Me besó la compañera de trabajo que detesto

Volumen 1

Capítulo 9

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Encabezado ilustrado del capítulo 9.


Unos días después del incidente del resfriado de Hanamori, dentro del auto de la empresa…

—¡Cof, cof, cof!

Me atacó un violento acceso de tos. Bajo la mascarilla, no podía detener ni la tos ni los estornudos.

—¡Achís! ¡Aaaachís! ¡Cof, cof! Uf…

La situación era tan absurda que hasta yo habría podido reírme. No. En realidad me sentía fatal y no tenía ninguna gracia. Al día siguiente de cuidar a Hanamori me había dado una fiebre altísima y, aun después de varios días, mi cuerpo seguía siendo un criadero de virus. Hasta la voz se me había vuelto completamente ronca.

Hanamori, ya totalmente recuperada, jugueteaba con el celular desde el asiento del copiloto.

—Ese es mi resfriado. Sin ninguna duda.

—…Cof. Sí, tienes razón.

—Además, ¿no estás peor de lo que estuve yo? Lo siento.

—Cof, cof… No pasa nada. Estoy bien.

Tenía que admitirlo. Las toses de Hanamori habían sido adorables. Las mías, en cambio…

—Toma. Pastillas para la garganta.

—Sí. Ya veo lo que son.

—Es para agradecerte lo del otro día.

Hanamori lo dijo mirando hacia otro lado. Tenía las mejillas un poco rojas.

—Gracias… Cof.

Saqué una pastilla, bajé la mascarilla y me la metí en la boca. Miel con limón. Un dulzor amable se extendió por la garganta.

—Está buena.

—…Me alegro.

Hanamori sonrió apenas.

De pronto recordé aquel día. Solo pensaba acompañar a Hanamori hasta su departamento, pero las circunstancias me llevaron a cuidarla. Su pecho, que había visto sin querer al cambiarle la ropa. La expresión húmeda y sensual con que aceptaba la gelatina. Bastaba recordarlo para que el calor se extendiera desde el centro de mi cuerpo. No. No podías pensar en aquello estando a solas con ella dentro del auto.

Y, cuando estaba a punto de marcharme, Hanamori había murmurado «me gustas». Pero seguro lo había imaginado. Quizá deliraba por la fiebre. Quizá yo había confundido otras palabras o se dirigía a una persona distinta.

…Pero ¿y si había sido verdad?

Disimulé con otra tos, miré de reojo a Hanamori y comencé a preguntar:

—Oye, aquel día…

Hanamori apartó los ojos del celular, me miró e inclinó la cabeza.

—El día que te enfermaste.

—Ah, sí.

Hanamori me observó directamente.

El corazón golpeó con fuerza ante aquella mirada.

¿De verdad debía preguntarlo? ¿Y si aquello había sido real? Pero ¿y si no? De pronto, escuchar la respuesta me dio miedo. ¿Qué haría si me soltaba: «Claro que no. Qué asco»?

—…No es nada. Solo quería saber si te había gustado la gelatina.

—…¿La gelatina? Sí. Estaba rica.

Hanamori volvió a inclinar la cabeza, desconcertada.

No servía. De verdad era una cobarde.

—Asami-san… Sobre aquel día.

Hanamori adoptó una expresión algo más seria.

—¿Qué querías preguntarme en realidad? ¿Dije algo extraño?

—E-esto… No extraño, exactamente…

Comencé a trabarme. La mirada de Hanamori se volvió extrañamente aguda y acercó un poco el rostro.

—¿Dije algo mientras deliraba por la fiebre?

—¡N-no! ¡Nada! ¡No dijiste absolutamente nada!

Lo negué con desesperación. Me ardía la cara. Hanamori me observó durante varios segundos y después sonrió apenas.

—…Ya veo. Entonces me alegro.

Regresó la mirada al celular. Yo solté el aire con fuerza.

Uf, por poco…

Pero aquella inquietud no desaparecía. ¿Debí preguntárselo? ¿Había hecho bien en callar? Miré por la ventana mientras bebía un poco de té.

—Aunque hay algo que me parece extraño.

Hanamori inclinó un poco la cabeza hacia mí.

—Llevé la mascarilla puesta todo el tiempo en tu habitación. Pensé que no me contagiaría.

En ese instante, Hanamori abrió mucho los ojos. Parpadeó dos, tres, cuatro veces y su rostro empezó a enrojecer poco a poco.

La mirada se le desvió y apartó el rostro.

—…A veces puede contagiarse de todos modos.

Lo murmuró con una voz diminuta.

—¿Eh?

—Ya sabes… Por la distancia y esas cosas.

—¿La distancia?

