—…
Al ver su rostro reflejado en el espejo, a Subaru se le heló la garganta.
Era un rostro conocido, pero difícil de aceptar como familiar; y no era para menos, porque el rostro reflejado en el espejo ya era un vestigio del pasado que apenas quedaba en su memoria.
——Era el rostro del joven Natsuki Subaru, un niño, el que se reflejaba allí.
—Qué… es… esto…
La mano que sostenía el espejo temblaba, y el rostro infantil, pálido, se sacudía en pequeños espasmos.
Al tocarse la cara con la mano libre, como comprobándolo, unos dedos más pequeños de lo que correspondía a esos recuerdos infantiles entraron en su campo de visión a través del espejo.
Por sus facciones y estatura, era más o menos un Natsuki Subaru de unos diez años.
En la primaria, Subaru, que era travieso, tenía una estatura que lo hacía quedar entre los primeros si se contaba desde abajo, y aunque ahora, con brazos y piernas ya estirados, apenas alcanzaba la estatura promedio japonesa, en aquel entonces no había duda de que era bajito.
Desde ese punto de vista, habría querido crecer rápido, pero——
—¿¡Qué demonios es esto?!
Que en el espejo los labios y los ojos parecieran temblar no se debía solo al temblor de sus manos.
Era la prueba clara y evidente de que su alma rechazaba la anormalidad que tenía ante los ojos.
Una escena digna de llamarse pesadilla.
Si a esto se le llamara, de forma simple, «rejuvenecimiento», quizá habría más de una persona que lo soñara, pero por desgracia Subaru, en plena flor de la adolescencia, no tenía nada que ver con ese tipo de deseos.
Aunque, incluso si fuera algo que anhelara con fervor, seguramente pondría como condición que se eligiera bien el momento y la ocasión.
Tanto así de absurda era esta emergencia.
—N-no puedo quedarme así…
Tras mucho tiempo, Subaru volvió en sí y corrió desesperado hacia la puerta de la habitación.
No era posible que el beneficio de hospedarse en una posada fuera un final de «rejuvenecimiento». Lo natural era pensar que se trataba de un ataque de algún enemigo.
Tenía que compartir de inmediato la información con sus compañeros que se alojaban en la misma posada y buscar una forma de salir de esto——
—¡Chicos, pasó algo grave! Sé que los voy a sorprender de golpe, pero…
—Ah, ¡sí que Subaru también se hizo chiquito!
—¿Eh?
Al girar la perilla de la puerta, que se sentía más alta y pesada de lo normal, y abrirla de golpe, lo que recibió a Subaru fue una escena inesperada; no, una escena que debía haber esperado.
Fuera de la habitación, en la sala donde varias personas se reunían, quien sonrió ampliamente al verlo fue una chica de rostro encantador, que le saludaba con la mano y una sonrisa alegre.
Sus claros ojos azules y su cabello dorado, trenzado de una forma característica; esa luminosidad solar imposible de confundir unió de inmediato a esa chica con la mujer que Subaru recordaba.
—¿M-Medium…?
—¡Sí! Cuando me desperté estaba chiquita, ¡y yo también me sorprendí! Pero me tranquilizó ver que Subaru también se hizo chiquito. ¡Somos compañeros, compañeros!
Con ambas manos en alto, diciendo eso con entusiasmo, estaba una chica de unos doce o trece años, envuelta apenas en una tela ligera sobre la piel desnuda: Medium O’Connell, o al menos así se presentó.
Medium era bastante alta para ser mujer, pero ella también había quedado atrapada en el mismo fenómeno que Subaru, y su tamaño se había reducido bastante. Aun así, seguía siendo media cabeza más alta que el Subaru encogido.
En fin——
—No es una situación en la que pueda alegrarme sin más de haber encontrado compañeros… ¿¡uwoah?!
—¡Uu!
