Cuando Belstetz Fondalfon, al notar la anomalía, regresó a la sala del trono, la puerta de la estancia más venerable del Palacio de Cristal estaba firmemente cerrada.
Ese «cerrada» no significaba simplemente abrir o cerrar una puerta.
En este caso, «cerrada» significaba literalmente el aislamiento total de la puerta respecto del exterior. Sin duda, era la expresión de la voluntad del dueño del palacio de no dejar entrar a nadie más.
Sin embargo——
—…Ahora bien, en este caso, ¿cuál de los dos debería considerarse la voluntad del dueño? ¿Cuál cree usted, señor canciller?
De pie frente a la puerta cerrada, la actitud de payaso del apuesto hombre de brazos abiertos hizo que Belstetz entrecerrara aún más sus ojos finísimos y se detuviera.
El hombre que permanecía allí con una sonrisa tenue era una especie de excepción a la que se le permitía entrar y salir del Palacio de Cristal gracias a la característica de «observador de las estrellas», una existencia imprudente que no se definía ni como enemiga ni como aliada.
—Señor Ubilk, en la sala del trono…
—Yo no soy malintencionado, así que les diré la verdad. Su Excelencia el emperador está allí. El verdadero y el falso, juntos por fin, para un encuentro largo y tendido, ya ve.
—…No lo entiendo.
Era una respuesta previsible, pero al recibirla de verdad, Belstetz se llevó una mano al mentón.
Tal como había dicho que no lo entendía, no había duda de que era una situación difícil de aceptar con naturalidad. Ante la reacción de Belstetz, Ubilk ladeó la cabeza y dijo: «¿No lo entiende?».
—¿Qué es lo que le cuesta aceptar? ¿La forma en que traje al verdadero señor aquí? Si es eso, yo fui guiado por el susurro de las estrellas…
—También en el campo de batalla puede caminar por una ruta donde no caigan flechas ni proyectiles. Aunque los soldados estén luchando a su lado, puede abrirse paso por un lugar al que no lleguen ni los golpes de espada ni las salpicaduras de sangre, ¿no es así?
—Sí, esa es la razón. Aunque no es la única.
Con una sonrisa bobalicona y sin mostrar intención alguna de ocultar nada, Ubilk asintió.
Era una historia absurda, pero Belstetz había comprobado con sus propios ojos la anormalidad de Ubilk.
Ubilk, literalmente, había caminado con serenidad entre una lluvia de espadas y proyectiles, sin sufrir ni un rasguño. Él afirmaba que había obedecido el susurro de las estrellas, pero Belstetz no podía distinguir si eso era verdad o si se trataba de una mentira de alguien que ocultaba una capacidad de combate sobrehumana.
Si había algo que pudiera decirse con certeza, era que, fuera el susurro de las estrellas o la propia habilidad de Ubilk, una fuerza que trascendía lo humano lo rodeaba.
Y precisamente porque eso era útil, tanto el verdadero Vincent Vollachia como el falso Vincent Vollachia no habían querido soltar a Ubilk.
Todo era——
—Como guía para evitar la futura llegada del Gran Desastre.
—Ah, ¿no es porque valoran mi humanidad?
—Diría que el único convocado al Palacio de Cristal por la estima de su calidad humana fue Goz, general de primera clase. Todos los demás fueron reconocidos por sus capacidades. Yo tampoco soy una excepción.
El afecto por un individuo no es más que el zumbido de un insecto que debe ignorarse desde la perspectiva de la administración de un país.
Ese era el pensamiento de Belstetz, y podía decir con certeza que era el mismo para cualquiera de los dos Vincent Vollachia.
No era una cuestión de bueno o malo, ni de gusto o disgusto, sino un tema que debía tratarse desde el punto de vista de la necesidad o la inutilidad.
En ese sentido, Belstetz también era, al fin y al cabo, solo un engranaje necesario en este momento; si llegaba a convertirse en una posición innecesaria que no valía la pena conservar, no tendría ninguna resistencia a ser eliminado.
Ubilk también, aunque no necesariamente en cuanto a su determinación, no debería desviarse de ese papel que se le exigía.
—Precisamente porque usted lo reconoce, ¿no fue que ahora mismo pasó por alto la maniobra de Su Excelencia, que está sentado en el trono, y la mía?
—¿Acaso cree que mis acciones son una traición? Eso es difícil. Después de todo, para traicionar primero tienen que confiar en uno. ¿Confía usted en mí?
—No, en absoluto.
—¿Verdad? Decirlo me hiere, pero bueno…
Con una mano en la frente, Ubilk decía que le dolía, aunque parecía divertido. Belstetz nunca había visto que su expresión se quebrara, fuera eso calma o cualquier otra cosa.
Hasta ahora no le había parecido molesto, pero en ese instante, por primera vez, le resultó irritante.
