Me besó la compañera de trabajo que detesto

Volumen 1

Capítulo 8

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Encabezado ilustrado del capítulo 8.


Unos días después de la exposición, advertí que algo no estaba bien con Hanamori. Desde que llegó al trabajo por la mañana se comportaba de manera extraña. Normalmente aparecía perfectamente arreglada, saludaba con un alegre «¡Buenos días! ♡» y ocupaba su asiento con ligereza. Ese día, en cambio, llevaba mascarilla y se dejó caer en la silla con evidente pesadez.

Antes del mediodía, sus movimientos se volvieron todavía más lentos.

De vez en cuando se llevaba una mano a la sien. Tenía las mejillas algo rojas, los ojos vidriosos y soltaba pequeñas toses.

Ah. Definitivamente estaba enferma.

Durante las últimas semanas había acumulado viajes de trabajo, horas extra y tareas a las que todavía no estaba acostumbrada. Además, los preparativos para la exposición de la semana anterior nos habían obligado a trabajar hasta tarde varios días seguidos. Seguro se había mantenido en pie por pura tensión y, una vez terminada la exposición, el cuerpo le había pasado la cuenta de golpe.

Como últimamente no dejaba de seguir a Hanamori con la mirada, advertí enseguida que aquel día se comportaba de manera distinta.

—Hanamori-san.

Me levanté y me acerqué a su escritorio.

—…¿Qué pasa?

La voz le salía más baja de lo habitual y muy nasal. Sin apartar los ojos de la pantalla, me recibió con la misma frialdad de siempre.

Volvió a toser suavemente.

—Tienes la cara roja. ¿No tendrás fiebre?

—…Te lo estás imaginando.

—No mientas. Te sientes mal, ¿verdad?

—No me siento mal.

—Sí tienes fiebre. Estoy segura.

—Te digo que no. Estoy bien.

Habíamos caído en un diálogo de sordas.

No pude evitar suspirar.

—Vamos, basta. Regresa a casa y no sigas forzándote.

—Estoy bien. Tengo que terminar estos materiales hoy…

Hanamori intentó continuar, pero volvió a toser. Esta vez la tos se prolongó y pareció dolorosa.

—Puedes terminar mañana. ¿Sí?

—Pero…

Por fin levantó la cabeza. Tenía los ojos ligeramente húmedos.

Justo entonces, Tamura-san pasó cerca y se dirigió a ella.

—Hanamori-san, ¿estás bien? No te esfuerces. Será mejor que regreses a casa.

Al oír la voz amable de Tamura-san, Hanamori relajó un poco la expresión y aceptó sin resistencia: «Entendido». Después comenzó a ordenar el escritorio y a recoger sus cosas.

Sentí una pequeña punzada en el pecho.

…¿Por qué a Tamura-san sí le hacía caso sin protestar?

Lo mismo ocurría siempre, y aun así me irritaba.

Cuando Hanamori se levantó tambaleándose, Tamura-san volvió a hablarle con preocupación.

—Hanamori-san, ¿quieres que te lleve a casa en mi auto?

—Eh…

En ese instante, Hanamori dirigió una mirada fugaz hacia mí. O eso creí. No: sí me había mirado. Nuestros ojos se encontraron.

—Tamura-san, ¿de verdad puede? Entonces… se lo agradecería muchísimo ♡

Hanamori entrecerró los ojos y adoptó su voz dulce a pesar de la congestión nasal.

El corazón me dio un vuelco.

—…Hanamori-san, que te mejores.

Tuve que esforzarme para fingir calma al decírselo. Hanamori me miró y respondió con una leve inclinación de cabeza.

Qué bien. Tamura-san iba a acompañarla. Aquello estaba bien. Quizá así la distancia entre ellos se reduciría…

Me repetí eso con desesperación.

Justo cuando los dos iban a dirigirse hacia los ascensores…

Mis piernas se movieron solas. Antes de comprender lo que hacía, ya había sujetado a Hanamori por la muñeca. Mi cuerpo reaccionó antes que la razón.

—Tamura-san, perdón.

Tamura-san y Hanamori se dieron la vuelta.

—Pensándolo bien, yo llevaré a Hanamori-san.

Hanamori abrió mucho los ojos, sorprendida.