Mientras Subaru intentaba asimilar el primer sobresalto, un impacto lateral lo lanzó por los aires. Cayó de espaldas y alguien se abalanzó sobre su pecho.
Ante esa sensación de opresión, Subaru soltó sin querer un grito aplastado, como el de una rana estrujada: «¡gueeee!».
—¡Ah! ¡Louis, no puedes hacer eso! ¡Subaru es chiquito!
—¡Aah, uuh!
—¡Kyaa! ¡Yo también soy chiquita, así que no puedo levantar a Louis…!
Medium, forcejeando con desesperación, intentaba arrancarle de encima a la bestia salvaje que se revolvía sobre su pecho. Pero con esos brazos tan delgados que ahora tenía, no podía detener la barbarie de esa existencia cruel y despiadada.
Y así, justo cuando el joven Natsuki Subaru estaba a punto de ser arrollado sin remedio…
—¡Louis, no seA! ¡Subaru se va a aplastaR!
—¡Aah!
Con una voz aguda de reprimenda, el pesado monstruo sobre su pecho fue apartado. Al mirar, lo que alejaban del Subaru boca arriba era Louis, que por alguna razón tenía una expresión dolorida.
Quien la sujetaba por debajo del brazo y la alzaba era Taritta, de cabello negro teñido de azul; en su aspecto no había ninguna diferencia con la que Subaru conocía.
—¡Haa…, Taritta, gracias! ¡Yo no fui suficiente!
—N-no, e-esto no es naDA… ¿Subaru también está bieN?
—Ah, sí, me salvaste…Taritta no tuvo nada, ¿verdad? Y además…
Tomando la mano que le tendía Medium y incorporándose, Subaru miró hacia el fondo de la habitación.
Allí, sentado en el sofá y observando en silencio todo el alboroto de hacía un momento, estaba el hombre de cabello negro con el rostro cubierto por una máscara de demonio: Abel.
Aunque le molestaba que no hubiera hecho el menor intento de ayudar, también había algo que lo tranquilizaba.
—Abel tampoco tiene nada…
En su apariencia, incluida la cara oculta, no había ningún cambio respecto a ayer.
Si eso era algo bueno o no, en la situación actual ni siquiera podía juzgarlo.
Solo que, por la atmósfera irritada que se filtraba a través de la máscara de demonio, Subaru sentía con claridad que Abel, al no tener el rostro visible, no estaba precisamente contento con la situación.
De hecho, como prueba de que su ánimo no era nada sereno, en cuanto dirigió la mirada hacia Subaru,
—Qué espectáculo tan lamentable.
Con esas solas palabras desechó aquella escena miserable.
—…Yo creo que tengo bastante encanto y ternura, la verdad.
Recibiendo una observación tan brutal, Subaru respondió por reflejo con una réplica mordaz. Sin embargo, él mismo sabía muy bien que aquello no pasaba de ser una salida de tono.
La anomalía que les había ocurrido a Subaru y a Medium parecía no haber afectado a Abel, Taritta ni Louis, pero——
—Entonces, la otra persona sería…
—Oh, me alegra que te preocupes por mí, hermano. Pensé que ya me habías olvidado.
—…
En el instante en que se preocupó por el último de sus compañeros que se alojaban en la misma posada, la respuesta le fue ofrecida.
Abriendo mucho los ojos y volviéndose, Subaru vio aparecer frente a él a otra persona de cabello negro que salía de un dormitorio distinto. Un chico de unos diez años, de la misma edad que Subaru, cuya extraña apariencia llamaba muchísimo la atención.
Y es que el muchacho se había envuelto el rostro con una tela rasgada a la ligera, ocultando sus facciones.
—¿Al, verdad?…¿Y ese antifaz?
—…Se me quedó chico el casco. No se me ocurrió otra cosa que envolverme la cara con una tela. No le des demasiada importancia.
