
Detesto a Chisa Hanamori, una compañera que entró en la empresa después que yo.
Porque se hace la linda.
El tono que pone al reír. La forma de alzar la mirada. Cómo prolonga las últimas sílabas. Todo en ella deja ver un cálculo pensado para gustarles a los hombres.
Por ejemplo, hoy, durante el almuerzo, en la cocineta de la oficina. Estaba charlando con Tamura-san, el hombre más apuesto del departamento de ventas.
—Gracias a la cita que conseguiste, Hanamori-san, logramos cerrar el pedido.
—Ay, qué alegríaaa. Entonces la próxima vez invítame a comer como recompensa, ¿sí? Je, je.
Mientras reía, le entregó el vaso de papel procurando rozarle las manos. Llevaba las uñas pintadas de un rosa pálido. Hasta el movimiento de sus dedos tenía algo sospechosamente insinuante.
La verdad es que físicamente no se le puede reprochar nada. Aunque es bajita, tiene una figura armoniosa y un rostro aniñado, con grandes ojos húmedos de cachorro y las comisuras ligeramente caídas. Usa ropa femenina que favorece su cuerpo y un maquillaje estudiado hasta el último detalle.
Es linda. Lo admito. No me queda otra que admitirlo. El problema es cómo utiliza esa «arma».
Delante de los empleados varones, parece una actriz sobre el escenario.
Puede estar cargando cajas de cartón con paso firme, pero en cuanto se acerca el hombre que le interesa empieza a tambalearse de manera exagerada y a quejarse: «Pesaaado».
Como siempre, abría mucho los ojos y soltaba sus frases de rigor: «¡Guau, qué increíble!» o «¡Sabía que podía contar contigo!».
Todo en ella es un arma diseñada para complacer a los hombres.
Y, sin embargo…
En cuanto se queda a solas conmigo —Nagi Asami, otra mujer—, se transforma en una persona distinta.
—Dejo los documentos aquí.
Deposita los papeles sin cambiar de expresión. Su voz baja una octava y desaparece esa melosa prolongación al final de las frases. Tiene los ojos muertos como los de un pescado, ni siquiera me mira y en las comisuras caídas de sus labios no queda rastro de sonrisa. La diferencia es tan absurda que solo puedo reírme.
***
Por la tarde, mi superior decidió que Hanamori, la novata, me acompañaría en mis visitas comerciales.
Yo conducía. Hanamori iba en el asiento del copiloto, trasteando con el celular y mirando distraídamente por la ventana de vez en cuando.
Como la adulta responsable que soy, intenté ser considerada y le hablé.
—Hanamori-san, sobre la reunión con el cliente de hoy…
—…
No respondió. Seguía absorta en el celular.
—Oye, ¿me estás escuchando?
—Sí, te escucho.
Hanamori respondió con evidente irritación. Su voz era fría y no mostraba la menor motivación. Tenía el aire apático de una adolescente rebelde a la que hubieran arrastrado a una reunión familiar en su día libre.
Aunque su actitud me sacó de quicio, volví a intentar comportarme como una adulta.
—El cliente de hoy se fija mucho en los modales y en el lenguaje formal. Será mejor que tengas un poco de cuidado.
—…Sí. Entendiiido.
Recostada sin ganas en el asiento del copiloto, respondió con desgano sin apartar la vista del celular.
Hanamori seguía mirando de vez en cuando por la ventana y expresaba con todo el cuerpo un rotundo «qué fastidio».
Mientras esperábamos en un semáforo, solté un pequeño suspiro. Cuando la diferencia entre su actitud conmigo y con los empleados varones es tan grande, solo queda reírse. Cuesta creer que la mujer que hace un momento le sonreía de oreja a oreja a Tamura-san en la cocineta sea la misma que ahora suspira en el asiento del copiloto.
Entonces, contemplando su preciada manicura, murmuró:
—Hoy quería acompañar a Tamura-san en sus visitas…
(…¿Perdón? A mí tampoco me apetece salir a visitar clientes con alguien como tú).
La irritación me hizo apretar el volante.
Por eso te detesto, Chisa Hanamori.
Por ese modo de llevar la coquetería al máximo con los hombres y tratarme con una frialdad absoluta a mí.
La diferencia me irrita de una forma absurda, me parece ridícula y, aun así, vuelve a irritarme.
***
Cierto sábado.
