Me besó la compañera de trabajo que detesto

Volumen 1

Capítulo 7

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Encabezado ilustrado del capítulo 7.


El rostro de Hanamori se acercó lentamente.

Sus ojos estaban clavados en mí. Sus labios, justo ahí.

Cerca. Demasiado cerca. Entonces me rozaron apenas.

Una sensación suave y cálida.

Los labios de Hanamori se posaron sobre los míos.

Despacio, con delicadeza. Y luego con mayor profundidad. Nuestras lenguas se entrelazaron.

Nuestros alientos dulces se mezclaron.

El calor de Hanamori llegó hasta mí.

Recorrí con las yemas de los dedos el cuerpo de Hanamori.

Desde el cuello hasta los hombros, el pecho… y más abajo.

Me embelesaba oír sus gemidos dulces.

Quería tocarla más.

Quería tenerla aún más cerca.

—Asami-san…

Hanamori pronunció mi nombre en un susurro.

Su voz resonó junto a mi oído y se deshizo en él.

—Hanamori-san…

Yo también pronuncié su nombre.

La abracé. Más cerca. Más…

¡Bip, bip, bip, bip! ¡Bip, bip, bip, bip!

—¡¿Eh?!

Me incorporé de golpe.

La alarma del celular resonaba de manera estridente.

Ante mis ojos estaba mi habitación de siempre.

Me encontré sentada sobre la cama, empapada en sudor. Era de mañana. Todo aquello había sido un sueño.

—Ja… ja…

Respiraba con agitación y el corazón me latía desbocado. Me ardía el rostro y las manos me temblaban.

Espera. No, no, no. ¿Qué clase de sueño acababa de tener? Me llevé las manos a la cabeza, horrorizada.

Soñar algo así con una compañera de trabajo cualquiera… con Chisa Hanamori. Soñar que hacíamos se—… aquello.

—Esto es grave… ¡De verdad es muy grave…!

Me temblaba la voz y el corazón no se calmaba.

Yo… ¿qué demonios me estaba pasando?


***


Desde el viaje de trabajo, mi vida cotidiana había cambiado por completo. ¿En qué? En que estaba tan pendiente de Hanamori que ya ni podía trabajar.

—Asami-san, sobre este documento…

Sasaki-kun me hablaba, pero mi mirada se desviaba una y otra vez hacia Hanamori, sentada al otro lado del escritorio. Trabajaba frente a la computadora con expresión seria, preparando unos documentos.

—¿Asami-san?

—Ah, perdón. ¿Qué?

Volví en mí y miré a Sasaki-kun.

—Sobre este documento…

—Ah, sí. Eso.

Concéntrate, Nagi.

Se había decidido presentar el nuevo servicio en una exposición de gran escala, y el departamento de ventas se había convertido en un campo de batalla. Queríamos aprovecharla para darlo a conocer de una vez. No era exagerado decir que el futuro de la empresa estaba en juego.

Mientras manteníamos la actividad comercial habitual, también teníamos que preparar los materiales de la exposición, decidir la distribución del stand y organizar la demostración. Las tareas se acumulaban y trabajar hasta tarde se había vuelto lo normal.

A pesar de lo ocupada que debía estar, cuando me daba cuenta ya estaba siguiendo a Hanamori con la mirada. Observé su espalda mientras se levantaba y se dirigía a la cocineta.

—¿Asami-san, entonces aquí… Asami-san?

—¡¿Eh?! Ah, sí. Aquí, ¿verdad? A ver, esto…

No servía. Estaba completamente distraída. Tenía que espabilar. Cuando terminé de explicarle, Sasaki-kun regresó a su asiento. Para entonces, Hanamori ya había vuelto de la cocineta con una taza de café.

Y entonces nuestras miradas se cruzaron.

Pum.

El corazón me dio un vuelco.

Aparté la mirada a toda prisa, volví hacia la computadora y fingí concentrarme en la pantalla. Pero no lograba procesar nada.

—Asami, ¿ya tienes listo el contenido del folleto para la exposición?

La voz del gerente de Ventas atravesó la oficina.

—¡Ah, sí! Lo terminaré hoy mismo.

—Te lo encargo. Ya estamos con el tiempo justo para mandarlo a imprenta.

—Entendido. Me pondré con ello enseguida.

Tengo que trabajar.

Tenía que trabajar en serio. No era momento de estar pendiente de Hanamori. Me lo repetí y volví a enfrentar la pantalla.


***


—Asami-san.

Una voz sonó detrás de mí y me sobresalté. Al darme vuelta, encontré a Hanamori allí de pie.

—H-Hanamori-san. Buenos días.

La voz se me agudizó.

Cálmate, Nagi.

—Je. Acabas de dar un salto. Quería mostrarte el plano de distribución del stand. ¿Te parece bien así?

Hanamori me mostró la tableta desde mi lado.

Estaba cerca. Su cara, demasiado cerca. Me llegaba su aroma: un perfume dulce a durazno.

—Ah, sí. Me parece bien.