—Aunque me digas que no le dé importancia, igual me va a importar…
Dicho eso, el chico Al, con el rostro cubierto, le agitó la mano derecha a Subaru.
Como no ocultaba tanto como el casco que solía llevar, el cabello negro que normalmente mantenía atado quedaba ahora al descubierto. Antes de ponerse la máscara de demonio, Abel también se había cubierto el rostro con un trapo de manera parecida, pero el modo en que Al se lo había envuelto era mucho más tosco.
Parecía más bien un asesino de mala calidad sacado de una película.
—…Entiendo que no puedas usar el casco, pero ¿no era mejor no forzarte a cubrirte la cara?
—Vaya, eso sí que fue un comentario poco delicado, hermano. El casco no lo llevo por adorno ni por capricho; es la expresión de un complejo. Aunque parezca un niño y tenga la mente de un adulto, eso no se va a borrar. ——No me han vuelto a crecer los brazos. Eso significa que la cicatriz de la cara tampoco desapareció. A ti te pasa lo mismo, ¿no?
—Eso es…
Mientras hablaba, el joven Al exhibió el brazo izquierdo: seguía habiéndolo perdido limpiamente desde el bíceps hacia abajo, prueba de que comprendía correctamente su situación.
Subaru, Al y Medium se habían rejuvenecido sin querer. Pero eso no significaba que el tiempo se hubiera revertido, sino que se trataba de una alteración evidente ocurrida en sus cuerpos.
—…
Al oír las palabras de Al, Subaru también levantó su camisa holgada y comprobó que las viejas cicatrices que tenía por todo el cuerpo no habían desaparecido. En el cuerpo pequeño de un niño estaban grabadas varias marcas que daban ganas de apartar la vista. ——El tiempo que había pasado en este otro mundo no se había borrado.
Nunca había pensado demasiado que llegaría el día en que se alegraría de que esas cicatrices siguieran ahí.
Pero las cicatrices le decían que aquello no era más que una situación equivalente a tener encogidos los brazos y las piernas.
Aunque——
—No creo que una suerte tan extraña como que solo se te encojan las extremidades ocurra así como así.
—Sí, ¿verdad? Mmm, así no creo que pueda ayudar con el trabajo de mi hermano mayor. ¡Mi hermano mayor es tan débil que sería un gran problema!
—Ciertamente, para el negocio de los hermanos O’Connell es un golpe durísimo, pero…
Más que un plan de negocios a largo plazo, habría que decir que los problemas inmediatos se amontonaban.
Por ahora, el problema de Subaru era solo verse desaliñado por no tener ropa que le quedara, pero Al y Medium no podían decir lo mismo.
—Al, dijiste que el casco no te quedaba, pero ¿y las armas?
—Aciertas de lleno. Con estos bracitos tan lindos, ni de broma podría blandir algo así.
—A mí también me costaría cargar con las dos. Con una quizá podría… ¡au!
—¡Cuidado!
Medium sacó una de las dos espadas de la vaina que tenía a un lado, pero la hoja se le resbaló de la mano y por poco le partía la rodilla a Subaru.
Apenas logró rozarlo y clavarse en el suelo, pero aun así fue escalofriante.
—Uy, Subaru, perdón…
—N-no se clavó… pero sí que está bastante feo.
Con la cabeza gacha, Medium sacó la espada clavada en el suelo y la volvió a meter con cuidado en la vaina.
Las armas que hasta ayer había manejado con total naturalidad y libertad ahora eran prácticamente inutilizables. Para Medium, que había sido considerada una fuerza de combate, aquello debía de ser una emergencia que sacudía los cimientos de su propia base.
Dejando de lado su desempeño en combate, lo mismo podía decirse de Al.
—Entonces, ¿la única fuerza de combate decente en este estado sería Taritta?
—¿¡Eh?! ¿¡Yo también voy a esforzarme aunque sea chiquita?!
