece el prólogo de un tipo que hace cosas por su cuenta y termina purgado? A mí no me gusta, ¿sabes? No me gusta cortarles el cuello a jóvenes con futuro.
—Guh…
Moviendo la cabeza lentamente de lado a lado, el anciano —el hombre llamado Olbart— se hurgó la oreja. Ante ese gesto, no se sabe qué presión sintió, pero Kafma se tensó en el rostro.
Sin embargo, no solo Kafma se tensó. Subaru también, al oír el nombre que él había pronunciado, se puso rígido del mismo modo.
—Olbart, anciano…
—¿Oh? Sí, soy yo, pero ¿me conoces? Soy bastante famoso, ¿sabes?
—…Sí, si usted mismo es consciente de ser famoso, entonces seguro que sí.
Los labios le temblaron, y el nombre que había pronunciado hizo reaccionar al propio Olbart.
Por la reacción de Subaru, no había duda. Había oído el nombre de Olbart en el ayuntamiento de Guaral y luego durante el viaje hacia la Ciudad Demoníaca.
Uno de los «Nueve Generales Divinos» que, de aquí en adelante, Subaru y los demás no podían evitar si querían conquistar el Imperio. Una de ellos era Yorna, y luego——
—¡Olbart Dunkelkenn, el «anciano malvado»…!
—Ese apodo no me gusta demasiado. «Anciano Malicioso» es excesivo, ¿no creen? ¿De verdad parezco un viejo tan perverso? Bueno, si me lo preguntan de frente, tampoco podría decir que no. ¡Ja, ja, ja!
Abriendo mucho la boca, el anciano mostró unos dientes blancos perfectamente alineados para su edad mientras reía.
Pero Subaru no tenía ninguna gana de reír. ——Después de encontrarse con Vincent, el falso emperador, con el objetivo de poner a Yorna de su lado, él había traído consigo a Olbart.
Eso significaba que, por el momento, Olbart también estaba del lado de ellos.
—Arakia y Chisha, y ahora Olbart…
Subaru quiso llevarse las manos a la cabeza al ver que todos eran de los «Nueve Generales Divinos» que ya parecían estar en manos del enemigo, y además de los considerados de rango alto.
El problema no era solo lo que vendría después; la situación frente a él también empeoraba a una velocidad alarmante.
Con Kafma solo ya era imposible lidiar, y encima se sumaba Olbart, de los «Nueve Generales Divinos».
Con condiciones tan malas, no era algo que pudiera reunirse a propósito——
—Oye, viejo, ¿te acuerdas de mí?
—¿Ah, sí?
El sudor que le brotaba en la frente le recorrió la mejilla y cayó desde la punta del mentón.
En medio de esa tensión desbordada, una voz hizo que Olbart alzara las cejas de golpe. Quien había hablado era Al, que extendía la mano desde detrás de Subaru.
Al se inclinó hacia delante. Subaru abrió mucho los ojos ante aquel movimiento. —¿Al?
—¿Qué haces de repente…? Ahora mismo estamos en una situación en la que cada gesto cuenta, ¿sabes?
—La Natsumi que sigue hablando en femenino en esta situación también tiene lo suyo, pero yo tampoco salí disparado sin pensar. Bueno, tampoco es que lo haya pensado mucho… ¡Oye, viejo! ¡Soy yo, yo, yo!
—Eso suena como una estafa de «soy yo, soy yo»…
Pensar que ese tipo de charla de estafador funcionaría solo porque el otro era un anciano sería una imprudencia. En efecto, ante el llamado de Al, Olbart ladeó el cuerpo y gruñó: «¿Mmm?».
—Vaya, tienes un aspecto bastante peculiar, muchacho. Aunque yo también soy un viejo, si hubiera alguien con esa pinta, no creo que pudiera olvidarlo tan fácilmente. ¿Tú y yo de verdad nos conocemos?
—Puede que «conocernos» sea exagerar. La última vez no llevaba nada cubriéndome la cabeza, pero ya me faltaba el brazo y hablamos un poco.
—¿Un hombre sin brazo que habló conmigo…?
—Sí, eso es. Arakia también estaba allí.