—¿De verdad? Me preocupaba que el recorrido por esta zona no fuera del todo bueno.

Hanamori señaló la pantalla.

Ese dedo. Tan fino, tan bonito… ¿Pero qué miras, Nagi?

—¿Asami-san?

Me observaba desde muy cerca.

Me ardía el cuerpo.

—Ah, perdón. ¿Dónde?

—Aquí. Procura entenderlo a la primera.

Hanamori volvió a señalar la pantalla mientras lanzaba una de sus pullas.

Concéntrate. Mira el plano de verdad.

—Ah, sí, es cierto. Entonces quizá esta distribución sea mejor.

—¿Verdad? Eso pensé.

Hanamori asintió, satisfecha.

¿Qué pasaba con esa expresión?

…Era adorable.

Qué rabia. ¿Por qué me parecía tan adorable?

—Gracias. Lo corregiré.

Hanamori regresó a su asiento. Solté un largo suspiro. El corazón no dejaba de latirme con fuerza, aunque solo habíamos hablado de trabajo.


***


Por la tarde, Hanamori volvió a hablarme.

—Asami-san, ya terminé de corregir los materiales de antes.

—B-bien. Gracias.

¿Por qué me comportaba con tanta torpeza?

—Asami-san, estás un poco rara.

Hanamori me miró con extrañeza.

—N-no. Estoy normal.

—¿No tienes la cara roja? ¿No tendrás fiebre?

—No es eso.

—¿O estabas pensando en alguna indecencia otra vez?

—¡¿Eh?! N-no, no estaba pensando en nada.

Hanamori lo dijo en broma y soltó una risita. Esa sonrisa. El sonido de su risa.

…Me divertía.

Me daba rabia admitirlo, pero hablar con Hanamori me resultaba increíblemente divertido.

—De verdad, desde el viaje de trabajo estás rara.

—N-no, de verdad que no.

—Sí. Te comportas con mucha torpeza.

—E-es tu imaginación.

Hanamori entrecerró los ojos e inclinó la cabeza. Aquel gesto volvió a provocarme un vuelco en el pecho.

Volví a seguirla con la mirada mientras regresaba a su asiento. Ni yo misma entendía por qué.

Hanamori estaba enamorada de Tamura-san. Sí. No de mí.

Me lo repetí con desesperación. Habíamos hablado un poco y yo ya estaba emocionándome sola, como una idiota. ¿Qué esperaba que ocurriera? El pecho me dolía con punzadas y apenas podía soportarlo.


***


La oficina de noche. En el área de ventas solo quedábamos Tamura-san, Hanamori y yo.

Una combinación exquisitamente incómoda.

Mientras preparaba materiales en mi escritorio, miré de reojo a Hanamori. Estaba junto a Tamura-san, conversando muy animada.

Con su voz empalagosamente dulce y una sonrisa radiante, Hanamori hablaba mientras Tamura-san le respondía entre risas. El pecho me dolía.

No era más que la misma escena de siempre, la que llevaba tanto tiempo viendo. A Hanamori le gustaba hablar con Tamura-san. Le gustaba Tamura-san.

No alguien como yo.

Su conversación alegre, las risas de ambos, el contacto físico de Hanamori… Cada vez, algo se agitaba en mi pecho.

Me obligué a devolver la mirada a la computadora. No mires. No debes mirar. Pero, sin darme cuenta, volvía a buscar a Hanamori. No debía estorbarles. No debía quitarles su tiempo a solas.

Me levanté de golpe.

—Voy un momento a la tienda de conveniencia.

Tamura-san y Hanamori levantaron la vista.

—Ah, entonces yo también voy.

Hanamori intentó ponerse de pie.

—No, no hace falta. También les traeré algo a ustedes.

Forcé una sonrisa brillante.

—Pero…

—No pasa nada. Sigan trabajando. Ah, Tamura-san, ¿te traigo café solo?

Por un instante, me pareció que Hanamori ponía una expresión dolida.

No. Tenía que ser mi imaginación. ¿Qué esperabas, idiota?

Seguro que esta mujer estaba pensando: «Qué suerte» o «Asami-san a veces sí que sabe ser considerada». Seguro celebraba que por fin podría quedarse a solas con Tamura-san. Y eso me irritaba todavía más.

—Bueno, ya regreso.

Salí apresuradamente de la oficina. El pecho volvió a dolerme, lleno de una aspereza desagradable.

Seguro que Hanamori estaba feliz. Se había quedado a solas con Tamura-san. Yo ya no estaba allí. Ni siquiera lograba concentrarme en el trabajo por darle vueltas a lo mismo. Qué idiota. Qué patética.

Y aun así, no podía dejar de pensar en ello.

Compré algunas bebidas al azar y regresé a la oficina muy despacio, dando un rodeo. Quería tardar todo lo posible para concederles un poco más de tiempo a solas.


***


La tarde en que faltaban tres días para la exposición, el ambiente del departamento de ventas estaba cargado de tensión. La sobrecarga de trabajo había puesto a todo el mundo de mal humor y, junto con las tareas acumuladas, no dejaban de llegar consultas sobre el nuevo servicio.