—…Estuvimos cerca. Hay ocasiones en que una se contagia incluso con mascarilla…

La voz de Hanamori fue disminuyendo hasta casi desaparecer. Yo incliné la cabeza.

…¿Por qué se había puesto tan nerviosa?

No lograba comprenderlo.

—Bueno. Sí, supongo que puede pasar.

Asentí sin darle más importancia y volví al frente. Hanamori mantenía la cabeza baja, todavía aferrada al celular y con el rostro rojo.

Se hizo el silencio. Continué tosiendo, pero por alguna razón me sentía feliz.

Hice rodar la pastilla dentro de la boca y sonreí. Hanamori también sonrió apenas mientras miraba por la ventana. Su perfil seguía ligeramente sonrojado.

Por algún motivo parecía un poco contenta.

Quizá aquello no era más que una ilusión nacida de mis propias expectativas.

…Qué adorable. Ya no podía negarlo: estaba enamorada de Hanamori.

Pero todavía no poseía el valor necesario para decírselo.

Puse el auto en marcha y nos dirigimos a la siguiente visita. El ambiente entre nosotras me pareció un poco más dulce que antes. Un poco más cálido.

Al estacionar frente al cliente, revisé el celular. Había recibido una notificación de LIME de Asakura-san: «¿Te gustaría ir a tomar algo el miércoles de la próxima semana? Quiero hablarte de algo». Aquella frase breve pesó extrañamente dentro de mí.

¿Qué significaba aquello? Sentí una mirada y volví los ojos hacia el asiento del copiloto. Hanamori me estaba observando, pero apartó la vista en cuanto nuestros ojos se encontraron. Fingí que no había ocurrido nada y guardé el celular en el bolso.

La palma de mi mano seguía caliente.


***


Asakura-san me había invitado otra vez a tomar algo. Debía de ser la quinta ocasión. Como ya habíamos entrado en confianza, no me ponía tan nerviosa como al principio. Nos encontramos en un izakaya cercano a la empresa.

—Nagi-san, por aquí, por aquí.

Al entrar, Asakura-san ya estaba sentada. Llevaba, como siempre, un vestido elegante de tonos apagados y accesorios escogidos con aparente naturalidad. Sobre la mesa había un gin tonic.

Poseía un aire tan urbano y sofisticado que costaba entender por qué aceptaba beber con alguien tan poco elegante como yo.

—Asakura-san. Gracias por invitarme otra vez.

—No hay de qué. Yo también tenía ganas de verte.

Asakura-san sonrió. Seguía siendo preciosa. Me senté a su lado en la barra.

Pedí una cerveza de barril y brindamos.

Asakura-san encendió el cigarrillo electrónico y una nube tenue se elevó ante ella.

La expresión que adoptaba al fumar seguía siendo tan sensual que terminé apartando los ojos.

—¿Cómo terminó lo de aquel proyecto?

—Gracias a tus consejos, parece que conseguiremos que lo aprueben.

—Me alegro. Sabía que lo lograrías, Nagi-san.

Asakura-san inclinó el vaso con elegancia. Yo también bebí un sorbo de cerveza.

A medida que avanzaban las copas, pasamos del trabajo a conversar sobre cine. Asakura-san hablaba con auténtico entusiasmo de una película coreana que había visto hacía poco.

—También hay películas interesantes en las plataformas. Mira esta, por ejemplo.

Se acercó para mostrarme la pantalla del celular y rozó ligeramente mi mano. Quizá porque habíamos ganado confianza, últimamente el contacto físico era más frecuente.

—Ah… Sí. Entiendo.

Asakura-san rio al verme alterada. La iluminación perfiló su rostro mientras exhalaba lentamente el vapor.

De pronto me pregunté qué estaría haciendo Hanamori. ¿Habría salido a cenar con alguien? Mientras contemplaba a Asakura-san llevar el vaso a los labios, lo único que aparecía en mi cabeza era la sonrisa de Hanamori.

—Nagi-san, eres muy sincera. Y muy adorable.

—¿Eh? N-no es cierto.

—Sí lo es. Me pareces una persona encantadora.

Asakura-san sonrió y después adoptó una expresión algo más seria. Dejó el vaso y me observó directamente.

—Nagi-san.

Su mirada permaneció fija en mí.

—…Sí.

Bebí un sorbo de cerveza e intenté tranquilizarme.

—¿Puedo decirte algo? Hay algo que llevo tiempo queriendo contarte.

Ah. Había llegado el momento.

El corazón comenzó a latirme de manera descontrolada.

—¿Eh…? Ah, sí…

—Llevo mucho tiempo buscando una oportunidad para decírtelo.

Su expresión era amable, pero también parecía nerviosa. Espera. Yo todavía no estaba preparada.