Ahora que el verdadero Vincent Vollachia, a quien había juzgado expulsado del Palacio de Cristal y privado de su condición de emperador, había sido llevado al otro lado de la puerta y arrastrado hasta aquel momento decisivo.
—Le responderé una duda, señor canciller… yo no he cambiado de posición.
—…¿Posición, dice?
¿Acaso piensa fingir si es enemigo o aliado? Belstetz lo interrogó con dureza. Entonces, al oír eso, Ubilk juntó las manos frente al pecho y, al producir un sonido como de aire que se rompe, dijo:
—Por supuesto, como alguien que desea rechazar el Gran Desastre y la paz y la continuidad del Imperio de Vollachia.
—… ¿Y para eso hace falta el enfrentamiento al otro lado de la puerta?
—Sí, así es, así es. Yo hago todo por eso. ——Este latido de mi corazón, la respiración de inflar y desinflar los pulmones, el flujo de la sangre que va y viene arriba y abajo, todo.
—…
Belstetz guardó silencio ante Ubilk, que continuó hablando con las manos apoyadas sobre su propio pecho después de aplaudir.
La sonrisa inmutable, la actitud inquebrantable y, sin embargo, la mirada de Ubilk, que en cierto modo resultaba sobrecogedora, parecían a los ojos de Belstetz las de alguien cuerdo y sincero.
Aunque no estaba claro si esa cordura y esa sinceridad no miraban, en realidad, del otro lado de la locura.
—…Su Excelencia, ¿qué hará usted?
Pensando en los dos emperadores que seguramente se enfrentaban al otro lado de la gran puerta que Ubilk defendía como un muro, Belstetz murmuró, imaginando a aquel a quien él mismo había desterrado.
Aunque le cortaran esta cabeza, le quemaran el alma hasta carbonizarla o lo sometieran a cualquier ejecución cruel, a Belstetz no le importaba.
Si Vincent Vollachia, ese hombre que era uno de los más grandes emperadores sabios de la historia del Imperio, iba a ser verdaderamente un emperador, entonces no importaba.
Por eso——
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—Es un hombre de cintura y palabras ligeras. No se puede confiar en un observador de las estrellas que ha dejado la lealtad en el aire.
—Desde el principio, no esperaba nada de la lealtad de ese sujeto. Si se pretendiera llenar los puestos con base en la fidelidad, no habría sido posible mantener a Vollachia hasta hoy. Aunque…
—…
—Si esto es la caída provocada por no haber cuestionado el mérito y el demérito de una ambición oculta, entonces también sería inevitable que yo termine pisando el suelo del palacio de esta manera.
Pisando la alfombra roja como sangre y con los brazos cruzados, Abel clavó la mirada en el hombre que tenía delante y le preguntó.
Desde el momento en que Abel apareció allí, no había duda de quién le había prestado ayuda. Aquel hombre, que llevaba al extremo su condición de elemento ajeno y consagraba cuerpo y alma a realizar la voluntad del «Observador», no tenía rival a la hora de moverse fuera del tablero.
Es una especie de arma de largo alcance. Aunque, mientras no se cumplan ciertas condiciones, no puede apartarse de su puesto.
Ese arma de largo alcance, que al moverse podía volverse de doble filo, era extremadamente difícil de arrancar de su lugar. Pero lo logró.
La prueba está en que ahora vuelve a pisar la sala del trono, de la que una vez fue expulsado.
No sería exagerado decir que todas las intrigas y la paciencia acumuladas hasta ahora existieron para arrebatar esta oportunidad.
—…
El rostro del hombre sentado en el trono y recibiendo la pregunta era uno que Abel había visto muchas veces.
Era su propio rostro. Pero algo tan simple como la cercanía estaba más allá de esa explicación.
Para los demás, ese rostro seguramente parecía ser el de Vincent Vollachia en persona; sin embargo, para Abel, que conocía desde hacía años al hombre que había aprendido a usar ese rostro como disfraz, no era más que una máscara mal hecha.
Pero, aunque estuviera mal hecha, seguía siendo una máscara.
La máscara que cubre el rostro oculta la verdadera cara y deja sus verdaderos sentimientos en la sombra. Por eso, Abel no puso la pregunta en su mirada, sino en sus palabras.
Y además, una pregunta imposible de esquivar, directa y punzante.
—…¿Te aliastes con Belstetz, me expulsaste y así conseguiste lo que querías?
La pregunta que salió de la boca de Abel era el tipo de cosa que, si la oyera cualquiera, habría estallado de furia.
La tragedia del destierro que comenzó en una de las salas de este palacio de cristal ya se había extendido por todo el Imperio, y todavía ahora, en las murallas que rodeaban la capital imperial, soldados imperiales y rebeldes seguían chocando y perdiendo la vida.