Todavía no habíamos completado ni la mitad de los materiales para la exposición. Por mucho que entráramos temprano y trabajáramos horas extra, siempre aparecía algo nuevo que hacer. Ya habíamos superado por completo nuestra capacidad.

Y, sin embargo…

Y, sin embargo, mi mirada seguía siendo atraída hacia Hanamori, sentada en diagonal frente a mí.

No está bien. Lo sé.

Sabía que el tiempo que tardaba en desviar la mirada era un desperdicio. Si lo dedicara a la computadora, podría responder dos consultas más.

Pero terminaba mirándola sin darme cuenta. Hanamori trabajaba con empeño: tecleaba, fruncía el entrecejo y mantenía una expresión concentrada. De vez en cuando inflaba un poco las mejillas. ¿Qué la tendría tan preocupada…? Qué linda. No, ¿eres idiota? De verdad no era momento para pensar en eso.

—Uf…

Se me escapó un profundo suspiro. Ahora que lo pensaba, ni siquiera había podido almorzar. Hanamori tampoco, si no recordaba mal.

Ese día estábamos tan ocupadas que solo habíamos intercambiado un «buenos días» por la mañana. La extrañaba… Espera. ¿La extrañaba? ¿Qué significaba eso? Era una adulta, en pleno infierno previo a una exposición. Tenías la cabeza demasiado tomada por el romance, Nagi Asami.

Aun así, quería hablar con ella.

Quería que volviéramos a bromear como siempre. Una vez más, la miré de reojo. Mis ojos se dirigían hacia ella por sí solos.

Hanamori pasó una página de los documentos. Sus dedos finos sujetaron el borde del papel. La mano que sostenía el bolígrafo anotó algo. Inclinó la cabeza y dejó al descubierto la piel blanca del cuello…

En ese instante, nuestras miradas se cruzaron de golpe.

Ay, no.

Aparté la vista de inmediato.

Fingí revisar los documentos que tenía delante, desesperada por ocultar que llevaba un rato observándola.

¿Qué estaba haciendo una adulta de veintitantos años? Parecía una estudiante de secundaria. Qué patética. Qué vergüenza. Demasiada vergüenza.

El corazón me golpeaba con fuerza. Poco a poco, volví a dirigir la mirada hacia Hanamori.

Hanamori continuaba mirándome fijamente.

Inclinaba la cabeza con expresión suspicaz. Tenía el ceño tan fruncido como si sospechara que yo robaba ropa interior. Esto era malo. Me estaba tratando como a una completa degenerada.

Intenté disimular con una sonrisa incómoda.

Me esforcé por adoptar una expresión serena, como si dijera: «Vaya, ¿ocurre algo, Hanamori-san?». Aunque lo más probable era que estuviera sonriendo como una tonta.

Entonces ocurrió. Hanamori bajó la mirada y sonrió con suavidad. Una pequeña sonrisa asomó a sus labios. Después volvió hacia la computadora con una expresión concentrada, como si nada hubiera pasado.

…¿Qué había sido eso?

Esa sonrisa debería estar prohibida.

Yo también volví hacia el monitor y respondí los correos con expresión seria. Mientras tanto, la sonrisa de Hanamori se reproducía una y otra vez en mi cabeza.


***


Cuando por fin amainó la avalancha de consultas, pude tomarme un descanso.

El aire fresco de la cocineta resultaba agradable. Di un sorbo al café solo recién preparado. Amargo. Pero me gustaba cómo ese amargor terminaba de despertarme.

Bebí otro sorbo y solté el aire.

Entonces oí el repiqueteo de unos tacones en el pasillo. El corazón me dio un vuelco.

Al volverme, vi entrar a Hanamori en la cocineta.

—Ah.

Se me escapó la voz. Hanamori también reparó en mí y abrió los ojos por un instante.

Tenía que hablarle. De lo que fuera. No habíamos podido conversar en todo el día. Me hizo gracia verme tan ilusionada a mi edad.

—Hanamori-sa—

—Asami-sa—

Las voces se superpusieron.

—Ah, adelante, Asami-san.

—No, adelante tú, Hanamori-san…

—…Entonces—

—Ah, Nagi-san.

Una voz dulce llegó desde mi espalda.

Al volverme, encontré a Asakura-san allí de pie. Llevaba una falda tubo negra y el cabello castaño, suavemente ondulado, recogido. Un tenue perfume a jabón flotaba a su alrededor.

—Asakura-san, ¿cómo va todo?

—Bien. ¿Interrumpí algo? Perdón. Quería preguntarte por los materiales de la propuesta que vimos en la reunión de antes.

Ah, se trataba de trabajo. Tenía que atenderla. Asakura-san comenzó a hablar del diseño del folleto y yo asentí. Pero mi mirada seguía siendo atraída hacia el fondo de la cocineta.

De reojo.