Aquella introducción solo podía significar una cosa. Entonces Asakura-san de verdad sentía algo por mí…

La cabeza se me llenó de ruido. ¿De verdad estaba ocurriendo?

Pero yo…

Durante todo aquel tiempo, el rostro de Hanamori no dejó de cruzarme la mente: su expresión malhumorada, la sonrisa espontánea, el perfil ligeramente triste.

—Nagi-san, yo…

Justo cuando Asakura-san iba a continuar, algo estalló dentro de mí.

—¡E-espera! Asakura-san, yo…

Me levanté de golpe y sacudí la mesa. La cerveza estuvo a punto de volcarse y algunos clientes nos miraron sorprendidos.

—¿Eh?

Asakura-san abrió mucho los ojos.

—Lo siento. Me alegra mucho lo que sientes por mí, pero…

—¿Eh…?

Asakura-san se quedó completamente inmóvil con el cigarrillo electrónico en la mano.

Aun así, tenía que decírselo con claridad.

—Eres hermosa, elegante, competente y amable. Me pareces una mujer maravillosa, pero…

—…

—En realidad, ya hay alguien que me gusta.

—…

La mirada de Asakura-san pareció ensombrecerse. No lograba leer su expresión. La había herido. Pero debía rechazarla con honestidad, porque no podía mentir sobre lo que sentía por Hanamori.

—Por eso no puedo corresponderte. De verdad, lo siento mucho.

Incliné profundamente la cabeza. Pensar en los sentimientos de Asakura-san me dolía y los ojos se me llenaron de lágrimas. Había hablado tan fuerte que quizá todo el local nos observaba, pero no podía preocuparme por eso.

Silencio.

Aquellos segundos parecieron eternos.

—Je, je… Nagi-san.

Al levantar la cabeza, encontré a Asakura-san riendo con una expresión imposible de describir. Un hilo fino de vapor ascendía desde el cigarrillo.

Sostenía el vaso mientras intentaba contener la risa.

—¿Eh…?

—Yo no estaba hablando de nada parecido.

Asakura-san continuó riendo.

—…¿Eh?

Se me escapó una voz ridícula. El cerebro se negó a procesarlo. ¿Cómo? ¿No se estaba confesando?

Asakura-san apoyó la mejilla en una mano y me observó con una sonrisa divertida. Bebió otro sorbo del gin tonic.

—Bueno, al menos me quedó clarísimo que estás enamorada de Hanamori-san.

—¡¿Hanamori-san?! ¡N-no! ¡Eso no es…! ¡Espera! Yo no había dicho ningún nombre, ¿verdad?

Entré en pánico. El sudor me corría por las axilas. Intenté negarlo, pero ya era tarde: me había descubierto por completo. Y, además, ¿cómo demonios lo sabía?

Me senté de nuevo y vacié la cerveza de un solo trago para tranquilizarme.

—¿De verdad no es ella? Entonces, ¿quién?

Asakura-san preguntó con una sonrisa maliciosa mientras llevaba con elegancia el cigarrillo electrónico a los labios.

Su expresión tan segura me resultó insoportablemente irritante.

—E, eh… eso…

—Ya no tienes que ocultarlo. Lo comprendí desde el principio.

Asakura-san entrecerró los ojos y exhaló otra nube de vapor.

—Uf… Perdón.

Me rendí. La vergüenza me quemaba el rostro. Bajé la cabeza y miré el vaso vacío.

—Entonces… ¿qué querías contarme?

Tenía que volver al tema antes de que mi humillación siguiera aumentando.

Asakura-san dejó el cigarrillo y la copa a un lado. Después sonrió con suavidad.

—Yo…

Esta vez su sonrisa era genuinamente feliz.

—Voy a casarme.

—¡¿QUÉÉÉ?!


***


—Tamura-kun, del departamento de Ventas, y Asakura-san, del departamento de Diseño, han decidido casarse.

La noticia se anunció en la reunión matutina del día siguiente. Tamura-san inclinaba la cabeza con timidez mientras los demás empleados lo felicitaban entre aplausos. Por lo que Asakura-san me había contado la noche anterior, después de la fiesta de fin de año ambos siguieron bebiendo juntos, congeniaron y empezaron a salir.

Al parecer, los dos habían decidido que querían casarse con la próxima persona con la que salieran, así que la relación avanzó hasta el matrimonio a una velocidad vertiginosa.

Y yo, mientras tanto…

¡Aaaaaaaaaah!

Estaba en mi escritorio, sujetándome la cabeza con ambas manos.

Sentía que me iba a salir fuego por la cara. No, estaba tan caliente que casi podía creer que ya ardía de verdad. No era que el matrimonio de Asakura-san me hubiera destrozado. Lo insoportablemente vergonzoso era haber interpretado todo mal por pura presunción, sin la menor sombra de duda.