La gente que vivía en la capital también había puesto su propia vida en manos del resultado de esa batalla.
En medio de todo eso, la pregunta de Abel no podía librarse de ser tachada de demasiado despreocupada.
Pero Abel la formuló. El rebelde que no aprecia en absoluto nada superfluo y que, hasta llegar aquí, había movido innumerables piezas de intriga y estrategia, la formuló porque era necesario.
Para determinar, en el diálogo que seguiría con el falso Vincent Vollachia, qué debía buscar Abel —no, el verdadero Vincent Vollachia.
Y entonces, tras un tiempo demasiado largo para ser vacilación y demasiado corto para ser reflexión——
—…No. Todavía no. Aún no he obtenido el resultado que busco.
Con un tono de voz exactamente igual al de la pregunta, llegó la respuesta del falso emperador al verdadero emperador.
—…
Ante esa respuesta, Abel también necesitó un instante.
Interponiendo algo que no era ni vacilación ni reflexión, Abel dejó pasar un breve silencio.
Y entonces…
—Aún no has obtenido lo que buscas, ¿eh?
Mientras murmuraba eso, cerró ambos ojos. ——Contra su hábito innato.
Abel jamás cierra los dos ojos al mismo tiempo. Si no mantiene uno abierto, como emperador que gobierna un Imperio sin vida después del parpadeo, le faltaría demasiado para estar preparado.
Gracias al entrenamiento y a la conciencia, Abel podía incluso dormir con un ojo abierto y mantener media conciencia despierta; para él, la llegada de la oscuridad al cerrar ambos ojos no era algo que hubiera ocurrido en años.
El hecho de hacerlo, y el hecho mismo de haber podido hacerlo, Abel lo tomó como una declaración de su voluntad.
Es decir,
—Es una mentira.
Desde que puso un pie en esta sala del trono, ni en la voz ni en la mirada de Abel se había mezclado emoción alguna como ira o decepción. Eso seguía siendo así incluso frente al hombre que lo había traicionado y apuñalado por la espalda. Esa especie de autocontrol de acero lo hacía posible.
En la voz de Abel, que había eliminado por completo toda emoción, por primera vez aquí se mezcló un matiz.
El de desprecio, ya sin ocultarlo, hacia el hombre que llevaba el rostro de él mismo.
—…
Al oír eso, el falso emperador que ocupaba el trono guardó silencio.
Guardó silencio, sí. Si aquello que protegía con ese silencio fuera una simple y aburrida dignidad, todavía habría algo que rescatar.
—Te apartaste del trono, eliminaste a ese Goz cuando se enteró de la situación y maquinaste para adelantarte y destruir mis planes después de mi huida; al final, además, contribuiste a la desaparición de la ciudad demoníaca. El fuego que se expandía se propagó por todo el territorio y, por fin, permitió que unas botas groseras pisaran la capital imperial, ese dominio prohibido al que no alcanza la intención rebelde de los traidores.
—¿Acaso dices que, si hubieras estado tú en el trono, no habría ocurrido así?
—Si yo no me hubiera apartado del trono, de entrada no se habría trazado este cuadro. Como resultado, el gran incendio que provocaste quemó al Imperio. Sin embargo.
Allí cortó las palabras una vez, y Abel extendió la mano hacia la máscara de oni que cubría su propio rostro.
Y entonces…
—…Ahora mismo también hay una forma de apagar el fuego.
Mientras hablaba, arrancó la máscara pegada a su cara y expuso su verdadero rostro al aire exterior, a la mirada del otro.
Dos emperadores se enfrentaban, con rostros que se miraban desde arriba, idénticos hasta el último detalle. El verdadero y el falso, un espejo imposible de distinguir para cualquier otro.
—…
Es un hombre inteligente. La intención de las acciones y palabras de Abel seguramente le llegó con claridad.
Llegados a este punto, también entiende de sobra su propia desventaja y la dificultad de hacer realidad su plan. Es el momento en que la ola de una lógica imposible de resistir arrastra las intrigas que había levantado.
Si el obstáculo que ambos contemplaban, el «Gran Desastre» contra el que debían luchar, era el mismo, entonces eso también era natural.
Por eso——
—Yo——
Iba a anunciar su decisión de volver al lugar que le correspondía.
Iba a emitir un decreto imposible de resistir y poner fin a la batalla que había comenzado por esta absurda motivación.
Justo en ese instante.
—…Su Excelencia.
Esa sola palabra detuvo lo que seguía a la frase de Abel.
Era una palabra que no debía pronunciarse con esa postura ni con ese tono. Una voz estúpida que había perdido la conciencia del lugar que no debía rebajarse ante nadie superior a sí mismo.
En el momento en que se oyó eso, las palabras de Abel se interrumpieron por un latido.
Tal vez aquel fuera el segundo instante decisivo, dentro del Palacio de Cristal, en que Abel —no, Vincent Vollachia— vio frustradas sus intenciones.