Al bajó ligeramente la voz al mencionar a Arakia, una de los Nueve Generales Divinos, igual que Olbart, y la temible muchacha que había causado tantos problemas a Subaru y los demás.
Subaru no tenía la menor idea de a qué se refería Al, pero, en cuanto Olbart lo oyó, alzó las cejas y exclamó con entusiasmo:
—¡Ah, ya sé quién eres! ¡El que recuperó la isla junto con Arakia! Ahora que lo dices, sí que tienes un aspecto parecido. ¡Kakakakka! ¡No esperaba que siguieras vivo!
—Sí, sí, sigo vivo. De algún modo las estrellas volvieron a alinearse para mí.
—Y por alguna extraña vuelta del destino has acabado como enemigo de Su Majestad. Tal vez aquella vez debería haberte hablado más para mejorar su reputación. Me equivoqué, me equivoqué.
Olbart rio a carcajadas mientras conversaba con Al con una familiaridad despreocupada.
Subaru solo podía parpadear, incapaz de comprender la relación entre ambos. Ni siquiera sabía si la situación estaba mejorando o empeorando.
—…Olbart, ¿es alguien a quien conoces?
Vincent intervino con una pregunta que parecía capaz de poner fin a aquella incertidumbre.
Ante el falso emperador de brazos cruzados, Olbart respondió afirmativamente.
—¿Recuerda que, hace dos o tres años, justo después de su ascenso al trono, estallaron rebeliones por todas partes al mismo tiempo?
—Anciano Olbart, Su Majestad ascendió al trono hace ocho años…
—¿Ah? ¿No fueron unos tres? Qué peligro, qué peligro. Para mí, cualquier cosa de los últimos diez años se siente reciente, y termino confundiéndome.
—Continúa. ¿Qué ocurrió hace ocho años?
Vincent volvió a encauzar a Olbart, cuya historia se desviaba a cada momento. Siguiendo aquella corrección, el anciano señaló a Al con un «Por eso…».
—En aquella época hubo una rebelión en Ginunhive. Quienes la detuvieron fueron ese hombre del casco y Arakia.
—Oh.
Al oír la historia de Olbart, Vincent mostró interés por Al por primera vez.
Era difícil saber si la aguja se inclinaba hacia la simpatía o el rechazo, pero, al parecer, la hazaña bastaba para evitar que lo ejecutara de inmediato por insolencia.
Entonces Al dio un paso al frente hasta quedar junto a Subaru.
—Con el mayor respeto, Su Majestad. Como sabe ese anciano Olbart… hace ocho años presté un servicio a Su Majestad, pero todavía no he recibido la recompensa.
—Aunque él mismo dijo que no la quería.
—Olbart, guarda silencio. Continúa, payaso.
—Quisiera recibir hoy esa recompensa.
Subaru creyó oír cómo el aire del gran salón se congelaba en silencio.
Al exigía con descaro una recompensa por una hazaña de hacía ocho años. Su audacia y la coincidencia de que estuviera presente alguien que podía confirmar lo sucedido convertían aquello en una apuesta enorme, pero digna de intentarse.
Vincent, el falso emperador, había decidido no ejecutar de inmediato a Subaru tras su declaración de guerra. Tenía una razón y una determinación para comportarse como el emperador de Vollachia.
Y, si Abel había dicho la verdad, entre sus principios se encontraba recompensar los méritos y castigar las faltas.
Entonces——
—¿Qué deseas? ¿Mi cabeza?
—Si me la ofreciera, sería una hazaña monumental para mí. Pero hasta pedirla requiere demasiado valor. Por eso…
Mientras hablaba, Al volvió apenas la cabeza hacia Subaru. Subaru entendió lo que le pedía y sacó un sobre de su ropa.
Era la carta personal de Abel. Entregarla había sido su objetivo desde el principio.
—Nuestro propósito es entregar esta carta a la señora Yorna. Si desea recompensar el mérito de mi compañero, le ruego que nos lo permita.
—¿Una carta personal?
—Una carta de amor de nuestro… señor para la señora Yorna.
Subaru vaciló al llamarlo «señor», pero, al pronunciar lo siguiente, sacó la lengua para sus adentros.