La conversación de aquel día se reproducía una y otra vez en mi cabeza. «Sí, hay alguien que me gusta»; «Es alguien del departamento de Ventas». Yo había dado por sentado que hablaba de mí. Pero se refería a Tamura-san. Él era la persona que le gustaba. Él era la persona de Ventas.

Y el golpe de gracia había sido la salida de la noche anterior.

«En realidad… hay algo que quería decirte».

«Yo… tengo a alguien que me gusta».

«Por eso no puedo corresponder a tus sentimientos… De verdad, lo siento mucho».

¡Aaaaaaaaaaaaaah!

Mi antología de frases nacidas de aquel malentendido se repetía sin descanso. Ya no podía volver a mirar a Asakura-san a la cara. Seguro que se estaba riendo de mí. No, quizá la había dejado horrorizada. Sin soltarme la cabeza, miré alrededor.

Entonces, de pronto, dirigí la vista hacia Hanamori, sentada en diagonal frente a mí.

Seguro que la noticia del matrimonio de Tamura-san la había destrozado.

Después de todo, estaba enamoradísima de él. Hanamori permanecía frente a su escritorio con la mirada perdida. Tenía los ojos desenfocados, parecía ausente y no mostraba la menor energía. Sí… debía de estar muy afectada.

En ese momento…

Nuestras miradas se encontraron.

Hanamori abrió mucho los ojos, parpadeó varias veces y apartó la vista con brusquedad.


***


A la hora del almuerzo, en la cafetería de la empresa.

Mientras buscaba dónde sentarme con mi bandeja del menú de hígado salteado con cebollín, encontré a Hanamori.

Estaba sola junto a la ventana, comiendo una ensalada con la mirada perdida. Movía los palillos, pero era evidente que tenía la cabeza en otra parte.

Vacilé un poco, pero llevé la bandeja hasta su mesa y me senté a su lado.

—¿Puedo sentarme aquí?

—…¿Eh? Ah, sí.

Hanamori pareció sorprendida por un instante, pero enseguida recuperó aquella expresión ausente. Tomé un sorbo de la sopa de miso y, buscando algún tema de conversación, comenté con aparente naturalidad:

—Estuve a punto de pedir el mapo tofu superpicante, pero al final elegí esto.

—¿Todavía sigues con lo del mapo tofu superpicante?

…Había elegido mal el tema. Tras un breve silencio, carraspeé y, luego de vacilar un poco, fui al grano.

—…Qué pena lo de Tamura-san.

—¿Eh? ¿Tamura-san?

Hanamori detuvo los palillos y me miró desconcertada. Por un instante pareció no tener la menor idea de qué estaba hablando.

—…Ah. Ah, claro. Tamura-san. Sí.

Tras varios segundos, añadió a toda prisa:

—Sí, de verdad. ¿En qué momento empezó a salir con Asakura-san?

—Eso mismo. Yo también me quedé impactada.

—Estoy tan afectada que no sé si lograré recuperarme.

Sin embargo, sus palabras sonaban extrañamente vacías. Yo esperaba verla mucho más abatida, así que aquella reacción me desconcertó.

—Bueno, al menos Tamura-san se veía feliz.

—No podía borrar esa sonrisa de la cara. Supongo que, mientras sea feliz, está bien.

Hanamori volvió a mover los palillos. Se llevó un poco de lechuga a la boca, aunque seguía con la cabeza en otra parte.

—Hanamori-san, ¿estás bien? Llevas todo el día distraída.

—¿Eh? E-estoy como siempre… Oye, ¿acaso llevas observándome todo el día?

—¿Qué? No todo el día. Solo estaba preocupada.

—Mmm. ¿Tanto te preocupa? ¿Por qué?

—P-porque…

Hanamori me provocó con una sonrisa burlona. Qué irritante. Yo me puse nerviosa y bajé la cabeza.

Me miró de reojo, volvió a bajar la vista y dijo:

—Tú también debes de estar decepcionada por lo de Asakura-san, Asami-san.

—¿Eh?

Estuve a punto de escupir la sopa de miso.

—N-no, yo no…

—Parecía que tú y Asakura-san se llevaban de maravilla. Ayer también salieron a beber juntas, ¿no?

—¿Cómo sabes eso?

—Las vi por casualidad.

Hanamori respondió mientras apartaba la cara.

—Ah… sí. Claro. Qué pena.

Asentí por salir del paso. Lo que lamentaba no era que Asakura-san fuera a casarse, sino haber protagonizado un malentendido tan humillante. Después de un breve silencio, Hanamori dijo:

—Como pareces tan deprimida, podría acompañarte a beber.