—Ah, ¿sí? Entonces te lo encargo.

—Sí. Ya regreso.

Sostuve a Hanamori suavemente por el hombro mientras entrábamos al ascensor. A nuestras espaldas, oí a Tamura-san desearle que se recuperara.


***


Después de un breve silencio dentro del auto de la empresa…

—¿Por qué tuviste que interponerte?

Hanamori me lo preguntó mirándome de reojo desde el asiento del copiloto. Bueno, sabía que iba a reclamarme. Sonreí con incomodidad y solté un pequeño suspiro.

—No intentaba interponerme…

—Justo cuando Tamura-san se había ofrecido, cosa que casi nunca hace.

Hanamori volvió lentamente los ojos hacia la ventana.

—Qué lástima. Pensé que por fin podría aprovechar la ocasión para acercarme mucho más a él…

Me dirigió una mirada cargada de reproche.

El suspiro y la forma de alargar las palabras resultaban exageradamente teatrales.

—Pero Tamura-san parecía muy ocupado.

—Tú también tienes la agenda completamente llena hoy, Asami-san.

El argumento me dejó sin palabras.

—Yo… estaba preocupada por ti.

Hanamori volvió el rostro lentamente hacia mí.

—Mmm. Yo pensé que tendría alguna segunda intención.

—¡¿Eh?! ¡Claro que no! Solo estaba sinceramente preocupada por tu salud.

La mascarilla ocultaba su boca, pero sus ojos se entrecerraron. Quizá estaba sonriendo.

Hanamori soltó un par de toses discretas.

—Pero tú tienes la cara completamente roja.

—¡Tú también estás roja, Hanamori-san!

—Yo tengo fiebre. Mi caso no es como el tuyo.

…Maldita sea. Esta chica jugaba sucio. Me mordí el labio mientras miraba por la ventana.

—…Pero.

Hanamori se aclaró suavemente la garganta, bajó un poco la mirada y añadió:

—Me alegró. Solo un poco.

Quizá la enfermedad la había vuelto inusualmente sincera. Aquella voz baja y contenida volvió a provocarme una punzada en el pecho.

—…Solo hice lo que correspondía porque soy quien lleva más tiempo.

Respondí sin apartar los ojos del frente. Mi rostro, reflejado en el espejo retrovisor, estaba completamente rojo.

De camino nos detuvimos en una tienda de conveniencia y compré todo lo que podía hacerle falta.

Seguí las indicaciones de Hanamori hasta su edificio y estacioné junto a la entrada.

En el asiento del copiloto, Hanamori tenía la mirada perdida, el rostro encendido y la respiración agitada. Se apoyaba por completo contra el respaldo.

La fiebre había aumentado claramente y parecía estar sufriendo.

—Hanamori-san, ya llegamos. ¿Puedes subir sola?

Al oírme, Hanamori abrió lentamente los ojos y asintió apenas.

—…Desde aquí puedo sola.

Puso una mano en la puerta para bajar, pero el cuerpo se le ladeó de inmediato. ¿A eso llamaba estar bien?

Me bajé a toda prisa y rodeé el auto hasta su lado. En circunstancias normales debía despedirme allí. Si subía a su habitación, seguro me provocaría con algo como: «¿Por qué viene conmigo? ¿Tiene segundas intenciones?» o «¿Pretende atacarme?». Y, para ser sincera, tampoco confiaba demasiado en mi autocontrol. Admitía que ya había imaginado cosas extrañas. Un poco… no, bastante.

Hanamori intentó avanzar sola por puro orgullo, pero se tambaleó al tercer paso y volvió a hacerlo al quinto. A ese ritmo nunca llegaría a la puerta.

Ay, por favor. Al contemplar su espalda, tomé una decisión: la acompañaría hasta dentro y me marcharía inmediatamente después.

Saqué del bolso la mascarilla de repuesto que había comprado y me la puse. Muy bien. Protección completa. No tenía intención de contagiarme. Después fui tras Hanamori.

—Solo faltan las escaleras. Desde aquí puedo sola.

Frente a las escaleras, Hanamori levantó una mano para detenerme. Le temblaba ligeramente.