Al oír «carta de amor», Yorna rio suavemente desde el asiento de honor. Parecía haber despertado su interés, y la reacción de Vincent tampoco era mala.
Vincent entrecerró sus ojos negros y reflexionó durante unos segundos.
—Han pasado ocho años, pero tu actuación en la isla prisión de esclavos gladiadores fue meritoria.
—Ah…
—Si deseas una recompensa, te la concederé. Puedes entregar esa carta a Yorna Mishigure.
Vincent señaló a Yorna con la barbilla.
Durante un instante les costó comprender sus palabras. Pero, cuando se dieron cuenta de que aquello significaba que Al había ganado la apuesta, Subaru y los demás intercambiaron miradas.
La decisión de Al de lanzarse a aquella apuesta de todo o nada había sido correcta…
—Sin embargo.
—¿Hm?
Justo antes de que celebraran en voz alta, Vincent levantó un dedo y pronunció aquellas palabras.
Cuando se volvieron, el falso emperador encerró sus pupilas negras en una oscuridad aún más profunda.
—Lo que permito es que entreguen la carta. Comprenden lo que eso significa, ¿verdad?
Lo dijo despacio, como si quisiera asegurarse de que entendieran cada palabra.
Subaru abrió los ojos, apretó los molares y se volvió de inmediato. Miró a Yorna, que observaba la situación con una sonrisa divertida.
Su objetivo era entregarle la carta y obtener una respuesta.
—Si le entregamos la carta, ¿cuándo podríamos recibir su respuesta, señora Yorna?
—Veamos…
Yorna dejó vagar la mirada por el vacío durante unos instantes.
Después dio vuelta la pipa y dejó caer las cenizas en un recipiente preparado por la joven que la atendía.
—Yo también soy una mujer. No quisiera que me vieran abrir apresuradamente una carta de amor apenas la recibo. Por eso… cuando ustedes hayan salido de mi castillo, la leeré con calma y redactaré mi respuesta.
—…Entonces, ¿la leerá después de que salgamos del castillo?
—También soy la señora de esta Ciudad Demoníaca. No diría una falsedad delante de mis servidores.
Subaru no conocía a Yorna lo bastante para saber si la luz de sus ojos azules expresaba sinceridad o una travesura infantil. Pero ya no les quedaban otras opciones.
Por ejemplo, si Al hubiera cambiado el contenido de su recompensa y pedido que los dejaran abandonar el castillo sanos y salvos, probablemente Vincent también lo habría permitido.
Pero, al igual que antes, esa alternativa habría destruido la posibilidad de formar una alianza con Yorna.
Es decir——
—Al, Medium.
Antes de decidirse por completo, Subaru llamó a sus dos compañeros.
Necesitaría su cooperación para lo que estaba a punto de ocurrir y para lo que debían hacer. Por lo tanto, era correcto obtener su aprobación antes de actuar.
Subaru se volvió hacia ellos. Al y Medium respondieron a su mirada con sendos asentimientos.
—Bueno, ya dije que te ayudaría, hermano.
—¡Y mi hermano también me lo pidió! ¡Me dijo que cuidara de Natsumi!
Al inclinó el cuello con ligereza, mientras Medium le ofrecía una respuesta vigorosa.
Animado por sus respuestas, Subaru les devolvió el asentimiento.
Después avanzó lentamente hacia la parte delantera del salón, donde Yorna descansaba en el asiento de honor, apoyada en el reposabrazos y fumando su pipa.
Subaru se aproximó a aquella belleza demoniaca, rodeado por una dulce fragancia, y le ofreció la carta.
—Aquí tiene la carta de nuestro señor.
—Gracias por traerla. Aunque lo verdaderamente difícil empieza ahora.
—Sí, lo comprendo.
Sus delicados dedos recibieron la carta, y sus palabras sonrientes maldijeron el futuro inmediato de Subaru y los demás.
Aun así, Subaru respondió con firmeza y se volvió.
Y entonces…
—Su Majestad, con todo el respeto que merece, nosotras nos apoderaremos de su trono.
Así, de frente y con una claridad aún mayor que antes, proclamó su declaración de guerra.
△▼△▼△▼△
Lo que ocurrió en ese instante fue dramático.