La primera vez fue cuando lo expulsaron del trono. Y en esta segunda vez——
—…
Deslizándose por ese breve espacio de silencio, el falso emperador se puso de pie desde el trono.
Al incorporarse, la diferencia de altura, que ya de por sí hacía que pareciera mirar desde arriba, se abrió apenas un poco más. Sin embargo, esa impresión se borró al instante y dejó de importar.
Porque——
—…El punto ciego de contemplar el tablero desde arriba es ese único detalle.
La figura que dijo eso acortó la distancia de un solo impulso y se plantó frente a Abel.
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——En el palacio de cristal de la capital imperial de Lupgana, los dos emperadores, el verdadero y el falso, acortan la distancia hasta quedar a un suspiro de distancia.
En ese instante, en distintos puntos de la batalla por la capital imperial se producen cambios simultáneos.
Cada uno de ellos surgió de pensamientos y lealtades distintas, pero hubo un punto en común en todas las escenas.
Ninguno de esos cambios era, en absoluto, algo deseable.
—…El Furia.
Agitando el bastón que tenía en la mano, Ram levantó viento en el campo de batalla, donde el aire seco estaba tenso.
Era una magia que, en circunstancias normales, se concentraría en cortar con precisión la garganta del enemigo con el mínimo esfuerzo. Sin embargo, Ram había comprendido que, contra los enemigos de este campo de batalla, eso no bastaba como golpe decisivo.
Lo que avanzaba en grupo y se alzaba frente a ellos eran figuras de piedra que no parecían tener vida.
Sin rastro de autoconciencia, esas cosas que recibían mecánicamente a cualquiera que se acercara eran humanoides, sí, pero carecían de algo que pudiera llamarse un punto vital del cuerpo.
Aunque les arrancaran la cabeza o les cortaran brazos y piernas, las partes que quedaran seguían usándose como armas para lanzarse contra el enemigo.
Por eso, la táctica favorita de Ram no surtía efecto.
Sin embargo, no era una doncella tan adorable como para tirar la toalla diciendo que no podía hacer nada.
—¡Disparen——!
En respuesta al avance de Ram contra la horda, también seguía empujando el frente una fila de guerreras de piel morena. Las «shudraq», que avanzaban sin temor por el campo de batalla, alzaban sus arcos, colocaban las flechas y luego disparaban un golpe contra los obstáculos de piedra que se abalanzaban sobre ellas.
Ram envolvía cada una de esas flechas con su propio viento y barría el problema por la fuerza.
Las flechas envueltas en viento ganaban velocidad y rotación, y en el instante en que impactaban contra las figuras de piedra, el viento estallaba justo donde la punta se incrustaba, generando una fuerza de penetración que hacía pedazos a las muñecas de piedra.
Las flechas, cuya potencia no moría, seguían clavándose en cadena en las figuras de piedra de atrás, provocando la misma destrucción y ampliando el daño.
Con una sola flecha disparada, el resultado era derribar de dos a tres figuras de piedra.
Además de eso——
—Furia.
Un canto delicado, casi un susurro, generaba un viento de una longitud de onda distinta al viento destinado a destruir, y soplaba como si acariciara la tierra donde se esparcían los fragmentos de piedra.
De inmediato, las flechas que habían destruido a las figuras de piedra y caído al suelo se alzaban en el aire, volvían a las manos de las shudraq que corrían, eran colocadas otra vez en los arcos, disparadas y derribaban a más figuras de piedra. Y así una y otra vez.
—Furia, El Furia, Furia, El Furia.
Cantos alternados, uso continuo de la magia, movimientos delicados de una misma clase de hechizo.
En el Imperio de Vollachia, que había quedado rezagado respecto al desarrollo de la magia, y más aún para las shudraq, que solo sentían respeto y admiración por las técnicas de combate consumadas, aquella destreza anormal era incomprensible.
Era como enhebrar una aguja con los ojos cerrados y sin usar las manos; más aún, como pasar al mismo tiempo diez o veinte hilos por otros tantos ojos de aguja. Una proeza divina.
Con la incorporación de Ram y el efecto de su magia de viento, la capacidad de ruptura de las shudraq se multiplicó varias veces.
Las guerreras a las que la lealtad y el sentimentalismo de Zikr Osman habían dejado atrás empleaban ahora la fuerza que, como resultado, habían conservado, y destrozaban las tropas destinadas a bloquear por completo la tercera punta.
—¡Ah, qué placer! ¡Dejar boquiabiertos tanto a enemigos como a aliados!
Quien pronunciaba aquellas palabras mientras recorría el campo de batalla era Mizelda, con una daga de brillo negro en cada mano.
