Como desde siempre me habían enseñado que debía vivir con honestidad, cuando un cliente vino a comprar menchi-katsu le conté algo que había visto en un anuncio: en la venta vespertina del supermercado de enfrente también los tenían en oferta. Entonces papá me dio un buen golpe en la cabeza. Al parecer, vivir con honestidad no siempre trae beneficios. Hoy aprendí una cosa más.
Para empezar, ¿cuándo se dará cuenta de que dejarme al frente de la tienda es un error?
También me parece cuestionable que me haga ayudar cuando se acercan los exámenes finales. Aunque, claro, si no estuviera ayudando, tampoco es que fuera a estudiar. Probablemente diría: «Tengo un poco de sueño», me metería bajo el kotatsu y me quedaría holgazaneando. ¿Será que ya me tiene calada?
—Ah, hoy también vino.
Entre la tabaquería cerrada de enfrente y el edificio contiguo apareció corriendo una figura pequeña. Era una niña de cabello celeste, un color bastante raro. Se dirigía hacia la tienda con pasos ligeros y los dos brazos levantados. Últimamente venía a comprar con frecuencia al atardecer. Y siempre pedía lo mismo.
La niña se puso de puntillas y levantó tres dedos cortitos.
—Tres croquetas, por favor.
—Sí, lo de siempre.
Esta vez no mencioné la oferta vespertina del supermercado. Le pasé el pedido a papá y puse en un envase las croquetas que acababan de salir de la freidora. Cuando se las entregué a cambio de las monedas que me tendía, empezó a comerse una allí mismo sin perder tiempo.
—Rico, rico.
Satisfecha, volvió a desaparecer por el callejón de enfrente.
Venía a comprar todos los días, pero no sabía si las croquetas eran su merienda o si se trataba de un encargo de su casa.
Papá, por su parte, por muchas veces que la viera, nunca terminaba de acostumbrarse. Cada vez que aparecía, sus movimientos se volvían torpes.
Además, al parecer esa niña era amiga de Hino. Los amigos de esa chica sí que son raros. Yo soy normal, claro.
Cuando mamá terminó con las tareas de la casa y salió de la parte de atrás, me dijo que ya podía volver adentro. Como yo vivía con honestidad, le hice caso sin discutir. Pero, antes de retirarme, estiré un poco el cuello y miré el letrero que colgaba sobre mi cabeza.
Decía: «Carnes Nagafuji». Siempre que lo veía parecía delicioso. Me gustaba especialmente la parte de «Carnes».
Me gustaba mirar ese letrero cada vez que volvía a casa. Supongo que también tuvo algo que ver con que en primaria y secundaria me pusieran el apodo de «Carnefuji». Pero, si me quedaba contemplándolo demasiado, me daba hambre, así que corté por lo sano y entré al fondo.
Me quité los zapatos poco después de dejar atrás el frente de la tienda y entré en la sala.
Después del mediodía, el olor a fritura llegaba hasta el interior de la casa. Yo estaba acostumbrada y ya no sentía nada en particular, pero tenía una amiga que siempre decía que aquel olor le abría muchísimo el apetito. Justo esa amiga asomó los hombros desde el kotatsu.
Estaba recostada, picoteando frijoles dulces mientras veía la televisión. Al verme entrar, volvió la cabeza sin incorporarse. Después me tendió un envase vacío de espuma y, con una sonrisa descarada, hizo su pedido.
—¡Otra porción!
—Vete a tu casa.
Rechacé su exigencia, rodeé la mesa y metí las piernas bajo el kotatsu desde otro lado. Hino volvió a mirar la televisión.
Para empezar, ¿por qué esta chica estaba siempre en mi casa? Recordaba que, desde el primer día de jardín infantil, cuando me di cuenta ya estábamos jugando juntas, y que después había terminado entrando a mi casa para comer croquetas. No recordaba cuál de las dos le había hablado primero a la otra, pero en esa época nos llamábamos por nuestros nombres. Incluso añadíamos «-chan». En algún momento acabamos usando los apellidos, y eso no había cambiado desde los primeros años de primaria.
Hino había sido pequeña desde el principio. Nunca me había superado en estatura.
—Me pregunto por qué Hino no crece más.
—Eh, ¿me estás buscando pelea?
Mientras le apartaba la mano que había estirado hacia mi pecho, la observé con curiosidad. Hino prefería el pescado a la carne, así que tal vez esa fuera la diferencia. ¿La diferencia del pescado? Qué gracioso. Aunque a mi mamá también le gustaba el pescado y era bastante grande, así que quizá fuera cuestión de empeño o algo parecido. Bueno, en realidad me daba igual que Hino fuera alta o baja. Como casi siempre estaba conmigo y caminaba a mi lado, tampoco necesitaba buscarla.
Ahora que lo pensaba, me di cuenta de que había aprendido el nombre de Hino enseguida. Quizá fue porque me alegraba haber hecho mi primera amiga. Probablemente. Ahora, en cambio, me había acostumbrado a ella igual que al olor de la fritura y ya no sentía especial gratitud por tenerla allí.
Al fin y al cabo, el aire no se puede ver.
—Hino, ¿alguna vez has olvidado mi nombre?
—…Tú de verdad crees que soy tonta, ¿no?
Hino se incorporó. Con la barbilla todavía apoyada en la mesa del kotatsu, me miró de reojo. No era mi intención, pero solían malinterpretarme. Aunque a mí también me trataban como tonta de vez en cuando. ¿Por qué sería?
—…Ahora que lo pienso, había otra cosa.
Mientras repasaba el pasado, recordé algo más.
…Qué nostalgia.
Pero, pensándolo bien, ¿aquello tenía algún significado? Bien, probemos.
—Hino, ven un momento.
Salí del kotatsu y le hice una seña. De paso, me quité los lentes. En aquella época todavía no tenía mala vista.
—¿Ah? ¿Qué pasa? ¿Me vas a dar algo?
—Sí, te voy a dar algo.
—Oh, ¿en serio?
Hino salió del kotatsu y se acercó a mí a cuatro patas, avanzando con pasitos cortos. ¿Esperaría otra porción de frijoles dulces? No tenía remedio. Mientras pensaba eso, le puse una mano en la frente.
—¿Eh?
Le levanté el flequillo y apoyé los labios en su pequeña frente. Seguía siendo tan dura como antes.
Quizá estaba un poco fría. Bueno, era invierno.
Hino se quedó paralizada durante unos segundos, pero, cuando le di un lametón en la frente, se apartó echando el cuerpo hacia atrás. Esta vez fue ella quien se levantó el flequillo con una mano, mirando a todas partes con los ojos muy abiertos. Su reacción era un poco distinta de la de antes. En aquella época siempre decía «¡Te la devuelvo!» y me besaba a mí también. Creo que incluso pasábamos todo el día haciendo aquello.
—¿Q-qué te pasa de repente?
—Me acordé de que hacíamos esto mucho cuando éramos niñas.
Cuando se lo dije, la expresión de Hino empezó a cambiar sin descanso.
—Sí, lo hacíamos… O sea… sí, claro. Pero eso era antes. Ahora somos… eh… bueno…
—¿Cambió algo?
Al preguntárselo, Hino guardó silencio. Movió lentamente los ojos de un lado a otro y después dejó caer los hombros, como si se hubiera quedado sin fuerzas.
—…No cambió nada, ¿verdad?
—Ninguna de las dos.
Hino sonrió sin bajarse el flequillo.
Mientras la observaba, comprendí: así que era eso.
El aire no se puede ver. Pero su temperatura sí se siente en la piel.