La sostuve por el hombro casi a la fuerza y comenzamos a subir. Su cuerpo inestable se inclinó hacia mí sin ofrecer resistencia.

—…Dame las llaves.

Hanamori me las entregó con resignación. Abrí la puerta y entramos juntas a su departamento.


***


La habitación de Hanamori.

El lugar estaba sorprendentemente ordenado para una persona que vivía sola. Cortinas y cojines en beige pálido y blanco roto, pequeños adornos alineados sobre las repisas… La decoración era mucho más sobria de lo que había imaginado. Descubrir aquella faceta inesperada me hizo verla con otros ojos.

Hanamori soltó un gemido y se dirigió directamente a la cama. Se dejó caer sobre ella sin quitarse la ropa de trabajo.

Ya la había acompañado, así que podía marcharme. Estaba a punto de dar media vuelta cuando vi su rostro sobre la almohada. Estaba todavía más rojo. ¿Le habría aumentado la fiebre otra vez? Si la dejaba sola, quizá empeoraría antes de la mañana. De pronto, marcharme así me pareció imposible.

Además, aquel día llevaba una falda tubo y una blusa cerrada hasta el cuello. No parecía la ropa más cómoda para dormir.

—Hanamori-san, así vas a sentirte peor. Será mejor que te cambies.

—…Cambiarme…

Lo murmuró sin fuerzas, sin hacer el menor intento de incorporarse.

Hanamori abrió los ojos de manera vaga. No conseguía enfocar la mirada y, quizá por la fiebre, sus pupilas parecían más húmedas de lo habitual.

—¿Dónde tienes el pijama?

—…En el armario.

Abrí el armario y saqué un conjunto sencillo para dormir.

—Toma. ¿Puedes cambiarte sola?

—No… puedo. El cuerpo… me pesa.

Hanamori intentó levantar un brazo sin fuerzas y se rindió al instante. Aquel gesto desvalido, como el de una gatita exhausta, despertó de manera innecesaria todos mis instintos protectores.

—Pero, aunque me digas que no puedes…

Todas las alarmas comenzaron a resonar dentro de mi cabeza.

Eso significaba que yo… ¿tenía que cambiarle la ropa? No, no, no. Espera.

—E-esto… Pero…

—Asami-san…

Hanamori pronunció mi nombre con un aliento febril. Las palabras se le trababan.

—¿Podrías… ayudarme?

Sus ojos húmedos me contemplaron desde abajo. Las mejillas le ardían por la fiebre.

…No había manera de negarme.

—B-bien, ya entendí. Entonces… con permiso.

Con las manos temblorosas, extendí los dedos hacia los botones de la blusa de Hanamori.

Clic. Desabroché el primero.

Clic. Me pareció que la respiración de Hanamori se agitaba. ¿Sería por la fiebre?

Clic. Bajo la blusa apareció una tela negra de encaje.

No mires. No mires. ¡No mires!

El corazón se me había desbocado por una tensión absurda y comenzaba a sentir cosas extrañas. Solo estaba cuidándola. Nada más. Me lo repetí con desesperación.

—…Voy a incorporarte un poco.

Le ayudé a sentarse y le quité la blusa con cuidado, manteniendo el rostro apartado. Aun así, en el borde de la visión aparecían su piel blanca, la línea de la clavícula y la ropa interior de encaje.

Oía la respiración algo agitada de Hanamori muy cerca. Tosió y el cuerpo le tembló ligeramente. La vibración se transmitió a mis manos y el corazón volvió a saltarme.

No pienses en nada. Vacía la mente, Nagi.

—Bien. Ahora…

Iba a pasarle la ropa de dormir por la cabeza cuando reparé en algo.

—Ah… Te sentirías más cómoda sin el sostén, ¿verdad?

—…Sí.

Su respuesta fue apenas un murmullo. La fiebre le había vuelto la voz ronca y extrañamente sensual.

Quitárselo significaba que terminaría viendo su cuerpo desnudo.

No había problema. Bastaba con desabrocharlo por la espalda y ponerle de inmediato la ropa de dormir. Fácil. Eso pensaba hasta que vi su espalda y tuve un terrible presentimiento. Mi mano se detuvo.

No. No podía ser. Espera. No había nada. Ningún broche. Esta mujer… ¿por qué demonios llevaba un sostén con cierre delantero?