—Te reconozco el ánimo, pero no cumples con la ley laboral…
La actitud de Medium de no rendirse era admirable, pero también hacía falta ver la situación con realismo.
Con Al y Medium en ese estado, la única que podía pelear de verdad era Taritta. ——Aunque su habilidad fuera indudable, en territorio enemigo eso solo podía sentirse como algo insuficiente.
—Solo yo, eh…
En efecto, Taritta misma estaba asumiendo la presión como correspondía.
Porque no podía dividir entre varios el papel que en condiciones normales habría podido repartirse, y tendría que cargarlo sobre sus propios hombros.
En ese punto, Subaru se sentía mal por ella, pero——
—Te voy a cargar bastante la mano. Pero, ¿qué hacemos desde aquí? Parece que hay vigilancia, ¿escapamos de Chaosflame?
—…¿Eso lo dices porque crees que fue ese señor del castillo tan pervertido quien hizo esto, hermano?
—Porque los únicos afectados fuimos nosotros tres.
Ante la pregunta de Al, Subaru asintió en silencio.
La coincidencia entre Subaru, Al y Medium, por supuesto, era que ayer habían ido como emisarios al Castillo de Lapislázuli Carmesí. Así que sospechar que Yorna estaba detrás de que se les hubieran encogido las extremidades era una conclusión perfectamente razonable.
—Parece que, contra lo que pensaba, no estás tan alterado.
A esa conversación entre Subaru y Al se sumó Abel, que había estado reflexionando en silencio.
Es cierto que justo al despertar Subaru estuvo a punto de perder bastante la compostura, pero al encontrarse con Al y Medium en la misma situación, su agitación se había reducido bastante.
En cierto sentido, la existencia de los «compañeros» que Medium había mencionado podía considerarse la verdad.
Aunque——
—Tal vez solo perdí la oportunidad de asustarme y entrar en pánico. Quizá hasta que no encuentre un montón de cosas incómodas con este cuerpo, no me dé cuenta de lo importantes que eran mi estatura y mi peso perdidos.
—Aunque te hayas encogido, no se te cae la lengua.
—La adaptabilidad y la picardía son de las pocas cosas que tengo para vender.
Seguro que eso lo hacía sonar todavía más como un insolente, pero Subaru respondió sin importarle. Como era de esperarse, Abel, con la mirada afilada detrás de la máscara de demonio, murmuró con evidente fastidio: «Qué lengua tan insolente».
Sin embargo, no se quedó ahí.
—Puedes desechar la sospecha que planteaste sobre Yorna Mishigure. La anomalía que sufrieron ustedes es distinta de la técnica que ella maneja.
—…¿Estás seguro?
—Hasta donde alcanzo a medirlo, sí. Si merece tu confianza o no, eso ya decídelo tú.
Abel negó de plano la sospecha que Subaru había tenido un momento antes.
Sin embargo, al parecer la base de esa negación solo existía dentro de Abel. Le arrojó a Subaru que decidiera libremente si creerle o no, y Subaru frunció la boca con desagrado.
Pero no tardó demasiado en pensarlo.
—…Entiendo. Pero, si no fue obra de Yorna, ¿quién lo hizo?
—Lo más probable es que quien causó esto haya sido Olbart Dunkelkenn.
—¿Olbart…? ¿¡Ese viejo de ayer?!
Tragándose su disgusto y creyendo en la suposición, Subaru escuchó a Abel mencionar el nombre del autor de esta situación.
De sus labios salió el nombre del anciano de baja estatura que había acompañado al falso emperador con quien se habían topado ayer en el Castillo de Lapislázuli Carmesí; uno de los llamados «Nueve Generales Divinos».
Entre los generales de primera clase, considerados los más fuertes del Imperio, era quien ostentaba el tercer puesto. Naturalmente, Subaru ya había supuesto que poseía una fuerza imposible de subestimar, pero…
—No pensé que fuera un tipo tan sorprendente como para provocar una situación tan incomprensible…
—Ni siquiera yo alcanzo a ver el fondo de ese tipo. Pero no puedo negar lo que ha ocurrido…Aunque, si solo se tratara de falsear la apariencia, además de Olbart podría haber otras posibilidades.