Aunque había reemplazado la pierna perdida por una prótesis, su paso decidido no dejaba percibir la discapacidad. Atravesó la primera línea, donde las flechas aliadas volaban sin piedad, blandió las hojas de ambas manos y, como una tormenta, hizo pedazos las figuras de piedra y abrió una brecha en sus filas.
—¡Mi hermana esquivará por su cuenta! ¡No dejen de disparar! ¡Carguen nuestro espíritu sobre el viento de Ram!
Taritta, arco en mano, disparaba tres flechas en el tiempo que otra shudraq necesitaba para lanzar una. Sin apartar la vista de la espalda de su hermana, que arrasaba la primera línea, arengó a sus compañeras.
Siguiendo sus órdenes, las flechas de las shudraq golpearon con fuerza a la multitud de figuras de piedra, y Zikr y sus hombres, que habían recuperado las vidas que estaban dispuestos a desechar, cargaron para romper la formación.
—¡Fuera, fuera, fuera, fuera! ¡Muñecos de piedra de mierda, dejen de ensuciar el campo de batalla!
A la cabeza, quien lanzaba aquel grito vulgar era un hombre que, en contraste con su apariencia poco refinada, manejaba una técnica de espada elegante. El espadachín del parche segó las figuras de piedra y despejó de golpe el campo de batalla.
Si la situación se describiera solo hasta ese punto, podría decirse que gozaban de una superioridad abrumadora.
Sin embargo…
—¡Retírense!
Zikr gritó desde el lomo de un caballo de viento de hermoso pelaje, y el grupo que avanzaba por la primera línea se dispersó de inmediato. Un instante después, una «muralla» cayó desde lo alto justo en medio de ellos.
Un estruendo y una sacudida violentos envolvieron la tierra. Sin exagerar, era como combatir contra la propia fortaleza: la amenaza de Moguro Hagane, fusionado con las murallas, no disminuía por muchas figuras de piedra que destruyeran.
Literalmente, un solo movimiento del brazo de Moguro bastaba para hacer retroceder en un instante todo el terreno que habían ganado.
No era una batalla de un paso adelante y otro atrás, sino de un paso adelante y dos atrás.
Pero…
—¿Qué…?
Ram, concentrada en hacer avanzar el frente al entregar flechas a las shudraq, guiarlas con su magia y permitir que las dispararan, entrecerró los ojos rosados ante el cambio que acababa de producirse.
Ram solo había sido la primera en advertir la señal; poco a poco, el cambio en el campo de batalla alrededor de la tercera punta se volvió evidente para todos.
El cambio era…
—¡No jodas! ¡No le des la espalda al enemigo! ¡¿Y aun te llamas general de primera clase?!
El insulto vulgar golpeó la espalda de Moguro Hagane, convertido en un gigante fuera de toda escala.
Sí, su espalda. Moguro había dado un enorme paso hacia la capital imperial, volviendo la espalda a Ram, las shudraq y los numerosos guerreros que combatían contra él.
—¡No sirve! ¡No despierta de ninguna manera!
Aunque le sacudía los hombros, la llamaba y le daba ligeras palmadas en las mejillas, Madelyn Eschart, la muchacha dragón que yacía inerte entre sus brazos, no abría los ojos.
Emilia la había recogido después de encontrarla inmóvil sobre la nieve y se esforzaba por mejorar aunque fuera un poco el caótico campo de batalla, pero nada parecía dar resultado.
—Mezoreia…
Emilia, con el cabello plateado ondeando al viento frío y Madelyn en brazos, todavía encerrada obstinadamente en el sueño, se volvió hacia el combate entre dos seres fuera de toda medida.
De un lado estaba un dragón envuelto en nubes, cuya propia existencia lo separaba por completo de los seres vivos comunes.
Del otro, un muchacho de cabello azul que parecía y hablaba como un niño pequeño, pero recorría el campo de batalla con una destreza que dejaba atrás incluso a los adultos y a la propia Emilia.
La batalla entre Mezoreia, el «Dragón de las Nubes», y Cecilus Segmunt ya parecía un episodio arrancado de una leyenda.
—¡Shuwa!
Con las suelas de sus simples sandalias pegadas a la pared de hielo, Cecilus corrió por el aire con el cuerpo paralelo al suelo.
Normalmente, si nada sostiene a una persona, su cuerpo cae al suelo. Sin embargo, Cecilus ignoró aquella obviedad y utilizó la altísima muralla de hielo como apoyo para alcanzar al dragón que volaba por encima.
Se impulsó con fuerza en el último paso y alcanzó a Mezoreia a la velocidad de un rayo.
Mezoreia batió las alas para ganar distancia, pero aquel movimiento lo desbordó. Cecilus esquivó las garras que lanzó y descargó sin oposición un tajo con la espada de hielo sobre la base expuesta de su cuello.
«…¡Giauu!»