Hanamori preparaba un café con leche sin mostrar ninguna emoción. Su perfil era precioso. Mantenía los ojos un poco bajos y sus largas pestañas resaltaban todavía más. Vamos, Nagi. Ahora debías escuchar a Asakura-san.

—Y sobre la reunión de la próxima semana…

—Ah, sí.

A pesar de responder, mis ojos continuaban siguiendo a Hanamori.

La conversación con Asakura-san terminó desviándose del trabajo hacia asuntos personales.

—Ah, es cierto. Al parecer, el restaurante que reservamos para la próxima semana apareció en televisión hace poco.

—Vaya, qué bien…

Mientras respondía de manera distraída, continuaba observando a Hanamori.

Hanamori removía el café con leche con un cuidado exagerado. Parecía estar tardando más de lo habitual. ¿Estaría escuchándonos? No podía saber por su expresión si estaba pendiente de mí. Cuando tomó el vaso de papel y abandonó la cocineta, me dirigió una mirada fugaz. Parecía dolida, quizá un poco sola… o eso creí.

—Nos vemos.

Hanamori lo dijo en voz baja y se marchó.

Ah. Se había ido… Yo quería hablar con ella.

Y justo cuando por fin habíamos coincidido durante el descanso.

Después intenté concentrarme en lo que decía Asakura-san, pero no podía dejar de pensar en Hanamori alejándose.

—Y entonces, la película que vi la semana pasada—

—Ah, Asakura-san… P-perdón.

La voz me salió demasiado alta y Asakura-san se sobresaltó.

—Acabo de recordar un asunto urgente… De verdad, perdón. Tengo que irme.

—Ah, entiendo. Nos vemos.

Dejé atrás la voz de Asakura-san y eché a correr por el pasillo.

Fui detrás de ella. De Hanamori.

—¡Hanamori-san!

La voz me salió más fuerte de lo que había esperado.

Hanamori se sobresaltó y se volvió.

—E-esto…

Me faltaba el aire. Había logrado detenerla, pero… ¿qué podía decirle? ¿De qué le hablaba?

No se me ocurría ninguna forma de iniciar la conversación.

—…Probé el mapo tofu superpicante de la cafetería.

¿Qué clase de tema era ese? Menudo informe irrelevante.

Hanamori entrecerró los ojos.

—…¿Eh?

—No, o sea… El que mencionaste la otra vez. Picaba muchísimo, pero decidí aventurarme.

—Eso.

Hanamori dio un paso hacia mí.

—¿De verdad viniste corriendo hasta aquí y me detuviste a gritos solo para contarme eso?

Me miró con absoluto hastío y una sonrisa de incredulidad.

—Asami-san, ¿no tienes nada que hacer?

—¡Claro que sí! ¡Estoy ocupada! Ocupadísima.

—Si estás tan ocupada, no deberías estar pensando en mapo tofu.

Hanamori inclinó ligeramente la cabeza y levantó la comisura derecha de los labios.

—Mmm… ¿O me perseguiste porque no podías dejar de pensar en mí?

—¡N-no!

—Ya veo. Tu momento de embobamiento con Asakura-san terminó sorprendentemente rápido.

—Eh, no, eso es…

—Es una broma. Asami-san, si de verdad no tienes nada que hacer, ayúdame con los materiales de la exposición.

Se rio entre dientes y siguió provocándome con su tono insolente de siempre.

Me irritaba. Me irritaba, pero seguía siendo adorable.

Hanamori continuó.

—Asami-san, de verdad estás rara desde el otro día.

—E-eh, bueno…

—…Entonces, ¿sí estaba rico? El mapo tofu extra picante.

La expresión de Hanamori se suavizó un poco. Continuó observándome a la cara.

—Ah, sí. Estaba rico, aunque picaba muchísimo.

—Mmm. ¿De verdad lo comiste? ¿No se te daba mal el picante?

—¿Eh?

—¿No será que estás mintiendo?

—¡No estoy mintiendo! ¡De verdad me lo comí!

—¿Pruebas?

Hanamori sonreía con malicia. Me estaba tomando completamente el pelo.

—¿P-pruebas…? Tiré el recibo.

—Entonces no te creo.

—¡No, en serio!

—Sí, sí. Lo que tú digas. Bueno…

Hanamori rio entre dientes y comenzó a alejarse otra vez.

Ah, espera.

—¡La próxima vez comámoslo juntas! ¡El mapo tofu superpicante!

En cuanto lo dije, me arrepentí.

¿Por qué seguía aferrándome al tema del mapo tofu?

—Pff… ¿Qué clase de invitación es esa? A mí no me gusta el picante.

—Ah… Ya veo. Perdón.

Hanamori parecía exasperada, pero sonreía un poco. Después de una breve pausa, añadió:

—…Entonces.

Parecía un poco avergonzada.

—Cuando termine la exposición y todo se tranquilice… podría acompañarte a comer algo dulce, si quieres.

Aquella expresión y aquellas palabras me hicieron doler el corazón.

—Eh. S-sí…

—Eso sí, tú invitas.