—…Por desgracia, no parece que sea una ilusión ni nada por el estilo.
Ya se había pellizcado la mejilla y probado todos los métodos para despertar de un sueño.
Probablemente no había posibilidad de que les hubieran alterado la percepción con magia o drogas para hacerles ver una ilusión. El hecho de que realmente tuviera las extremidades más cortas y de que la fuerza y el peso de Louis lo hubieran vencido era una buena prueba de ello.
El tamaño de la ropa de Subaru y del casco de Al, entre otras cosas, también dejaba ver que el efecto sobre sus cuerpos físicos era innegable.
Abel seguramente ya había perdido la esperanza. No hizo ningún intento especial por refutar a Subaru, que insistía en que se trataba de un efecto real y no de otra cosa.
—Por lo pronto, está bien que ya no tengamos que salir corriendo con el rabo entre las piernas… pero qué fastidio. Entonces, incluso Abel, que era el emperador, tampoco conoce la forma de pelear de ese viejo, ¿no? ¿Quién demonios es?
—Él es el jefe de una facción que domina una técnica especial llamada «shinobi».
—¿Shinobi… ninja?
—… ¿Qué es eso?
Abel, frunciendo el ceño, le preguntó a Subaru, que había soltado eso sin pensar.
Al oír «shinobi», lo primero que venía a la mente era «ninja», que tenía el mismo sentido. Sin embargo, por cómo sonaba, a Abel le había parecido algo fresco, o más bien extraño.
Pero para Subaru, aquello le recordaba un poco a cuando conoció por primera vez el dialecto de Kararagi o la arquitectura wahoo; como si le hiciera sentir, aunque fuera apenas, los restos del conocimiento del mundo que Subaru conocía.
—Ese shinobi, ¿usa ninjutsu o se mezcla con la oscuridad de la noche para hacer espionaje o asesinatos?
—No tengo idea de eso que llamas ninjutsu, pero el papel principal de los shinobi no difiere de tu comprensión…Aunque eso debería ser información que no sale a la luz con facilidad, ¿no?
—En mi tierra, a gente con trabajos parecidos les dicen ninja. Oye, Al.
—¿Hm? Ah, sí, sí. Los cuatro tipos tortuga que hablan con mucho humor.
Como si hubiera sentido el mismo tropiezo que Subaru, la respuesta de Al, que estaba pensando en otra cosa, se desvió un poco del punto. Era un personaje de una vieja serie de anime popular; Subaru no lo odiaba.
En cualquier caso, aunque se lo explicara con detalle, Abel no lo entendería, y él tampoco parecía tomarlo como un tema que valiera la pena profundizar, así que no siguió preguntando.
En cambio, Medium abrió mucho los ojos y exclamó: ¡Ah!
—¡Si fue obra del viejito de ayer, quizá sea eso! ¡Miren, cuando escapábamos del castillo…!
—¿Cuando escapábamos?…Ah.
—¡A mí y a Subaru nos picaron justo en el pecho a los dos!
La exclamación de Medium tenía cierta imprecisión, pero Subaru también tenía algo que le sonaba.
Eso había sido ayer, durante la huida del Castillo de Lapislázuli Carmesí; en medio de la lucha a vida o muerte para cumplir las malintencionadas condiciones de Yorna.
Mientras escapaban de las zarzas de Kafma, el guardia del falso emperador, y rompían la pared de la torre principal para intentar salir al exterior, el golpe de Olbart, que los perseguía, atravesó a cada uno de ellos.
Sin embargo, el ataque de aquel miembro de los Nueve Generales Divinos no les había causado ningún daño.