—Hanamori-san… Esto ya deberías hacerlo tú misma…

—¿Por qué? ¿Estás pensando cosas raras otra vez?

—¡¿Q-qué?!

¡Claro que no estaba pensando nada de eso! Bueno, quizá un poco. No, bastante… Pero que ella lo señalara me irritó de todos modos.

Tomé una decisión.

—Ay, ya basta… Siéntate de frente.

Hanamori se volvió lentamente hacia mí. Apenas nos separaban treinta centímetros. Su piel blanca estaba justo ante mis ojos y el sostén negro de encaje se movía ligeramente con cada respiración.

—E-entonces… con permiso.

Extendí una mano para buscar el cierre. Los dedos me temblaban.

La piel de Hanamori ardía. Sin duda era por la fiebre, pero aquel calor se sentía demasiado real y se me grababa en las yemas de los dedos. Su respiración sonaba a pocos centímetros.

—…Mmm.

Un pequeño suspiro escapó de sus labios y mi mano tembló todavía más.

Mientras buscaba el cierre, mis dedos rozaron varias veces la parte superior de su pecho.

—Asami-san…

—¡¿Q-qué?!

—Estás tardando demasiado… ¿Qué haces ahí jugando?

—¡P-pues porque nunca le he quitado el sostén a nadie!

No estaba jugando. El encaje lo cubría todo y me impedía encontrar el cierre. Al fin di con él y apoyé los dedos.

Clic.

En cuanto el cierre se abrió…

El encaje negro se deslizó con suavidad. El pecho de Hanamori quedó completamente expuesto ante mis ojos.

Blanco y, más de lo que había imaginado… grande. La piel parecía translúcida, con curvas suaves y lisas como porcelana. Y aquel color rosado…

¿Eres idiota? ¿Por qué estás narrándolo? Vacía la mente.

Intenté levantar la vista con desesperación, pero mis ojos se movían por voluntad propia. Hasta yo podía notar que no sabía dónde mirar.

Seguro tenía el rostro encendido y una sonrisa indecente. Sin la mascarilla, habría parecido una pervertida hecha y derecha.

—E-enseguida te pongo la ropa para dormir.

Intenté tomarla a toda prisa, pero se me escapó de las manos y cayó suavemente al suelo.

—Ah.

Al inclinarme para recogerla, el pecho de Hanamori volvió a entrar en mi campo de visión, esta vez desde mucho más cerca. Era precioso. A esa distancia, cualquiera habría sido incapaz de apartar los ojos. Mi mirada saltaba de un lado a otro buscando una vía de escape. Hanamori observó mi lucha, entrecerró los ojos y sonrió.

—…Asami-san. No sabes dónde mirar.

La voz de Hanamori sonaba distinta: algo ronca, pero también divertida. Después tosió suavemente.

Tenía las mejillas teñidas de vergüenza, pero me observaba con una tranquilidad desconcertante. Sus ojos húmedos por la fiebre me mantenían atrapada.

—¡N-no estoy evitando la mirada! ¡Estoy mirando con total normalidad!

—Mentira. Entonces, ¿qué estás mirando?

Hanamori inclinó ligeramente la cabeza con una expresión maliciosa.

El movimiento hizo oscilar su pecho y mi mirada volvió a caer en él, incapaz de resistir aquella gravedad.

—¡El techo! Estoy mirando el techo. Mira.

—Ah. Esa fue la cuarta vez que miraste mi pecho de reojo.

—¡Te digo que no estaba mirando!

Hanamori volvió a reír suavemente. Aunque la fiebre le teñía las mejillas, su sonrisa parecía genuinamente divertida.

—…Como era de esperar, sí que eres una pervertida.

La forma en que lo dijo fue terriblemente sensual. Una voz algo ronca, febril y mezclada con el aliento. Con las mejillas encendidas y los ojos húmedos, Hanamori me contemplaba mientras murmuraba «pervertida».

Mi cerebro quedó completamente congelado. No. Si aquello continuaba, iba a descubrir un fetiche nuevo dentro de mí.

—Ya basta. Ponte esto de una vez.