El dragón soltó un gemido doloroso impropio de su especie, y un sonido agudo anunció a todos el destino de la espada de hielo que se hizo pedazos contra su cuello. Era difícil saber si la hoja, endurecida como hierro, se había roto por la resistencia de las escamas del «Dragón de las Nubes» o por la velocidad con que Cecilus la había blandido.
En cualquier caso, la espada destruida había cumplido su función y Cecilus quedó indefenso en el aire…
—¡Un surtido tan amplio que no sé cuál elegir! ¡Sin límites y sin trucos baratos!
La voz aguda, tan alta como el sonido de la espada de hielo al romperse, era a la vez el tono natural de Cecilus y una muestra de su entusiasmo creciente.
A las palabras de Cecilus, pronunciadas con una cadencia agradable al oído, siguió un segundo estallido de hielo. No, no solo un segundo: sonaron un tercero y un cuarto, uno tras otro.
—¡Chai, chai, chai, chai, chai!
Aunque parecía haber quedado indefenso en el aire, Cecilus no había saltado sin prepararse.
Había arrancado una tras otra las incontables armas de hielo creadas por Emilia —las armas de la Línea de Carámbanos—y se las había metido entre la ropa.
A la espalda, en la cintura e incluso entre las piernas, las armas que recogió mientras alcanzaba a Mezoreia en su huida por el cielo fueron blandidas una tras otra por Cecilus, que arrancó las escamas del dragón.
Espadas, hachas, lanzas y martillos de hielo se desataron con furia, obligando al «Dragón de las Nubes» a limitarse a defenderse. Aunque, como ni siquiera conseguía bloquearlos, quizá aquella descripción también fuera incorrecta.
—Increíble…
Emilia podía seguirlo con la vista porque estaba lejos y fuera del alcance del combate; si Cecilus se moviera justo delante de ella, seguramente ni siquiera podría seguir sus imágenes residuales.
Al ver aquella fuerza asombrosa, quizá Cecilus pudiera derrotar a Mezoreia aunque Madelyn no despertara.
Emilia no podía negar que una parte de ella pensaba que, si ocurría así, tampoco estaría mal.
—Tú también estás luchando por alguien importante, ¿verdad?
Emilia suavizó la mirada violeta al contemplar el rostro dormido de Madelyn.
Madelyn se había opuesto a ella todo el tiempo, estaba furiosa y se negaba a escuchar, pero Emilia no la conocía lo suficiente como para odiarla por eso.
Lo único que sabía era que su ira nacía de los sentimientos que albergaba por alguien importante, y que Mezoreia había descendido para prestarle su fuerza.
Si Mezoreia moría mientras ella dormía, ¿a qué estado quedaría reducido el corazón de Madelyn?
—¡Madelyn, despierta! ¡Te digo que despiertes!
Estaban en plena batalla. Además, Cecilus acababa de salvar la vida de Emilia cuando estuvo a punto de perderla.
No podía pedirle que se contuviera ni que no matara a Mezoreia; habría sido una exigencia demasiado egoísta.
Por eso, la única capaz de terminar aquel combate sin permitir que perdieran la vida ni ella misma ni Mezoreia, que había acudido a ayudarla, era Madelyn.
—¡Ah, entiendo! ¡La base de las alas es algo más débil!
En contraste con el deseo de Emilia, Cecilus, que celebraba la batalla, continuaba analizando a su oponente.
Al recordar su combate contra Volcanica, Emilia no tenía la menor idea de cuáles podían ser los puntos débiles de un dragón, pero Cecilus parecía diferente.
Sin caer del aire, ajustando cada evasión a los golpes de alas y cola que intentaban despedirlo y utilizando el cuerpo del dragón como apoyo, Cecilus mantuvo el combate aéreo y, tal como había anunciado, golpeó la base del ala.
En ese instante el tipo de grito cambió y sangre azul goteó sobre el manto de nieve blanca.
Era la prueba de que el tajo había atravesado las robustas escamas.
—Si un dragón perdiera las alas, ¿en qué se diferenciaría de un dragón terrestre? ¿Tuviste ocasión de aprender a combatir arrastrándote por el suelo durante tu larga vida?
No se estaba burlando ni lo menospreciaba.
El tono de Cecilus no había cambiado; si acaso, hablaba así para entusiasmarse a sí mismo. Pero Emilia podía estar segura de que lo que acababa de anunciar se haría realidad ante sus ojos.
Y si Emilia podía estar segura, Mezoreia, que recibía directamente sus ataques, debía de saberlo todavía mejor.
Un dragón con las alas cercenadas, cayendo a tierra.
Emilia, que no tenía alas ni era un dragón, no podía imaginar hasta qué punto sería insoportable. Pero sí entendía que aquello eliminaría cualquier posibilidad de victoria para Mezoreia.