—¿Eh?

—Ya sabes. Para consolarnos. Si necesitas compañía, podría ir contigo.

Seguía mirándome con el rostro inexpresivo de siempre, pero tenía las orejas ligeramente rojas y sus ojos vagaban de un lado a otro.

—N-no estoy… deprimida.

—Mmm. Entiendo.

Hanamori empezó a recoger el recipiente de la ensalada y se dispuso a levantarse. ¡La conversación iba a terminar! Me apresuré a añadir:

—¡A-ah, pero pensándolo bien estoy destrozada! Quizá sí necesite ir a beber… ¿Cuándo vamos? ¿Mañana?

—…¿Eh?

Hasta yo reconocía que me había abalanzado demasiado. Hanamori soltó una risita.

—¿Ni siquiera puedes esperar un poco?

—N-no es eso…

—Bueno, no me importa. Mañana estoy libre.

Lo dijo apartando la cara, pero me pareció que sus orejas habían vuelto a enrojecerse.


***


Llevaba inquieta desde primera hora de la mañana.

La razón estaba clarísima. Ese día celebraría con Hanamori nuestra reunión de consuelo: dos mujeres despechadas lamiéndose las heridas. En otras palabras, una simple salida para beber.

En diagonal frente a mi escritorio, Hanamori observaba la computadora con su habitual expresión serena… aunque de vez en cuando miraba el reloj. Era raro verla hacer eso. Había supuesto que solo yo estaba inquieta, pero quizá Hanamori tampoco lograba concentrarse. No, no. Esto solo era una reunión para consolarnos entre dos mujeres con el corazón roto. No podía significar nada más. La única rara era yo por estar tan emocionada.

Pero estaríamos a solas.

Ese simple hecho bastaba para que mi corazón armara un escándalo. Mientras pensaba en ello, el reloj marcó las cinco en punto. En ese mismo instante…

—Hasta mañana.

Hanamori se levantó en una fracción de segundo.

(¡Qué rápida…! ¡¿Y justo a las cinco en punto?!)

Yo también apagué la computadora a toda prisa, ordené el escritorio y me puse de pie.

Al salir del edificio de la empresa, vi a Hanamori esperándome a cierta distancia. Envuelta en un mullido abrigo tipo capa, con las manos en los bolsillos, parecía tener frío.

—Perdón por hacerte esperar. Saliste rapidísimo.

—Hoy hubo pocas consultas y ya había preparado los documentos de la próxima semana.

—Qué raro. Tú, que siempre vives haciendo horas extra.

—Qué fastidio. ¿Prefieres que me vaya?

Hanamori giró la cara con un mohín y la hundió en el ribete de pelo del abrigo. Sin embargo, enseguida soltó una risita. La sonrisa que no conseguía ocultar asomó entre la felpa.

Si hasta esa expresión me parecía adorable, lo mío ya no tenía remedio.

Entramos en un pequeño izakaya frente a la estación y nos sentamos juntas en la barra.

Quizá porque el local era estrecho, los asientos estaban demasiado cerca. Nuestros hombros y muslos se tocaban por completo.

El perfume de Hanamori me envolvía con un treinta por ciento más de intensidad que de costumbre.

—Hanamori-san, ¿qué vas a tomar hoy?

—Cerveza.

—Claro, como no hay nadie a quien conquistar.

—Exacto. Además, no ganaría nada haciéndome la adorable contigo.

Hanamori respondió con indiferencia mientras se limpiaba las manos con la toallita húmeda. Pedí dos cervezas de barril, edamame y papas fritas.

—Entonces, brindemos por esta reunión de consuelo entre dos despechadas.

Chocamos las jarras y dejé que el primer trago de cerveza me bajara por la garganta. Pura felicidad. Por momentos como ese valía la pena seguir viviendo.

—Asami-san, hoy estuviste inquietísima, ¿verdad?

—¿Q-qué? Para nada.

—Sí que lo estuviste. Mirabas el reloj cada cinco minutos.

Hanamori soltó una risita. Se le curvaron las comisuras de los ojos. Qué linda.

—No lo miré tanto. Además, tú también terminaste a toda velocidad. En el fondo tenías ganas de venir, ¿verdad?

—En absoluto. Solo quería empezar pronto para terminar pronto.

Nos lanzamos pullas mientras nos mirábamos de reojo y terminamos riéndonos juntas. Qué divertido era. Hanamori bebió un sorbo de cerveza y, tras una pequeña pausa, me miró.

—¿Todavía sigues afectada por lo de Asakura-san?

—No es exactamente eso… Creo que, para empezar, lo que sentía por ella no era amor.