——En ese momento, lo dejaron pasar. Pero no había forma de que no hubiera pasado nada.
—¡Aun así, no se puede prever algo así normalmente…! Además, aunque eso explique a mí y a Medium, ¿y Al? ¿Por qué se encogió?
—Perdón, hermano. Yo también me peleé varias veces con el viejo antes de salir disparado. No sería raro que me hubiera picado en algún lado. Pensé que si la herida no me mataba, no contaba.
Con una voz grave —grave, al menos para un chico antes del cambio de voz—… Al gruñó y murmuró como si se reprochara su descuido.
Pero Al no tenía por qué culparse. Había cumplido con su papel y había logrado que Subaru y Medium sobrevivieran a aquella situación desesperada. Lo mismo podía decirse de Medium.
Así que quien debía haberse dado cuenta era Subaru.
Si no podía servir de ayuda en combate, entonces debía haber mantenido la atención en cualquier posible situación.
El resultado de haberlo descuidado era esta «vergüenza» de la que también le había hablado Abel.
—No puedo dejar que Rem me vea así… Con un tamaño casi igual al de Betty, encima Emilia me va a tratar todavía más como a un niño.
—Aunque yo me encogiera, no creo ni por un segundo que la princesa me consienta como si fuera Shult, así que esto sí que se siente como algo que no le sirve a nadie.
—Sorprendentemente, todos están bastante calmados, ¿no…? Yo sigo sin poder acostumbrarme…
Mientras Subaru y Al hablaban de sus cuerpos encogidos, Taritta, con el rostro pálido, dejó salir lo que sentía por dentro.
Con Louis agitándose en sus brazos, Taritta, que se había quedado como la única fuerza útil, mostraba una confusión muy marcada. Casi parecía que se sintiera culpable por haberse librado del daño.
Por supuesto, en este lugar la que estaba normal, tanto física como mentalmente, era Taritta.
—Sinceramente, si no estuviera soltando bromas, creo que me pondría a gritar.
—¿E-es eso…?
—Sí…Hasta ese punto me resulta repugnante.
No era por su cuerpo pequeño e infantil.
Era que su propio cuerpo fuera remodelado sin su consentimiento. Esa desintegración de la definición de sí mismo era lo que le daba asco.
—…
Hasta ahora, Subaru tenía el orgullo de haber pasado por muchas cosas en otro mundo.
La experiencia de la «muerte» era la más extrema, pero la intensidad de este año y medio había sido tan densa en color, sabor y peso que no se podía comparar con la de una persona cualquiera.
Y aun comparando cualquiera de esas experiencias, la repulsión indescriptible que le producía la sensación de ser remodelado a sí mismo sobresalía por encima de todo.
—Así que esto es lo que sienten las víctimas de la «Lujuria»…
Abrazándose sus hombros delgados y pequeños, Subaru apretó los dientes mientras un zumbido de alas resonaba en su mente.
Era el zumbido de alas de la ciudad portuaria, el de las personas que habían sido víctimas del poder del arzobispo del pecado de la «Lujuria»; el recuerdo de los que habían sido transformados en moscas con sus cuerpos y seguían esperando ser salvados.
Si solo con ser convertido en una versión infantil de sí mismo sentía esa incomodidad, entonces la tragedia de aquellos que habían sido remodelados en algo completamente distinto como seres vivos superaba con facilidad la comprensión superficial de Subaru.
Un acto que obligaba a sentir algo así era, sin duda——
—Podría llamarse cruel.
Quien leyó con precisión el pensamiento interno de Subaru y le cortó la respiración fue Abel, con los brazos cruzados.
Él devolvió la mirada a la insegura de Subaru, que lo observaba,
—El apodo de Olbart es «el Viejo Cruel»… Y, fiel a ese nombre, usa las técnicas shinobi para llevar a cabo toda clase de tareas especiales y crueles.