—¡Han ladrado con valor, insolentes!
Justo después de aquella declaración de guerra frontal, Kafma abrió los ojos de par en par.
Ante la declaración de Subaru, colmo de la insolencia y la falta de respeto, Kafma Irulux decidió demostrar con su propio poder la lealtad que profesaba al emperador.
——Kafma extendió ambos brazos. Su chaqueta estalló y una multitud de espinas se precipitó contra Subaru.
Las espinas verde oscuro se aproximaron retorciéndose como serpientes, y su masa abrumadora cubrió por completo el campo de visión de Subaru. Era un ataque de saturación sin ruta de escape. Cada liana espinosa estaba provista de agujas tan gruesas como el brazo de Subaru; atraparía a la presa y exprimiría su vida hasta la última gota.
El golpe no le concedió tiempo para reaccionar. Como una serpiente que engulle a un ratón, envolvió fácilmente su cuerpo entre las espinas…
—Bien dicho, hermano.
Subaru se preparó para el dolor terrible de que las espinas le atravesaran todo el cuerpo.
Pero lo que lo golpeó no fue el dolor. Cayó de espaldas y se sentó con fuerza cuando alguien tiró de él. Al se colocó delante y recibió las espinas con su gran sable chino.
Al protegió a Subaru tras su espalda y desvió el ataque enemigo con la hoja ancha que había desenvainado. No consiguió detenerlo todo: la sangre comenzaba a empaparle el hombro y el costado.
Aun así, había protegido a Subaru de aquella masa abrumadora.
—¿Y Medium?
—¡Uaa! ¡Eso estuvo cerca! ¡Habría muerto si no hacía lo que dijo Al!
Subaru se volvió con sobresalto. A su lado, Medium respondió a gritos con las dos espadas desenvainadas.
Sostenía las hojas gemelas una arriba y otra abajo. Cortaba algunas de las espinas que llegaban desde todas direcciones, detenía otras y pisaba las restantes, conteniendo el ataque.
Subaru respiró aliviado al comprobar su destreza y que estaba ilesa. Pero aún era demasiado pronto para relajarse: aquello solo había sido la primera oleada.
—Qué truco tan exagerado.
—…
Detrás de Subaru y los demás se encontraba Yorna, quien también debía de haber estado dentro del alcance de las espinas. Seguía sosteniendo la carta, había atraído a la aprendiz entre sus brazos y exhalaba humo violeta.
Había señales de que las espinas se habían aproximado a ella, pero se desviaron con una precisión antinatural, como si alrededor de Yorna existiera un espacio circular vacío.
Era imposible saber si Kafma había torcido deliberadamente las lianas o si Yorna había hecho algo, pero…
—Lamento haber causado este alboroto. Nos retiraremos.
—Regresen con cuidado. Si los tres no consiguen abandonar el castillo…
—No leerá la carta. Lo comprendo.
Después de que se lo explicaran una vez más, incluso alguien lento de comprensión podía captar la intención de Yorna. Vincent había aclarado deliberadamente las reglas de aquella disputa.
—La batalla durará hasta que salgamos del castillo. ¡Al, Medium!
—¡Claro!
—¡Sí, sí!
—¡A la derecha!
Una respuesta vigorosa acababa de resonar cuando Subaru ladró así a voz en cuello.
Al oírlo, de inmediato los dos compañeros comprendieron la decisión de Subaru, y las tres hojas se alzaron.
El sable de dragón azul blandido con un solo brazo y las flexibles espadas gemelas abrieron con furia la maraña de espinas. La masa vegetal que bloqueaba la vista y el camino salió despedida, y las tres figuras irrumpieron fuera de aquel verdor.
Sin detenerse, pisaron el suelo de tablas y ganaron velocidad e impulso.
—¿¡Crees que voy a dejar que se escapen?!
Pero, apenas dio un paso, lo que rozó la punta de la nariz de Subaru fue una aguja del grosor de un pulgar.
Aquello, distinto de las espinas, en el instante en que le rozó la vista pareció incluso un fragmento de hueso blanco. No era un ataque para contener a Subaru, sino un golpe que habría atravesado la zona de la sien.