Si ni siquiera en el cielo podía seguir a Cecilus, era impensable que pudiera hacerlo desde el suelo.
«…¡Los dragones…!»
En ese instante, como si intentara rechazar la humillación que se cernía sobre él, la voz grave de Mezoreia estalló.
Cecilus pateó el costado de Mezoreia, saltó y dirigió el tajo hacia la base del ala. Justo antes de que impactara, el dragón giró en barrena y cambió en el aire de estar boca abajo a quedar boca arriba.
Mirando de frente a Cecilus, que apuntaba al ala, Mezoreia barrió el espacio con uno de sus brazos de dragón.
Bastaba con que una garra o una escama alcanzara a engancharlo para despedazar fácilmente un cuerpo humano.
Emilia estuvo a punto de gritar, pensando que ni siquiera la velocidad de Cecilus sería una excepción. Sin embargo, el grito que terminó escapando de ella no se debió a la muerte de Cecilus, sino a una escena distinta.
—¡Vaya, eso sí estuvo cerca!
El brazo que Mezoreia había blandido alcanzó sin duda a Cecilus en pleno aire.
Pero Cecilus apoyó las plantas de los pies contra el brazo que lo golpeaba y corrió a lo largo de la extremidad que había descargado aquel ataque devastador.
Empezó a correr desde cerca del codo y salió disparado usando la punta de las garras como plataforma.
Transformó el impacto que debería haberlo alcanzado de lleno y enviado volando en impulso para recorrer el brazo y lanzarse desde él; con aquella velocidad absurda volvió a escapar incluso de una muerte que parecía inevitable.
—¡Señorita hermosa!
—¡Ah, sí!
Al oír que la llamaba hermosa, Emilia olvidó incluso protestar por aquella forma de dirigirse a ella.
Comprendió por instinto lo que Cecilus pedía y creó nuevas armas de hielo a su alrededor, después de que él saliera despedido desde el extremo del brazo del dragón y aterrizara sobre la muralla helada.
Cecilus las recogió enseguida, volvió a encarar a Mezoreia, que seguramente lo perseguiría, y flexionó las rodillas para saltar otra vez.
La distancia abierta y el brevísimo instante necesario para cerrarla, mientras Cecilus aún estaba en una posición desde la que sus ataques no podían alcanzarlo, constituían la oportunidad de Mezoreia.
Naturalmente, Mezoreia debía volcar toda su fuerza en ese instante. O eso habría sido lo esperable.
—¿Eh?
Cecilus, que había bajado el centro de gravedad para prepararse de inmediato ante el ataque, inclinó la cabeza.
Aunque le había cedido implícitamente la iniciativa, el ataque que debía llegar nunca llegó.
Emilia compartía la misma duda. Incluso ella, desplazada hacía rato al margen, había comprendido que aquel era el último punto que decidiría la victoria o la derrota.
Sin embargo, Mezoreia no se movió. Es más…
«…——»
Justo antes, Mezoreia había intentado blandir su brazo de dragón para hacer volar por los aires a Cecilus. Sin embargo, el movimiento se detuvo en el aire, y esos ojos blancos, cuyo punto correspondiente a la pupila negra no se distinguía, se fijaron en algo.
No en Cecilus, que la había acorralado y pretendía hacerla pasar vergüenza.
Tampoco en Cecilus, que se mantenía en guardia sobre el muro de hielo, ni en Emilia, que teñía de blanco este campo de batalla y cargaba a Madelyn, una presencia que tampoco podía ser ignorada por Mezoreia.
Mezoreia, inmóvil como si hubiera sido clavada en el aire, alzó aún más la mirada.
La dirigió hacia un cielo muchísimo, muchísimo más alto que el suyo, y se quedó quieta.
—…¿Está volando algo?
Siguiendo la mirada de Mezoreia, Emilia también entrecerró los ojos hacia las nubes grises de nieve.
A una altura todavía mayor que el cielo donde flotaba el enorme cuerpo de Mezoreia, había una sombra que volaba en un punto al límite de lo que incluso la vista de Emilia podía distinguir.
Lo que vuela por el cielo, para Emilia solo podía ser una de tres cosas: el dragón frente a ella, los muchos dragones alados que surcaban el campo de batalla, o Roswaal, que se ahorraba tiempo de traslado por pura comodidad.
Y entonces…
«…No puede ser»
Al murmurar eso, Mezoreia batió las alas.
El cuerpo del dragón, que había permanecido detenido, reanudó su movimiento. Pero no para lanzar el ataque decisivo que estaba a punto de ejecutar hacía un instante,
—¿¡Eeeh!? ¡Espera, espera, espera, eso no vale!
En cuanto vio ese movimiento, una sacudida máxima recorrió el rostro de Cecilus.
La expresión que hasta entonces había sido alegre sin importar lo que le hicieran cambió de golpe y se volvió un alboroto de ojos desorbitados. Y con razón. El oponente que debía lanzarse sobre él había dado la espalda, después de todo.