—Tareas especiales, eh. ¿Eso incluye órdenes absurdas como «haz que el objetivo se vuelva un bebé»?
—¿Qué clase de tontería sería esa?…Aunque, viendo este desastre, quizá no sea imposible.
—…
La frase de Abel, al responderle a Al, llevaba un peso que no podía tomarse a broma.
En realidad, si Subaru, Al y Medium habían sido reducidos así de pequeños, era imposible siquiera imaginar hasta dónde podían llegar las técnicas de Olbart.
Y al comprender la situación, lo que más preocupaba en ese momento era——
—¿Esto… volverá a la normalidad… no?
—No puedo decir nada con certeza. Pero lo natural es pensar que existe una forma de revertirlo.
—¿Y, y cuál es la base para eso?
—No hay otra razón para administrar un veneno que no mata de inmediato más que negociar con la otra parte.
Subaru también aceptó en silencio la conjetura de Abel al escuchar su fundamento.
Este fenómeno —que, por conveniencia, llamaría «infantilización»— se comparaba con administrar un veneno, y se intentaba leer la intención de la otra parte al no llevarlo a una muerte instantánea.
Si esto era una medida para arrancar alguna concesión.
—En ese caso, ¿habrá algún tipo de contacto por parte del otro lado…?
—Repito: no puedo decir nada con certeza. Pero——
Abel, devolviéndole la mirada a Taritta, que tragó saliva, dijo que aspirar demasiado alto era un veneno. Y justo cuando Abel iba a continuar con lo que seguía de esas palabras,
——desde afuera, alguien llamó a la puerta de la habitación.
—…
Por la conversación anterior, la atención y la tensión de todos se dirigieron a la puerta.
Subaru también se puso rígido, pensando que quizá era el aviso de un contacto de Olbart, el responsable de la «infantilización». Pero——
—Disculpen la molestia a esta hora de la mañana. Vengo en representación de Yorna Mishigure.
La voz que llegó desde el otro lado de la puerta, en ese instante, fue una noticia decepcionante.
Por la decepción y el desinfle, la tensión que había subido se aflojó de manera poco elegante. Por otro lado, al oír que era un emisario de Yorna, tardó un poco en entender que había llegado la respuesta a la carta de ayer.
Además, también tardó en darse cuenta de quién era la dueña de esa voz que traía la respuesta.
—Esa voz es la de la niña del pueblo ciervo de ayer. Mira, es Tanza.
—Parece que sí. Entendido. Entonces, ¿la dejamos pasar…?
Asintiendo a Medium, que levantó un dedo, Subaru le preguntó a Abel si podía entrar. Ante la mirada de Subaru, Abel guardó silencio por un momento y luego asintió lentamente.
Al verlo, Subaru se dirigió a la puerta para recibir a la visitante.
—No, aquí estoy yo.
Interrumpiendo a Subaru y adelantándose, quien dio un paso al frente fue Taritta. Ella le confió a Louis, que llevaba en brazos, a Medium, hizo que Subaru y los demás retrocedieran y se dirigió a la puerta.
En esto, Subaru no podía negar que le faltaba sentido de crisis. Sin pensarlo mucho, no podían abrir la puerta sin precaución.
Y en la situación actual, la vigilancia de Subaru, reducido de tamaño, no era distinta de estar desprotegido.
—Disculpen la intromisión. He venido a entregar las palabras de Yorna.
Haciendo una reverencia, quien cruzó el umbral y se mostró fue, como era de esperarse, la chica ciervo Tanza.
Igual que ayer, la muchacha vestida con kimono entró en la habitación, recibió las miradas de quienes la habían salido a recibir y se detuvo.
No se sabe qué pensó la chica de expresión escasa sobre un espacio tan lleno de niños. Solo añadiré que la mirada de la muchacha se quedó más tiempo en el hombre sospechoso que llevaba una máscara de oni.
En cualquier caso, la chica recorrió la habitación con la vista y luego dijo:
—¿Qué ha sido de los emisarios de ayer?