—¿Eh?

Hanamori dio media vuelta y regresó al área de ventas.

Seguía tratándome con frialdad y desde una posición de superioridad. Entonces, ¿por qué me hacía tan feliz? Me descubrí dando pequeños saltos de alegría por dentro, aunque solo habíamos conversado de pie sobre la cafetería de la empresa.

Lo entendía racionalmente.

Hanamori estaba enamorada de Tamura-san, y Asakura-san quizá sentía algo por mí. Si Hanamori terminaba con Tamura-san y yo con Asakura-san, todo se resolvería sin problemas.

Entonces, ¿por qué…?

Mi cuerpo se movía por su cuenta.

Cuando me daba cuenta, ya estaba mirando hacia Hanamori.

Ya estaba buscando su voz.


Mi cerebro enamorado quizá ya no tenía remedio.


***


Dos días antes de la exposición.

Estacioné el auto y apagué el motor. Todavía faltaba un poco para nuestra siguiente visita. Hanamori, sentada en el asiento del copiloto, revisaba los materiales en su tableta.

—Por cierto, quería hablarte de la reunión comercial de la otra vez.

Hanamori comenzó a hablar con tono profesional. Respondí «sí» mientras observaba su perfil.

—El cliente envió algunas preguntas adicionales. Ya corregí los materiales.

Hanamori contemplaba la pantalla con expresión seria. Mi mirada quedó atrapada en sus ojos. Sus largas pestañas subían y bajaban lentamente.

Cada vez que parpadeaba, el corazón me daba un vuelco.

—…Asami-san, ¿me estás escuchando?

—Eh… Sí, te escucho.

Nuestras miradas se cruzaron y aparté la mía a toda prisa.

—Entonces, sobre estas cifras, en la reunión anterior nos señalaron que…

Hanamori continuó explicando. Esta vez, mi mirada se desvió hacia su boca. Sus labios rosados y ligeramente húmedos cambiaban de forma con cada palabra.

Se abrían, se cerraban y volvían a abrirse. Me parecían terriblemente sensuales, aunque solo estaba hablando de trabajo.

—Además, también quiero confirmar lo del plazo de entrega…

Hanamori inclinó un poco la cabeza y dejó al descubierto la piel blanca del cuello.

Cálmate. Era una conversación de trabajo. Tenías que escucharla con seriedad.

Pero me resultaba imposible. La voz de Hanamori no lograba llegarme. Mirara sus ojos, su boca o cualquier otra parte, mi corazón hacía demasiado ruido.

—…Asami-san, llevas un rato en las nubes.

Hanamori me observó con una mirada cargada de reproche. Me atravesó por completo y el corazón volvió a saltarme.

—No te distraigas. Escucha bien.

Hanamori soltó un pequeño suspiro, un tanto exasperada. Sus labios se relajaron apenas.

Me daba muchísima rabia que incluso eso me pareciera adorable.

—…Sí estoy escuchando. De verdad.

Conseguí responder con esfuerzo. Hanamori murmuró «¿de verdad?» con desconfianza y volvió a los materiales.

El espacio cerrado del auto.

Hasta hacía poco no me había provocado absolutamente nada.

Ahora, en cambio, su presencia a mi lado era abrumadora. El aroma del champú, el perfume dulce a durazno… Todo se mezclaba y atacaba directamente mi cordura.

Qué idiota era. Me ponía nerviosa y me emocionaba sola por cada mínima cosa.

De verdad era una idiota sin remedio.


***


Ese día era jornada sin horas extra. En la oficina solo quedábamos Hanamori y yo.

En realidad quería marcharme a la hora de salida, pero también deseaba avanzar cuanto pudiera con los preparativos de la exposición.

—Hanamori-san, hoy no se permiten horas extra. Puedes irte primero. Yo me encargo.

Se lo dije.

—No. Yo también tengo otras cosas pendientes. Me quedaré un poco más.

Hanamori respondió con sequedad.

—Más bien, ¿no estás cansada tú, Asami-san? Llevas un rato bostezando.

—…¿Me estabas mirando?

—Bostezabas abriendo la boca de par en par. No parecías tener ninguna intención de ocultarlo.

Hanamori lo soltó con frialdad. Su trato seco de siempre.

Las dos continuamos trabajando en silencio.

En la oficina tranquila solo resonaba el tecleo. De vez en cuando terminaba mirando hacia Hanamori.

Su perfil serio, su expresión concentrada… No podía evitar pensar que era adorable.

—Voy a ir a la tienda de conveniencia un momento.

Alrededor de una hora después, Hanamori se levantó.

—Ah… ¿P-puedo ir contigo?

Me había puesto de pie y preguntado sin siquiera darme cuenta.

Hanamori se volvió.

Primero pareció sorprendida. Después me miró de mala gana, como si aquello le resultara molesto.

—…¿Eh? Bueno, puedes venir si quieres.

—E-entonces vamos juntas.