Ese día estaba bebiendo en un izakaya con una amiga de la universidad.
Entonces, desde una mesa del fondo, llegó una risa que me resultaba conocida.
—¿Eeeh? ¿De verdad? No tenía ni ideaaa.
—¡No puede ser! Ryota-kun, eres increíbleee.
—Ay, nooo, basta. Je, je ♡
No necesitaba verla para saberlo. Aquella voz aguda y melosa pertenecía, sin lugar a dudas, a Chisa Hanamori.
Miré de reojo y la vi riendo, rodeada por cuatro hombres. El gesto de acomodarse el cabello detrás de la oreja. La pose de sostener el vaso con ambas manos. El ángulo exacto con el que alzaba la mirada hacia el hombre que tenía al lado. Todo estaba calculado al milímetro.
Era la primera vez que presenciaba en vivo el despliegue máximo de la coquetería de Hanamori.
Qué horror. ¿Por qué tenía que encontrarme con ella aquí? Me iba a arruinar la bebida.
Al menos procuraría que no me descubriera.
Me acabé de un trago la jarra de cerveza y murmuré: «Qué pesada».
Mi amiga preguntó si la conocía, pero negué con la cabeza. «No, para nada». No quería tener nada que ver con ella. Al menos ese día quería olvidarme de Chisa Hanamori y beber en paz.
Al cabo de una hora, aproximadamente, volvió a llegar una voz desde la mesa del fondo.
—Chisa-chan, ¿estás bien? Tienes la cara muy roja.
—Estoy bieeen. Todavía puedo seguííír.
Ya no articulaba bien. La muy tonta estaba forzándose a beber pese a que no aguantaba el alcohol.
Como era de esperar, treinta minutos después salió del local sostenida por los hombres. Cuando uno dijo: «Te acompañamos a casa», ella respondió con voz melosa: «Muchas graciaaas».
Mi amiga y yo observamos la escena, intercambiamos una mirada y sonreímos con incomodidad.
Unos treinta minutos más tarde, también pagamos y salimos del local.
—En todas partes hay mujeres que se hacen las lindas, ¿verdad?
Cuando me quejé, mi amiga respondió entre risas:
—Ah, ¿la chica borracha de hace un rato? Bueno, sí… pero la verdad es que ese tipo de chicas son las que triunfan.
Lo sé. Ya lo sé, pero… Sí, definitivamente la detesto.
***
Iba de regreso a casa después de despedirme de mi amiga.
El viento nocturno estaba frío y el alcohol comenzaba a disiparse cuando pasé frente a una tienda de conveniencia y vi a alguien desplomado sobre una banca.
Al mirar con atención, descubrí que era Chisa Hanamori.
¿Eh? ¿No se había ido con aquellos hombres?
Al acercarme, vi su celular en el suelo y el contenido del bolso desparramado a su alrededor. Un labial, un pañuelo, un monedero. Era un desastre imposible de imaginar en la siempre impecable Chisa Hanamori.
Reprimí las ganas de seguir de largo y me limité a llamarla.
—…¿Hanamori-san?
Al oírme, levantó el rostro lentamente.
—Mmm… ¿eh? ¿Asami-san…?
Tenía la mirada vidriosa y desenfocada, y apenas articulaba las palabras. Sus mejillas estaban rojas y el cabello, revuelto. ¿Adónde había ido a parar la imagen perfecta de hacía un rato? ¿Esta era la verdadera Chisa Hanamori?
—¿Qué haces aquí?
—Ah… Es que estábamos tomando y, de camino a casa, me dieron ganas de ir al baño. Cuando paramos en la tienda, todos se habían ido…
Hanamori sonrió con expresión bobalicona. ¿La habían abandonado? Esos hombres eran lo peor. Aunque Hanamori también tenía parte de culpa: se había excedido a pesar de que no aguantaba el alcohol.
—¿Dónde vives? Te llevaré.
—No hace faltaaa.
Intentó ponerse de pie con las piernas tambaleantes, pero volvió a desplomarse sobre la banca.
—No necesito que me acompañes. No me interesan las mujeres, así que déjame en paaaz.
Dicho eso, esbozó una sonrisa burlona.
…¿Qué?
¿Que no le interesaban las mujeres? ¿A qué venía esa forma de decirlo?
Hablaba como si yo me hubiera acercado con segundas intenciones. Bueno, sí, me gustan las chicas bonitas, pero ella no. Hanamori, ni hablar.