Era humillante. Casi al borde de las lágrimas, pasé la ropa para dormir por la cabeza de Hanamori.

Conseguí introducirle los brazos y acomodar la prenda. Ja… ja… Al fin había terminado. ¿Qué era aquello? ¿Qué clase de juego extraño? ¿Me estaba sometiendo a una tortura llamada «cuidar a una enferma»?

—Uf…

Me dejé caer en el borde de la cama. El corazón me latía a toda velocidad y sentía que el sudor me brotaba por todo el cuerpo.

—…Ahora falta la parte de abajo.

Hanamori lo dijo con una mirada maliciosa.

—Por favor. Ten piedad.

Me cubrí el rostro con ambas manos y suspiré. Hanamori entrecerró los ojos y sonrió. Estaba jugando conmigo a pesar de que yo llevaba más tiempo en la empresa. Mi corazón no iba a resistir. Seguro había perdido al menos tres años de vida, y todo era culpa suya.

Hanamori era quien estaba debilitada por la fiebre, pero quizá la que tenía la temperatura más alta era yo.


***


Cuando Hanamori terminó de cambiarse y todo volvió a calmarse, ya había pasado el mediodía.

—Hanamori-san, no has almorzado. ¿No tienes hambre?

Saqué del refrigerador la gelatina que había comprado mientras le hablaba a Hanamori, recostada en la cama.

—Aunque sea un poco, deberías comer algo.

—…Sí.

Hanamori respondió con una voz finísima. De verdad parecía encontrarse muy mal.

—Entonces come esto. La gelatina te resultará fácil de tragar.

Retiré la tapa y se la ofrecí junto con la cuchara.

Hanamori extendió una mano, pero se detuvo como si acabara de ocurrírsele algo.

—…No puedo. La mano…

Hanamori bajó la cabeza.

—¿La mano?

—Me pesa… El brazo también…

—Claro. La fiebre te dejó sin fuerzas.

—Y además… no veo bien.

—¿La vista?

—Todo está borroso… No calculo las distancias.

Me dirigió una mirada de reojo.

—Si la derramo… ensuciaré la habitación…

—Ah, sí…

—Y la cuchara…

—¿La cuchara?

—Siento que voy a dejarla caer…

La mirada de Hanamori iba de mi rostro a la gelatina que sostenía. Mientras yo vacilaba sin saber qué hacer, me contempló desde abajo con aquellos ojos húmedos.

—Asami-san.

—¿Q-qué?

—¿No vas a darme de comer?

—…¿Eh?

Durante un instante no comprendí lo que acababa de pedirme con aquella voz febril.

—¡¿Eh?! No, espera…

—Era evidente. Deberías haberte dado cuenta.

Me fulminó con una expresión ligeramente malhumorada. Hasta enferma podía ser descarada. Sin embargo, las mejillas encendidas y los ojos vidriosos la hacían parecer extrañamente sensual, y sus toses demostraban que de verdad estaba sufriendo.

—E-está bien. Ya entendí.

Aquello era asistencia a una enferma. No significaba nada raro. Absolutamente nada. Me lo repetí, tomé la gelatina y la cuchara y me senté al borde de la cama.

—Entonces… Bueno…

La habitación quedó en completo silencio. Los ojos húmedos de Hanamori siguieron lentamente la mano con que sostenía la cuchara. Sus labios se abrieron apenas. Acerqué la gelatina y, cuando rozó su boca…

—…Ñam.

La gelatina desapareció entre sus labios con un sonido húmedo. Después cerró la boca y tragó.

Espera. ¿Por qué aquel sonido tenía semejante poder destructivo?

Solo estaba comiendo gelatina. Entonces, ¿por qué me sentía así? Qué idiota. Hanamori entrecerró los ojos y exhaló suavemente. Aquel gesto bastó para elevarme la temperatura.

—…Está rica.

Su voz nasal y algo ronca me atravesó el pecho.

—Bien… Otra cucharada.

Cuando acerqué la cuchara, el rostro de Hanamori volvió a aproximarse. Estaba tan cerca que su aliento me rozaba.

Un suave «ñam» escapó de sus labios mientras volvían a envolver la cuchara. Estaban ligeramente húmedos y aquel brillo hizo que el corazón me diera un vuelco.