—Ay…

Hanamori soltó un suspiro exagerado, pero me pareció que la comisura de sus labios se elevaba un poco cuando se volvió hacia delante.

Seguro que solo había sido mi imaginación.


***


Pagamos nuestras compras y caminamos hacia la oficina. El viento nocturno había comenzado a soplar con más fuerza.

Mientras avanzaba con la bolsa de la tienda, Hanamori introdujo la pajilla en el café con leche y dio un sorbo.

—Asami-san, ¿qué compraste?

—Bueno, café y… gomitas.

—¿Te gustan las gomitas?

—Sí. ¿Y tú?

—Yo compré café con leche y también gomitas.

—Así que a ti también te gustan las gomitas.

—Prefiero las firmes, las que ofrecen más resistencia al masticarlas, en vez de las blandas.

—¿En serio? Yo prefiero por completo las blandas.

—Las firmes resultan mucho más satisfactorias al masticarlas.

—Pero las blandas son más frutales y tienen un sabor más delicado.

—Las firmes duran más.

—Las blandas liberan enseguida todo el sabor…

—En fin. Como imaginaba, nuestros gustos no coinciden.

Hanamori frunció los labios y me fulminó con la mirada. Después miró al frente y soltó una risita.

Una conversación sin importancia. El mismo intercambio trivial de siempre. La sonrisa natural de Hanamori. Incluso algo tan insignificante me hacía feliz.

Me alegraba descubrir cualquier detalle sobre Hanamori, por pequeño que fuera. Y eso me daba rabia.

—…Ah, este café con leche está buenísimo. ¿Quieres un poco?

—¿Eh?

Sorprendida, miré a Hanamori. Ella me tendía el café con leche sin cambiar de expresión.

Me saltaron todas las alarmas. Qué idiota era.

Parecía un adolescente en plena pubertad. No podía preocuparme por algo así. Tenía que actuar con naturalidad.

—Ah… E-entonces…

Acepté el café con leche de Hanamori y bebí. Tenía el dulzor justo y, en efecto, estaba delicioso.

—…Ah. Acabas de pensar «¡es un beso indirecto! Je, je, je», ¿verdad?

Hanamori sonrió con malicia y lo dijo en tono de broma.

—¡N-no! ¡No estaba pensando en nada de eso!

—¿De verdad? Se te notaba por toda la cara.

Hanamori soltó una carcajada y se dispuso a beber. Sin embargo, la mano que sostenía la pajilla y sus labios parecieron vacilar por un instante. Además, tenía las orejas rojas.

…¿Me lo estaba imaginando? Sí. Tenía que ser eso.

No, pero…

Pero me parecía que sí estaban rojas.

Las orejas de Hanamori fueron enrojeciendo ante mis ojos.

—…No puede ser. Debe de ser por el frío.

Lo murmuré para mí.

—Mmm, ¿dijiste algo?

—No, nada.

Hanamori inclinó la cabeza, desconcertada, y continuó caminando.

Mientras observaba su espalda, me dolió el fondo del pecho. Respiré hondo, intentando ahogar aquella absurda esperanza.

—¿Las cosas van bien con Asakura-san?

Hanamori me lo preguntó de pronto, con voz fría.

—¿Eh?

Mi corazón dio un salto.

—N-no… Bueno, sí… más o menos.

Murmuré una respuesta evasiva. ¿Qué demonios estaba diciendo?

—¿Qué clase de respuesta es esa? Nada convincente.

Hanamori rio con fastidio.

Aquella mirada fría y punzante. Me daba rabia, pero incluso así me parecía adorable.

—Y tú, Hanamori-san, pareces llevarte muy bien con Tamura-san.

—Sí. Nos va increíblemente bien, ¿sabes?

Hanamori sonrió con malicia.

—Tal vez vuelva a invitarlo a cenar uno de estos días.

—Ah, sí. Me parece bien.

—¿Qué lugar te parece mejor? Tendría que ser uno donde podamos beber, ¿verdad? Como Tamura-san dijo que le gusta el vino, quizá un bar de vinos… ¿Qué opinas, Asami-san?

—Ah, sí. Me parece bien.

Hanamori insistía de manera exageradamente provocadora. ¿A qué venía todo aquello?

Yo solo podía fingir indiferencia y repetir «ah, sí, me parece bien», como un robot programado con una única respuesta.

Algo me dolía de manera persistente en el fondo del pecho.

¿Qué era aquella sensación? La odiaba.

—…Oye.

Cuando me di cuenta, ya estaba hablando.

—¿Hm?

—Esa noche, en la fiesta de fin de año… ¿por qué te marchaste sola?

—¿Por qué…?

—No, es que Tamura-san había querido acompañarte. Pensé que era tu oportunidad.

Hanamori se detuvo en seco y apartó la mirada.

—…Por nada. No hubo ningún motivo.

El tono de su voz descendió un poco.

—Además, ¿cómo sabes algo así?

—Ah… Perdón. Se lo pregunté a Tamura-san.

—…¿Por qué se lo preguntaste?

Hanamori me observó fijamente. Su mirada estaba más afilada que de costumbre.