—No me digas eso. Te la pasabas sonriendo como una tonta y completamente embobada.

—Cualquiera se pondría así al hablar con una mujer tan hermosa como Asakura-san.

Sonreí con amargura mientras tomaba una vaina de edamame.

—Por cierto, parece que Tamura-san y Asakura-san empezaron a acercarse en la fiesta de fin de año.

—Ah, conque fue entonces.

—Hanamori-san, dejaste escapar una gran oportunidad.

—Es verdad. Quizá desperdicié demasiado tiempo hablando contigo en la fiesta.

—Qué grosera.

Hanamori volvió a reír a carcajadas. Su risa era tan adorable que me llevé la jarra a los labios y bebí de golpe.

El alcohol comenzó a subírseme agradablemente a la cabeza. Intercambiábamos pullas y nos reíamos. Hablar con Hanamori era divertido.

Precisamente por eso me aterraba arruinar nuestra relación.


***


Había pasado alrededor de una hora y media, y hasta yo notaba que el alcohol ya me había afectado bastante. Me ardían las mejillas. Hanamori también estaba algo sonrojada y hablaba más de lo habitual.

—Pero seguro que la próxima vez encontrarás a alguien bueno, Asami-san.

—Lo mismo digo. Eres linda, así que enseguida encontrarás a otra persona.

Hanamori se quedó inmóvil. Abrió mucho los ojos y se paralizó, como si acabara de oír algo que jamás habría esperado.

—¿Qué? ¿Por qué me dices de repente que soy linda? Qué asco.

Tenía el rostro rojo. Apoyó la mejilla en una mano, miró al frente y murmuró:

—Además, no necesito que me lo digas, Asami-san. Ya sé que soy linda.

—Espera. ¿De verdad lo dices tú misma?

—Claro. Es un hecho. Por cierto, ¿no estás bastante ebria?

—No estoy ebria.

—Es que empezaste a decir cosas raras.

Cuando sonreí como una boba, Hanamori bajó la cabeza. Estaba roja. ¿Se habría avergonzado o sería por el alcohol? Fuera cual fuera la razón, era criminalmente adorable.

—¿Y tú, Hanamori-san? ¿Qué harás ahora con tu vida amorosa?

—¿Qué quieres que haga? Esto ocurrió apenas ayer.

Hanamori me dirigió una mirada de reojo. Nuestros ojos se encontraron.

—Supongo que saldré con alguien cuando aparezca una buena persona.

Una buena persona. La «buena persona» de Hanamori. Aquellas palabras me provocaron un pequeño pinchazo en el pecho. Seguro que era culpa del alcohol. Sin embargo, antes de darme cuenta, mi boca se había movido sola.

—Entonces… ¿por qué no salimos juntas nosotras?

Lo dije como una broma. Con ligereza. Dejándome llevar por el alcohol. Hanamori se quedó completamente inmóvil. Los dedos con los que sujetaba el vaso temblaron un poco, y solo sus ojos se volvieron lentamente hacia mí.

—…¿Eh?

Parpadeó dos veces, tres. Su expresión permaneció congelada. Más que sorprendida, parecía incapaz de procesar lo que acababa de oír. Sus labios se abrieron y cerraron un poco, pero no conseguía pronunciar palabra.

Ah. Esto era malo.

Seguro que la había horrorizado. ¿No tenía cara de estar pensando «qué asco da esta mujer»? ¿Qué demonios acababa de decir? Sonaba casi como acoso sexual dirigido a una compañera nueva de mi departamento, y encima a otra mujer. Era lo peor. Seguro que nunca volvería a hablarme. Mañana no podría ir a trabajar. Tendría que escribir mi carta de renuncia. El sudor empezó a brotarme como una cascada de las palmas, la frente, las axilas y la espalda. La borrachera se me pasó de golpe.

—¡E-era mentira! ¡Solo bromeaba! ¡Ja, ja, ja…!

Las excusas salieron disparadas de mi boca. Reí desesperadamente para arreglarlo, aunque era consciente de lo tensa que se veía mi sonrisa. La cara me ardía. Demasiado. Hanamori bajó la cabeza y no dijo nada.

Silencio. Un silencio insoportablemente pesado. Sin decir una palabra, las dos inclinamos nuestras jarras. La cerveza bajando por mi garganta era lo único que se sentía extrañamente real. ¿Qué iba a hacer? Aunque yo misma había causado aquello, la incomodidad era insoportable. Tenía que hablar de otra cosa… Buscaba desesperadamente algún tema cuando Hanamori murmuró:

—…A mí no me molestaría.

—¿Eh?

—Lo que dijiste hace un momento.

Hanamori habló en voz muy baja.