—Eh… salieron un momento por un asunto, pero ¿quieres que los llame?
—…No. Bastará con que se lo transmitan después.
De vez en cuando, la atención de Tanza se iba hacia Abel, que estaba al fondo de la habitación.
Había pensado que era una niña demasiado correcta para ser una sirvienta, pero al parecer también tenía su lado adorable, como no poder apartar la vista de algo interesante.
Sin embargo, el informe que había traído iba a influir mucho en el futuro de Subaru y los demás.
Con una tensión silenciosa, se esperaron las palabras de Tanza.
Y entonces…
—Después de leer la carta, Yorna dará una respuesta formal. Por ello, les ruego que se presenten en el Castillo de Lapislázuli Carmesí.
—…Sí la leyó.
Al oír esas palabras de Tanza, que se inclinó al decirlo, Subaru sintió un alivio involuntario.
Quizá fuera una falta de respeto, pero no podía evitar sospechar que, después de todo lo que habían hecho, todavía existía la posibilidad de que Yorna, por capricho, hubiera roto la carta y la hubiera tirado.
Era una sensación de inseguridad parecida a la que daba tratar con un gato orgulloso o con Priscilla. Si no se encontraba una forma exacta de abordarlo, esa era la impresión que dejaba.
—No voy a negar que la princesa es difícil de tratar, pero aun así debería saber comportarse según el contexto… no, tampoco tengo tanta confianza en eso.
Al, que intentó defender a Priscilla leyendo el ánimo de Subaru en su rostro, se rindió a mitad de camino. Él también era prueba de que lidiar con Priscilla, con quien tenía una relación cercana, no era nada fácil.
En cualquier caso, una de las dos situaciones apremiantes parecía avanzar de forma tranquila, y eso daba alivio.
Con esto, por ahora, el gran problema era solo la «infantilización» de Subaru y los demás——
—En la torre principal, quisiéramos que acudieran el señor que escribió la carta y los emisarios de ayer.
—Guah.
—¿…?
Al oír el gemido que se le escapó sin querer, Tanza bajó las cejas redondas y ladeó la cabeza.
Para que no notara su agitación, Subaru esbozó una sonrisa forzada, negó con la cabeza diciendo «No es nada, no es nada» y logró despistar a la fuerza las sospechas de Tanza.
Tal vez convencida, o tal vez sin demasiado interés, Tanza volvió a enderezar el ángulo de su cuello y dijo:
—La estaré esperando en el Castillo de Lapislázuli Carmesí cuando suene la campana de la hora del fuego.
—Entendido en todos sus detalles. Has hecho bien. Puedes retirarte.
—… Sí, con su permiso.
La hora indicada —la campana de la hora del fuego podía entenderse, más o menos, como el mediodía.
Tras comunicar la preparación de la reunión con Yorna, Tanza inclinó la cabeza en señal de respeto y se dio la vuelta para salir de la habitación. Entonces, Subaru la llamó a la espalda con un «Oye».
—Sí, ¿qué sucede?
—Solo quiero confirmar algo por si acaso: ¿la invitación principal es para la persona que escribió la carta, y el mensajero de ayer es un extra, no? O sea, si por alguna razón el mensajero no puede participar…
—Yorna ha ordenado que también se invite a los mensajeros.
—…
—No contradigan las palabras de Yorna mientras se encuentren en esta Ciudad Demoníaca.
Su tono fue sereno, pero aquella insistencia de Tanza llevaba una voluntad absoluta e inquebrantable.
Con eso, despidieron a la muchacha mensajera que se alejaba, cerraron la puerta y, solo entonces, Subaru respiró hondo y se volvió.
Y entonces…
—…¿Crees que nosotros, en este estado, cumplimos con esa condición de hace un momento?
Mientras formulaba aquella duda, extendió el brazo, ahora irreconocible.