—Eh… No, eso…

Me quedé sin palabras y comencé a balbucear.

Hanamori soltó un pequeño suspiro y reanudó el paso.


***


Poco después de regresar a la oficina, comenzamos a oír el repiqueteo de la lluvia en el exterior.

—Ah, empezó a llover.

—Es verdad. Si no nos marchamos pronto, podría ponerse feo.

Hanamori miró por la ventana. Las gotas pequeñas del comienzo fueron transformándose poco a poco en una lluvia intensa.

Un trueno retumbó a lo lejos.

Hanamori se sobresaltó ligeramente.

Entonces recordé que había dicho que no soportaba los truenos.

La lluvia continuó intensificándose.

Hanamori y yo seguíamos luchando con nuestras respectivas computadoras.

Corregir los materiales. Ajustar los gráficos. Revisar la redacción.

Cuando miré el reloj, ya habían pasado las ocho de la noche. Entonces ocurrió.

Otro trueno hizo temblar el cielo.

Esta vez sonó más cerca y con mucha más fuerza.

—…Está tronando.

La voz de Hanamori sonó un poco más baja de lo habitual. Incluso me pareció que temblaba.

—Hanamori-san, a ti no te gustan los truenos, ¿verdad?

—No es para tanto. Solo me incomodan un poco.

Estaba intentando hacerse la fuerte. Sin ninguna duda.

—¿De verdad?

—…Ya te dije que solo un poco. Mejor terminemos cuanto antes y regresemos a casa.

Cuando la provoqué un poco, los labios de Hanamori se fruncieron apenas. Prueba de que había dado en el blanco. Qué adorable.

Pero ¿en qué estaba pensando otra vez?

Justo cuando iba a volver al trabajo—

¡CRAAAAACK!

Un trueno ensordecedor sacudió la oficina. Al mismo tiempo, las luces se apagaron de golpe y quedamos en completa oscuridad.

—¡Aaah!

—¿Un apagón…?

La pantalla de la computadora también se apagó. La oscuridad era tan absoluta que no se veía nada.

—¡¿Asami-san?! ¡¿Dónde estás?! ¡¿Dónde?!

La voz de Hanamori era la de alguien en pleno pánico. ¿Dónde había quedado toda su valentía de antes?

—Tranquila. Estoy aquí.

—¡¿D-dónde estás?! ¡No soporto la oscuridad!

¡Clac! Algo cayó al suelo. Debía de haberse levantado a toda prisa en medio de la oscuridad.

—Hanamori-san, cálmate.

—¡¿Cómo quieres que me calme?!

¡RRRUM… CRAAACK!

El cielo volvió a estallar con violencia.

—¡No, no, no! ¡No puedo!

¡Pum!

—Ay…

Algo chocó contra un mueble y Hanamori soltó un quejido.

—¿Estás bien?

—La mesa… Me golpeé el pie con la mesa…

Hanamori se encontraba completamente dominada por el pánico.

Entonces algo me rozó. Era suave y cálido. La mano de Hanamori.

—¡Aaaah! ¡¿Qué es esto?!

Hanamori lanzó un grito.

—Tranquila. Es mi mano.

—Ah…

La mano de Hanamori se cerró con fuerza sobre la mía. Apretaba muchísimo.

—Demasiado fuerte. Duele, duele.

—¡Perdón! Pero… de verdad no puedo con esto.

Su voz estaba desesperada. ¿Dónde se había metido la insolente Hanamori de siempre?

¡RRRUM… CRAAAAAACK!

Otro trueno violento sacudió el edificio.

—¡Aaah!

Sus dedos se cerraron todavía con más fuerza alrededor de mi mano.

Hanamori gritó. Y, al instante siguiente…

Algo se estrelló contra mí.

Una sensación blanda me envolvió de golpe. Hanamori se había aferrado a mi cuerpo en medio de la oscuridad.

—No puedo… De verdad no puedo.

La voz de Hanamori estaba a punto de quebrarse. Sentía cómo le temblaba el cuerpo.

Y entonces, en medio de la oscuridad, todos mis sentidos se agudizaron.

No podía ver absolutamente nada. Por eso, los demás sentidos se volvieron anormalmente sensibles.

El tenue aroma dulce del champú que desprendía el cabello de Hanamori.

El calor de su cuerpo atravesando la ropa. Mucho más intenso de lo que había imaginado.

La respiración agitada de Hanamori, tan cerca de mí.

Su cuerpo tembloroso. Sus hombros pequeños. Sus brazos delgados.

Solo entonces comprendí lo menuda que era. Su actitud desafiante de siempre me había impedido notarlo.

Los dedos de Hanamori aferraban con fuerza mi blusa. Percibía hasta el menor movimiento.

La lluvia golpeando las ventanas.

Los truenos resonando a lo lejos.

Pero lo más ruidoso de todo era mi propio corazón.

Pum. Pum. Pum.

El corazón se desbocaba dentro de mí. El pecho me ardía y un calor lento se extendía desde el centro del cuerpo.