—¡¿E-eh?! ¡Ah! ¡No, no, perdón! ¡De verdad era una broma! Quizá el alcohol me volvió loca. ¡Olvídalo, por favor!

Había entrado por completo en pánico.

Ante mi negativa frenética, Hanamori bajó un poco las cejas. Parecía molesta y, al mismo tiempo, algo triste. O quizá solo me lo imaginaba. Después de lo ocurrido con Asakura-san, quería graduarme para siempre de los malentendidos nacidos de mi presunción.

—…Entonces era una broma.

—¿Eh?

—En ese caso, olvídalo.

Hanamori apartó la cara y murmuró:

—Yo también estaba bromeando. No te lo tomes en serio.

Claro. Había sido una broma. Entonces, ¿de dónde venía aquella opresión en el pecho? Volvió a caer el silencio.

Estaba a punto de decir «Ah, pero…» cuando una voz me interrumpió.

—¡Pero si es Nagi!

—¿Eh? ¡Yuuka! ¡Cuánto tiempo!

Una amiga de la universidad me había llamado desde atrás.

—Qué casualidad. Nagi, ¿sueles venir a beber aquí?

—Solo vine de casualidad. Qué sorpresa.

Mi amiga miró a Hanamori y sonrió con picardía.

—Oye, viniste con una chica guapísima. No se parece a ninguna de tus amigas. ¿Qué relación tienen?

—Eh… pues…

Me quedé sin palabras y miré de reojo a Hanamori. Ella abrió ligeramente los ojos y sostuvo mi mirada. Sus pupilas húmedas reflejaron la luz del izakaya y centellearon. Sin embargo…

—Es una compañera del trabajo.

No fui capaz de responder otra cosa. Después de todo, era la verdad. Hanamori parpadeó, bajó los ojos y, al volver la vista al frente, sacó el celular y empezó a deslizar la pantalla.

—Ah, ahora que lo pienso…

Mi amiga sacó a relucir la reunión del antiguo club universitario que se celebraría el mes siguiente. Mientras nos entusiasmábamos con el tema, la tensión de hacía un momento se desvaneció. Durante nuestra conversación, Hanamori bebía la cerveza a pequeños sorbos, jugueteaba con el celular con aire aburrido o contemplaba sus uñas.

Después de despedir a mi amiga, volvimos a beber sentadas una al lado de la otra. Silencio. Abrí la boca para intentar disipar la incomodidad.

—Era una amiga de la universidad. Del club.

—Mmm. ¿En qué club estabas?

—En el de básquetbol.

—Vaya. Ahora que lo pienso, sí pareces atlética.

—¿Qué significa ese «sí»? Explícame ese «sí».

Cuando protesté, Hanamori soltó una risita. A partir de ahí hablamos de los clubes universitarios de cada una. Justo cuando la conversación volvía a animarse, nos trasladamos a un segundo local. Ya eran más de las once de la noche. El lugar estaba lleno de gente disfrutando del viernes, y Hanamori y yo nos sentamos otra vez juntas en la barra.

—Asami-san, tienes la cara completamente roja. ¿Estás bien?

—Mira quién habla.

Las mejillas de Hanamori estaban teñidas de rosa y aquellos ojos insolentes con los que siempre me fulminaba se veían ligeramente húmedos. El rostro acalorado. Los labios brillantes. Envuelta en aquella sensualidad, estaba un treinta por ciento más atractiva que de costumbre. No. No podía mirarla con esas intenciones.

—Asami-san, ¿podrías dejar de recorrerme con la mirada?

—¿Qué? N-no estaba mirándote.

—Me estabas observando descaradamente.

Hanamori entrecerró los ojos y sonrió. Las comisuras caídas eran adorables. Quizá por el alcohol, el mundo parecía flotar y ya no podía calcular bien la distancia entre nosotras. Como ambas habíamos bebido, el hombro y el muslo que se rozaban se sentían ardientes.

Miré el reloj del local. Faltaban veinte minutos para el último tren. Si seguíamos ahí en silencio, sin duda lo perderíamos. ¿Qué ocurriría entonces? Aunque sabía que era imposible, imaginé un poco —no, bastante— lo que podría pasar después. El corazón me latió con tanta fuerza que parecía a punto de estallar.

El alcohol era el culpable de que pensara así. Para empezar, estaba mal esperar algo de Hanamori cuando a ella le gustaban los hombres. Aunque por alguna casualidad sucediera algo, tampoco podía dejar que fuera solo por impulso de la bebida. No quería destruir nuestra relación.

—…Será mejor que nos vayamos.