Demasiado cerca. ¿Por qué estaba tan cerca?

—Asami-san.

—…¿qué?

Hanamori me miró con los ojos entrecerrados. Desconfiada, pero directamente.

—No me mires así.

—N-no te estoy mirando.

—Sí lo estás haciendo. Demasiado.

Lo afirmó con calma, aunque su voz sonaba dulce y cargada de calor. Cuando volví a ofrecerle la cuchara, Hanamori abrió lentamente los labios. Al tocar la gelatina, la lengua empujó el borde y una humedad ligera quedó en la comisura de su boca.

Primeros planos de Chisa Hanamori y Nagi Asami.

Aquello de verdad me hacía sentir extraña. Quería terminar cuanto antes y, al mismo tiempo, no quería que acabara. En cuanto aparté los ojos, Hanamori los entrecerró.

—…Asami-san, otra vez estás poniendo una cara extraña.

Hanamori levantó una comisura con malicia. En la habitación silenciosa solo resonaban nuestras voces y el sonido de la cuchara entre sus labios. Cada vez que lo oía, el cuerpo me ardía un poco más.

¿Por qué una simple gelatina me ponía así? ¿De verdad podía ser tan idiota?

Por fin se terminó la gelatina.

—Gracias por la comida.

Hanamori lo dijo con satisfacción y yo solté el aire.

—Asami-san, tienes la cara completamente roja.

—…Cállate.

Hanamori volvió a recostarse. Después de toser un par de veces, comenzó a respirar con el ritmo regular del sueño. Me senté en el suelo junto a la cama y terminé contemplando su rostro dormido: las mejillas rojas, las pestañas largas, la respiración tranquila… Parecía una niña.

…Qué adorable.

El pensamiento surgió por sí solo.

El novio capaz de compartir cada día con ella y contemplar aquel rostro todas las noches sería muy afortunado. Despertaría por la mañana y la tendría a su lado. Antes de dormir, podrían decirse «buenas noches».

Pero quien viviría aquella cotidianidad no sería yo. Solo era una compañera con más antigüedad. Ni más ni menos. El pecho me dolió con punzadas.

Sin pensarlo, extendí una mano y acaricié la cabeza de Hanamori. Su cabello suave estaba ligeramente húmedo por la fiebre. Al pasar los dedos con delicadeza, me pareció que la expresión alrededor de sus ojos se relajaba.

…Qué entrañable. Otra vez había pensado algo semejante. Permanecí un rato contemplando su rostro dormido y, cuando me di cuenta, yo también me había quedado dormida.


***


—…Mmm.

Ah, no. Me había quedado dormida.

Había pasado alrededor de una hora. Como había utilizado el auto de la empresa, tenía que regresar al trabajo. Hanamori continuaba durmiendo profundamente. Lo mejor era no despertarla.

Me levanté con cuidado y puse una mano en la puerta para salir. Entonces ocurrió.

—…Asami-san.

Oí una voz diminuta y me volví. Hanamori seguía dormida, con los ojos cerrados.

¿Estaría hablando en sueños?

—…Me… gus…

Murmuraba algo que no alcanzaba a comprender. Me acerqué a la cama.

—…tas.

Los labios de Hanamori se movieron apenas.

¿«Gus»?

¿«Tas»?

¿«Me gustas»? El corazón me dio un vuelco enorme.

¿Eh? ¿Acababa de decir «me gustas»?

No. Seguramente había oído mal. Tenía que ser eso. Y, sin embargo, no pude evitar hacerme ilusiones. ¿Y si acaso se refería a mí?

Contemplé el rostro dormido de Hanamori. Respiraba plácidamente, con una expresión serena. Tomé aire y murmuré con voz temblorosa:

—…A mí también me gustas.

Lo dije tan bajo que no podría llegarle, pero lo dije. Salí de la habitación, cerré la puerta con cuidado y me apoyé contra la pared del pasillo. El corazón me golpeaba con fuerza.

¿Qué acababa de decir…?

Aun así, me alegraba haberlo hecho. Seguramente Hanamori no me había oído. No importaba que aquello hubiera sido solo un murmullo sin sentido. De algún modo, me bastaba. Ya dentro del auto de la empresa, sonreí para mí misma.