Las yemas temblorosas de Hanamori.

Su aliento rozándome el cuello.

Los latidos del corazón.

Qué linda. Qué ternura.

Mientras pensaba aquello, me descubrí estrechando a Hanamori contra mí.

—¿Eh? Asami-san… ¿Q-qué estás haciendo…?

La confusión en su voz hizo que su cuerpo se pusiera rígido. Aun así, no pude soltarla. Al contrario: apreté los brazos y la abracé con más fuerza. No quería separarme. Quería seguir sintiendo su calor y su cuerpo. En medio de la oscuridad, la temperatura de Hanamori era lo único que percibía con absoluta claridad.

—…Perdón. Un poco más.

—Eh…

—¿Podemos quedarnos así un poco más?

Notaba el temblor de mi propia voz.

—Está… bien. P-pero, ¿por qué?

La voz de Hanamori también temblaba.

¿Por qué…? Ya conocía la razón. Pero me aterraba decírsela tal como era. Me aterraba que Hanamori me rechazara al oírla. Busqué desesperadamente alguna excusa que pudiera sonar convincente.

—Es que… los truenos… me dan miedo.

Mentí por puro reflejo. Volví a mentirle a Hanamori. Los truenos no me asustaban en absoluto. La verdadera razón era otra. En realidad, solo quería…

—A-Asami-san…

La voz de Hanamori tembló suavemente. Poco a poco, sentí que la tensión abandonaba su cuerpo. No opuso resistencia; simplemente se dejó sostener por mí. La mano que hasta entonces había vacilado rodeó mi espalda y se aferró con fuerza a la blusa. Su peso contra mí y aquellos dedos me resultaban terriblemente entrañables.

Pum. Pum. Pum.

El corazón latió con todavía más fuerza.

Estando tan cerca, Hanamori debía de escuchar perfectamente mis latidos.

Yo también podía oír los suyos. Resonaban hasta dentro de mi propio cuerpo.

La estreché todavía más y Hanamori me correspondió de la misma manera. Su cabello me rozó la mejilla. Suave. Su aliento me acarició el cuello. Cosquillas. Todo aquello me resultaba insoportablemente precioso.

Pero, por encima de todo, me dolía el pecho.

No. Aquello estaba muy mal.

Hanamori tenía a alguien que le gustaba. Pensaba en otra persona.

Y no en mí.

Me estaba aprovechando de que le daban miedo los truenos.

Me estaba aprovechando de que el apagón ocultaba mi rostro.

Y hacía algo como aquello. Era una cobarde. La culpa me estaba consumiendo.

Pero no puedo soltarla.

Aquel momento a solas en medio de la oscuridad. Ojalá pudiera durar para siempre. Percibía la respiración de Hanamori a pocos centímetros. Sentía que sus labios también estaban muy cerca. En la penumbra lograba distinguir el contorno de su rostro y el brillo húmedo de sus ojos.

Mientras la contemplaba en la oscuridad…

De golpe…

La electricidad regresó y toda la oficina se iluminó de una vez.

Nuestras miradas se encontraron. Estábamos pegadas. Nuestros labios quedaban separados por apenas unos centímetros. El rostro de Hanamori estaba rojo, tanto que parecía a punto de echar humo. Mi cara y mi cuerpo también ardían.

—Ah…

Hanamori intentó decir algo, pero solo abrió y cerró la boca, incapaz de formar palabras. Parpadeaba a toda velocidad y no sabía dónde fijar la mirada. Tenía hasta las orejas encendidas. Nos separamos a toda prisa.

—P-perdón.

—No. Yo también…

Hanamori regresó lentamente a su asiento.

—T-terminemos el trabajo.

Intentaba recuperar su actitud habitual, pero la voz todavía le temblaba y conservaba las orejas completamente rojas.

—S-sí… Q-qué miedo daban los truenos, ¿eh…?

Lo dije como si acabara de recordarlo. La voz se me agudizó de forma penosa. Quizá había sonado demasiado falso.

Volví hacia la computadora como si nada hubiera ocurrido.

Pero el corazón seguía latiéndome con la misma fuerza. El pecho me dolía como si alguien lo estuviera estrujando.

El silencio se prolongó durante un rato.

Miraba la pantalla, pero no lograba comprender una sola palabra.

Entonces oí una voz muy baja desde el escritorio situado en diagonal frente al mío.

—Ese tipo de cosas…

Al volverme, vi que Hanamori continuaba mirando la pantalla sin dirigirme los ojos.

La voz de Hanamori temblaba.

—Eso… no se hace. De verdad. Podrías hacerme ilusiones.

Lo murmuró sin volverse hacia mí. Su perfil continuaba teñido de rojo.

…¿Malinterpretarlo? ¿Quién podía malinterpretar qué? Mi corazón comenzó a golpear todavía con más fuerza. De pronto quise preguntárselo todo.

Pero me dio demasiado miedo.

El calor de Hanamori seguía vivo en la palma de mi mano.