La insinuación me hizo saltar.
—Ah, ¿sí? Pues quédate aquí tirada.
Di media vuelta y me marché.
Diez pasos. Quince. Veinte.
A mi espalda sonó un estrépito. Al volverme, vi que Hanamori había rodado fuera de la banca.
—Ay…
Balanceándose de un lado a otro, intentó recoger el celular y volvió a caerse. Parecía una comedia barata de borracha. Estaba claro que no podía regresar sola.
…No. No podía dejarla así.
Tampoco quería que al día siguiente fuera a decirles a los empleados varones, con aquella voz empalagosa: «Asami-san me abandonó».
No, antes que eso, como persona no podía abandonarla. ¿Qué haría si se le acercaba un tipo extraño? ¿Y si sufría un accidente? Me dejaría un remordimiento horrible.
Sí. Esto no era más que actuar como una adulta responsable.
—…Qué mujer más problemática.
Suspiré y regresé.
—Vamos, levántate.
La sujeté del brazo y tiré de ella para ponerla de pie. Era más ligera de lo que esperaba. O, mejor dicho, delgada. Y… suave.
—¿Mmm? Asami-san… ¿por qué regresasteee?
—Cállate. Voy a parar un taxi, así que no hagas lío.
Recogí sus pertenencias y las metí en el bolso. Hanamori se apoyó en mi hombro y soltó una risa floja.
—Eeeh, Asami-san… Resulta que sí eres amableee.
—Cállate.
Detuve un taxi y ayudé a Hanamori a entrar.
El conductor preguntó: «¿Adónde?», pero Hanamori ya se había quedado dormida. Saqué el celular de su bolso para intentar averiguar la dirección, pero estaba bloqueado.
—…No queda otra. Iremos a mi casa.
Le di mi dirección al conductor y el taxi se puso en marcha.
Durante el trayecto, Hanamori dejó caer todo su peso sobre mi hombro. Olía a un perfume dulce. Su cabello sedoso me rozaba la mejilla. Estaba demasiado cerca. Nunca había visto a Chisa Hanamori desde tan poca distancia.
Al mirarla bien, era bonita. Su personalidad era desastrosa, pero su aspecto, desde luego, no. El corazón me sonaba un poco demasiado fuerte.
No. No era que me hubiera emocionado. Solo estaba borracha. Sí, eso era. Estaba borracha.
El conductor nos miraba de vez en cuando por el espejo retrovisor, pero esperaba que no preguntara nada. No habría sabido cómo explicarlo.
Cuando llegamos a mi casa, bajé del taxi y sostuve a Hanamori mientras caminábamos hasta la entrada.
—Vamos, entra.
Le quité los zapatos en la entrada y Hanamori se dejó hacer sin protestar. ¿Dónde había quedado su habitual trato glacial? ¿Sería de las que se volvían dóciles al beber?
La llevé a la sala y la senté en el sofá. Se deslizó hasta quedar recostada y volvió a dormirse profundamente. Fui a la cocina y regresé con un vaso de agua.
—Hanamori-san, te dejaré agua aquí.
Puse el vaso sobre la mesa junto al sofá. Hanamori dormía plácidamente, completamente ajena al mundo.
Bueno, iba a cambiarme. Pero justo cuando me puse de pie…
Una mano me aferró la muñeca y tiró de ella.
—Eh, espera, ¿qué…?
Tiraron de mí. El mundo se tambaleó.
Al instante siguiente, algo suave rozó mis labios.
La mente se me quedó en blanco.
Por más que intenté apartarme, su brazo no me soltó.
Al contrario, me rodeó con más fuerza. Estaba cerca.
Cerca, cerca, cerca.
Sus labios se entreabrieron y el aliento ardiente de Hanamori escapó entre ellos.
Sin darme tiempo a resistirme, su lengua se abrió paso en mi boca.
Se movía con suavidad. Y, para colmo, era absurdamente hábil.
Su lengua atrapó la mía. La cabeza comenzó a nublárseme.
El corazón me golpeaba con tanta fuerza que dolía.
No podía respirar.
Cuando por fin apartó el rostro, Hanamori sonrió ausente con los ojos entornados y se quedó dormida como si nada.
Yo permanecí inmóvil frente a su rostro dormido y solo fui capaz de soltar una pregunta idiota.
—…¿Qué? …¿Qué acaba de pasar?