«…——»
Sin prestar atención a la voz de Cecilus, Mezoreia giró las alas y rasgó el cielo.
Una vez que un dragón decide volar y empieza a moverse, su velocidad no es normal, y el impulso con que viró para elevarse al cielo fue tan veloz como una flecha disparada con toda la fuerza.
—¡No se lo voy a permitir!
Para no dejar escapar al dragón que intentaba huir, Cecilus dobló las rodillas y, en vez de interceptarlo, hizo estallar la fuerza de sus piernas para perseguirlo.
Un impulso imposible de creer en un cuerpo tan pequeño; eso hizo que, desde la suela de sus zapatos, se agrietara el grueso y gigantesco muro de hielo, y, como un derrumbe, el hielo se hizo pedazos mientras el cuerpo de Cecilus saltaba.
Sin detenerse, la figura de Cecilus avanzó en línea recta y se acercó a las alas a una velocidad superior a la del dragón. Se acercó. Se acercó, se acercó, se acercó, y entonces——
—…Ah, no, así no llego, ¿verdad?
Por muy rápido que fuera Cecilus y por muy lejos que pudiera saltar, no podía alcanzar a un dragón que ya estaba en el cielo ni borrar la distancia que lo separaba.
Pobre Cecilus: su cuerpo no logró alcanzar a Mezoreia, que se alejaba, y en el límite de su salto perdió el impulso y se volteó de cabeza. Si «Dragón de las Nubes» hubiera dado media vuelta para apuntarle a Cecilus, quizá incluso él habría estado en peligro.
Pero Mezoreia no regresó. No regresó, siguió ascendiendo con fuerza y rasgó el cielo.
Y entonces——
—…¿Va a entrar en la capital imperial?
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——Los cambios producidos en los distintos frentes de la batalla por la capital imperial y, sobre todo, lo ocurrido en dos lugares decisivos.
En el instante en que eso se desarrollaba fuera del Palacio de Cristal, en la sala del trono dos emperadores se habían puesto frente a frente, y sus miradas se cruzaban tan de cerca que sus pestañas casi podían rozarse.
—…
Un paso por delante, el cabecilla de los rebeldes, Abel, cambió de inmediato su forma de pensar.
Frente al oponente con el mismo rostro que tenía justo delante, se inclinó para ejecutar la mejor jugada——no, la jugada siguiente a la mejor,
—…
Un impacto agudo golpeó su clavícula izquierda, y ante ese dolor punzante sus pensamientos se dispersaron en rojo.
Al mirar, vio que lo que había golpeado su cuello era el abanico de hierro que sostenía el oponente frente a él——aquel objeto conocido era un arma que el impostor con su mismo rostro solía usar con gusto.
Como arma, era de una clase especial; por eso mismo, muchas veces se había preguntado cuánta potencia podía tener.
—…
Apartó de su pensamiento, de manera consciente, el hecho de haber obtenido la respuesta a aquella vieja duda y el dolor que se le clavaba en el cerebro.
Pensó de inmediato en los asuntos que debían priorizarse en este instante y trazó al momento un plan para afrontarlos. La viabilidad y la eficacia, junto con la herida, fueron ordenando las prioridades.
Pero…
—Esto no es un juego de mesa. Esa será la razón por la que usted no puede ser un guerrero, ¿no le parece?
Antes de que pudiera elegir entre las innumerables opciones que se le habían venido a la mente, el guerrero reveló una técnica que no estaba en la cabeza, sino grabada en el cuerpo y en la sangre.
Esa técnica retorció sin piedad el brazo de Abel, le arrebató de la mano lo que sostenía, y al instante siguiente su campo de visión quedó cerrado por un momento.
—…
¿Le habían aplastado los ojos, o era algún tipo de deslumbramiento?
La breve conjetura fue negada cuando la visión obstruida regresó enseguida. Entonces, ¿cuál había sido la verdadera intención del movimiento del otro? Al mismo tiempo que se hacía esa pregunta, se dio cuenta.
——Que sobre su propio rostro se había vuelto a colocar una sensación ya familiar.
—Tú——
Y sus labios, moviéndose más rápido que sus manos y sus pies, dejaron escapar esas palabras mientras fulminaban con la mirada la pupila negra frente a él.
Ante esas palabras de Abel, con el rostro del oni robado colocado sobre él, el falso emperador que tenía delante——no, Chisha Gold, torció los labios con una cara que no era la suya.
Reconociendo con su propio rostro que aquello era una sonrisa profundamente decadente, Abel abrió mucho los ojos.
En ese instante——
—…
——Una luz blanca que atravesó el muro de la sala del trono se clavó por la espalda en el pecho de Vincent Vollachia, la cúspide del imperio.