De no haber sido porque Al interpuso su hoja en la trayectoria de la aguja disparada, habría muerto al instante.
—¿Espinas y agujas? ¿¡Y además un hombre maravilla?!
—¡Es un «clan de la jaula de insectos»! ¡Atacan con insectos metidos dentro del cuerpo!
—¡Como si fueran del clan Aburame!
Mientras se lanzaban pullas inútiles, Subaru avanzó agachado, con el apoyo de Al y Medium. El destino era la salida del salón… pero no.
Aunque fueran hacia allí, tendrían que volver a recorrer el largo camino hasta la torre principal. Y, mientras tanto, seguir expuestos a los ataques de ese Kafma era imposible, por mucho.
Es decir, Subaru y los demás necesitaban un atajo considerable.
Por eso——
—¡Medium!
—¡A la orden!
—¡Ánimo!
—¡…Voy a darlo todo!
En el instante en que recibió los ánimos, sin exagerar, todo el cuerpo de Medium rebotó y su ímpetu aumentó.
Con el cabello largo ondeando, blandió las dos espadas que empuñaba con ambas manos y, contra las espinas que se abalanzaban con trayectorias complejas y monstruosas, las fue apartando con furia.
Por supuesto, eso también se debía a la habilidad de Medium. Pero además de eso,
—¡Derecha! ¡Rodilla derecha! ¡Nuca! ¡Esa cintura sexy!
—¡U! ¡Ta! ¡Daaah!
El grito desgarrado de Al le indicaba a Medium hacia dónde apuntaba el peligro que se acercaba. Medium reaccionó al instante y, justo antes del impacto, logró defender y desviar las espinas.
Hasta qué punto veía, esa gran capacidad de supervivencia de Al que también había demostrado frente a Arakia parecía ejercerse no solo sobre sí mismo, sino también sobre los demás.
Aprovechando ese beneficio, Medium llegó hasta la ventana del salón. De un solo tajo destruyó la baranda de madera, y la larga pierna que se alzó hizo volar la pared.
Abajo, el salón de la torre principal, a más de treinta metros del suelo, quedó abierto; el cielo azul de la ciudad demoníaca se extendió hasta llenar todo el campo visual, y el viento recibió a Subaru y los demás con brusquedad.
No era cuestión de apostar a todo o nada, pero——
—¡Si salimos fuera del castillo!
Yorna puso la mano sobre la carta de presentación.
Habiendo aceptado esta condición, Vincent y los demás también deberían dejar de intervenir más allá de eso. Probablemente, quizá, tal vez no habían dejado ese acuerdo por escrito.
Pero, dado que no había nada más en lo que confiar, esa era la única opción——
—¡Natsumi!
Llamado por Medium, que había atravesado la pared a golpes, Subaru echó a correr a toda velocidad sin importarle nada.
Agradeció no haber venido por casualidad con falda. Si la causa de su muerte fuera el travestismo, no podría mirar de frente el esfuerzo de tantos predecesores.
En el último momento, olvidando incluso poner buena cara, Subaru pateó con tanta fuerza que estuvo a punto de atravesar el suelo.
Y alcanzó a Medium, y junto con ella salió de la pared hacia el exterior——
—Perdón, pero, aunque sea por obligación, yo también tengo que hacer mi trabajo, ¿sabes?
—Kah…
En ese instante, un anciano que apareció como si hubiera surgido de la nada se interpuso frente a Subaru y Medium, y la mano en forma de estocada que lanzó les clavó de frente el pecho a ambos.
El impacto les cortó la respiración. Subaru sintió que su conciencia se resquebrajaba al haber recibido de lleno un golpe de uno de los Nueve Generales Divinos, y parecía que todo iba a desmoronarse en pedazos.
Sin embargo…
—¡Natsumi! ¡Yo estoy bien!
—¡¿Eh?!
Llamado a gritos desde justo al lado, Subaru recuperó la conciencia que estaba a punto de soltar. Al mirar apresuradamente su propio pecho, no había señales de daño por la estocada de Olbart.
No había sangre, ni tampoco rastro de que le hubieran arrancado el corazón sin derramar una sola gota.
—¡Vamos, Natsumi! ¡No te muerdas la lengua, eh!