Mi razón había cumplido con su trabajo. Cuando lo dije, los ojos de Hanamori se abrieron apenas y sus cejas descendieron un poco. Sus labios se movieron como si estuviera a punto de decir algo, pero al final guardó silencio. En cambio, alzó las comisuras, me miró de reojo y respondió:

—Sí. Como ya tienes cierta edad, mañana podría pasarte factura, Asami-san.

—Ahí vas otra vez, tratándome como a una anciana.

Hanamori soltó una risita y yo terminé riéndome con ella. Recogimos nuestras cosas, pagamos la cuenta y salimos del izakaya.

Afuera hacía frío.

—¡Ah!

—¡Cuidado! ¿Estás bien?

Hanamori se tambaleó de pronto. Extendí el brazo por reflejo y ella se aferró a mí. Qué suave. Su pecho estaba presionando mi brazo.

—Mira que sí estás ebria.

—Es culpa tuya, Asami-san. No dejaste de hacerme beber. Esto es acoso alcohólico.

Hanamori me fulminó en broma y trató de soltar mi brazo… solo para volver a tambalearse.

—Ah… creo que no puedo caminar sola.

Esta vez sujetó mi brazo derecho con ambas manos, con cierta timidez, pero sin intención de soltarlo.

Sin que yo preguntara nada, añadió a modo de excusa:

—Mis tacones son muy altos. Cuando bebo, me cuesta mantener el equilibrio.

Mientras lo decía, se apoyó con fuerza contra mí. Caminamos juntas hacia la estación mientras yo sentía aquella suavidad contra el brazo. Para colmo, habíamos entrado en una zona de hoteles del amor iluminada por brillantes letreros de neón. Una pareja pasó frente a nosotras riendo, con los brazos alrededor de la cintura del otro. Bajo una farola tenue, otra permanecía abrazada.

Era un lugar demasiado incómodo para que dos mujeres caminaran así. Buscando desesperadamente un tema, dejé que la mirada vagara de un lado a otro.

A la derecha había un letrero: «HOTEL No pienses, siente».

Aparté la vista hacia la izquierda: «Hotel Palacio Pillow Talk».

Y más adelante: «HOTEL Night Recipe».

Mirara donde mirara, saltaba a la vista un nombre de hotel exageradamente llamativo. Hanamori también sabía perfectamente qué clase de lugar era. Sin embargo, no soltaba mi brazo; al contrario, se apretaba aún más contra mí. Incómoda ante el silencio, abrí la boca a toda prisa.

—E-eh… ¿mañana toca sacar la basura combustible?

—No tengo idea. ¿Por qué hablas de eso ahora?

Me había hundido yo sola. Hanamori soltó una risita amarga. Su mirada fría y exasperada dolía. Aun así, no soltó mi brazo.

—Por cierto, Asami-san. Esta es una zona «de esas». ¿Sabías por dónde estabas caminando?

—E-esta es la ruta más corta hasta la estación.

—Mmm. Creí que te habías excitado y pensabas meterme en uno de esos hoteles.

Hanamori lo dijo con una sonrisa burlona, como si fuera una broma. Otra vez haciéndome quedar como una pervertida. Vi a una pareja entrar abrazada en el hotel de al lado. El aire nocturno de aquella calle llena de neones, sensual y estridente, se sentía demasiado vívido. Intentando escapar de la incomodidad, mi boca volvió a moverse sola.

—A-ah, oye, ¿viste el pronóstico de mañana? Parece que estará despejado.

Hanamori alzó el rostro y me miró con total exasperación.

—Asami-san, ¿qué te pasa desde hace rato? Primero el clima, después la basura… ¿Estás pensando en algo raro?

—N-no.

—Mentirosa.

Hanamori sonrió apenas y se pegó todavía más a mi brazo.

Continuamos en silencio, acompañadas únicamente por el repiqueteo de sus tacones. Estábamos a punto de salir de la zona de hoteles, y eso me alivió un poco.

En ese instante, Hanamori se detuvo y soltó mi brazo.

—¿Eh? ¿Qué pasa, Hanamori-san?

—…Asami-san.

Hanamori levantó el rostro.

Sus grandes ojos oscuros estaban húmedos. Tenía los labios entreabiertos y las mejillas acaloradas.

—Lo de aquella noche…

Retrato de Chisa Hanamori con ropa de invierno.

—…¿Aquella noche?

Mi cerebro no funcionaba.

El alcohol impedía que mis pensamientos siguieran el ritmo de la conversación.

—Lo de aquella noche.

Hanamori dio un paso hacia mí. El corazón me golpeó con fuerza.

Su rostro quedó muy cerca del mío. Me miraba desde abajo.

Y entonces susurró junto a mi oído:

—…¿Quieres que continuemos aquel beso?

—…¿Eh?

Sentí que el bullicio de la calle de neones se alejaba de golpe.