La mano de Medium, que había soltado la voz con desenfado, agarró el cuello de Subaru, que seguía mareado por la confusión. Ella, con paso largo, cruzó la pared rota y, sin dudarlo, se arrojó fuera del Castillo de Lapislázuli Carmesí.
Subaru y Medium salieron enredados hacia el cielo azul; la sensación de ascenso del salto se desvaneció en un instante, y un segundo después quedaron lanzados en una trayectoria de caída.
—¡U, kyaaaa…!
Mientras soltaba un chillido agudo, Subaru abrazó a Medium y tanteó su propia cintura. Allí sacó algo que le resultó familiar al tacto y, aun en el aire, preparó un arma: un látigo.
Si solo se hubiera lanzado sin ninguna preparación, eso no habría sido más que un acto de suicidio.
No habían logrado reunir muchas posibilidades de victoria, pero las provocaciones de Yorna, la declaración de guerra contra Vincent, y además el enfrentamiento entre Kafma y Olbart, habían ido encadenando apuestas.
Apenas habían conseguido salir adelante con todo eso, así que solo quedaba creer que también podrían salvar el último instante.
—¡Lle… ga, por favooor!
Abrazando la cintura delgada de Medium, Subaru agitó el brazo y lanzó el látigo. La punta no se extendió hacia el vacío, sino hacia una de las vigas que se alzaban por distintos puntos de la ciudad demoníaca; aquella estructura, tendida como una telaraña por toda la ciudad, llegaba también hasta una de las paredes exteriores del Castillo de Lapislázuli Carmesí.
Enganchar allí el látigo y usarlo como apoyo para salir del recinto del castillo. Ese era el mejor recurso que Subaru había podido idear en medio del caos del salón.
—¡…!
Sintió que el látigo se enganchaba en su brazo y, con todas sus fuerzas, Subaru se lo enrolló alrededor de la muñeca. Así, aunque le fallara el agarre, podría sostener el cuerpo a costa, en el peor de los casos, de destrozarse los huesos de la muñeca.
Lo único que quedaba era…
—Al… ¡Gya!
—¡Perdón!
En el instante en que el látigo quedó tenso, Al se estrelló con violencia contra la espalda de Subaru. Al parecer, él también había logrado salir del castillo igual que Subaru y los demás.
Se reunieron en el aire con un encuentro apasionado, y los tres quedaron colgando, aferrados entre sí, confiando casi ciento cincuenta kilos de peso a un solo brazo de Subaru.
—¡Gugaaaa…!
Mientras sustituía con un grito auténtico el lamento del brazo, la muñeca, el codo y el hombro, el cuerpo de Subaru y los demás describió un arco fuera del Castillo de Lapislázuli Carmesí, con una de las vigas como punto de apoyo.
Lo mejor sería esperar a que el impulso se disipara y, uno por uno, trepar por el látigo para volver a la viga. Subaru apretó los dientes mientras comparaba el tiempo que eso tomaría con la necrosis de su brazo derecho——
—Ah…
En el instante en que reunió todas sus fuerzas, las voces de Al y Medium se superpusieron.
Antes de poder comprobar qué era aquello, la carga sobre el brazo derecho de Subaru desapareció. No, para ser exactos, la carga no se había ido: la viga a la que estaba sujeto el látigo se había partido.
Por las espinas que se extendían desde la pared rota de la torre principal, debido a esa masa feroz.
—¿¡U, aaaa…?!
El grito se alargó mientras Subaru y los tres, enredados entre sí, salían volando por el aire. Con el mismo impulso del látigo enganchado a la viga, sus cuerpos trazaron una parábola.
Aunque era mejor que lanzarse desde la torre principal, si aun así eran arrojados desde más de veinte metros de altura, Subaru y Al, siendo cuerpos normales, no sobrevivirían.
Mientras lanzaba un grito que se prolongaba, Subaru buscaba desesperadamente una forma de salir del apuro, y en su mente fueron apareciendo uno tras otro los rostros de Emilia, Beatrice y Rem——
—…
——Con un estruendo feroz, atravesaron el techo y los tres se precipitaron, enredados, sobre el heno del establo de la ciudad baja.